Muchas veces los límites se dan "por supuestos". Solemos saltearnos la explicación del límite y castigamos al que pasa a la zona de lo prohibido, sin haber enseñado, previamente, lo que se puede y lo que no se puede. Es fundamental pautar desde el fundamento y la comprensión. Asimismo, la sanción por el no cumplimiento del límite debe ser acorde a cada situación (no es lo mismo no querer recoger los juguetes, que faltarle el respeto a otro).
Pensamos que, tanto los docentes, como los padres y los profesionales comprometidos con la educación, vivimos frente al constante desafío de la puesta de límites. Todos nosotros heredamos creencias, conductas aprehendidas, consejos que recibimos de los otros.
Los límites son una construcción colectiva que nos permite vivir juntos. Crecer supone ir abandonando modos de expresión primitivos y asociales a medida que se van consiguiendo satisfacciones sustitutivas aceptables. A cada límite que se le impone a un niño, cuando lo respeta, lo acompañamos de una compensación y estas, poco a poco se van internalizando.
La escuela se ve ante el desafío de considerar que los niños con dificultad no son “sin límites”, sino profundamente “limitados” pues la cuestión, realmente, recae sobre la sociedad que no se pregunta “¿Qué le ofrecemos a cambio de lo que se les exige a estos niños?”. Este desafío implica pensar en como compensar las desigualdades en los recursos con los que se cuentan para transformar los impulsos primitivos en acciones socialmente aceptadas.
La realidad nos muestra que los individuos más limitados en los recursos para apropiarse de los bienes culturales son los más completamente desposeídos de la conciencia de esa desposesión ya que esta conciencia de la privación decrece a medida que crece la privación. De lo anterior se desprende que la escuela debe generar las condiciones para que el niño descubra el valor de los aprendizajes ya que ella, aún en las situaciones más extremas o más desfavorables, puede ser la única oportunidad de tener un maestro y con ello quebrar un destino.
El aumento en las capacidades intelectuales implica, en todos los casos, un mayor autocontrol de las emociones, lo que es decir una incorporación de límites. El maestro es importante porque enlaza lo intelectual con lo afectivo, debe insistir y tener capacidad de espera, pero más que nada lo es porque siempre centra su quehacer en la esperanza y el deseo.
La sociedad necesita garantizar la enseñanza y la transmisión de la civilidad para formar sujetos con autorregulación y autocontrol pero, aún así, favorecer que niños y adolescentes queden al amparo de la toma de ciertas decisiones para las que aún no están en condiciones de hacerse responsables. Enseñar es tocar una vida para siempre. Los maestros tienen un potencial poderoso para llevar adelante acciones que ayuden a sus alumnos a lograr una vida mejor. Los niños deben sentir que los límites se establecen para su propio interés y no sólo para las necesidades de los adultos, sólo así, entonces, ellos le parecerán razonables
*Adriana Isabel Lettieri es profesora argentina para la Enseñanza Primaria con intensificación en Psicolpedagogía con especialización en diversas áreas de Educación y actualmente es Directora de la Escuela No. 20 Distrito Escolar 11 – Gobierno de la ciudad de Buenos Aires.
Bibliografía:
“El control de la disciplina en las escuelas”, Revista Perspectivas. Vol. XXVII nº 4, diciembre de 1998.
Oficina Internacional de la Educación, UNESCO.
Sánchez, Mirta "La mirada de docentes y alumnos sobre la violencia en la escuela", en Violencia y escuela. Buenos Aires, Ed. Aique. 2005
Kiel, Laura “”De sin límites a limitados” Materiales para la capacitación – CePA – Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires - 2005








