4 septiembre 2015
La Historia Jamás Contada
Saber… ¿para qué? La pregunta no es ociosa y menos ahora, cuando hasta los saberes y habilidades elementales, esto es, que solían adquirirse o lograrse en la Escuela Primaria, están ausentes de las producciones orales, escritas o gráficas de tantos jóvenes y adultos por igual, como se aprecia en los intercambios típicos en las llamadas “redes sociales”, con sus características faltas de ortografía, concordancia y sintaxis en general, pero aún más en la contracción del vocabulario, denotando una correspondiente del universo objetivo de intereses individuales… y el inesperado retraimiento en la familia y su ideología, como una generación antes en las comunicaciones vía citizen band entre camioneros , que no paraban de hablar de sus “cristalitos” –hijos- mientras recorrían la extensa red carretera.
La analogía no podría ser más apropiada con la Internet: Facebook, por ejemplo, es básicamente un álbum sí de fotografías, pero familiares en sentido estricto. Parece que la “aldea global” entrevista –envisioned- por McLuhan, se quedó en vecindad –conventillo, etc.- El ancho Mundo que abrieran las comunicaciones públicas satelitales hace 50 años, se ha contraído a la banalidad cotidiana que retrataban las películas de los ’40 y ’50: el saber ya no es más promesa y posibilidad de un futuro en algún sentido mejor, sino repetición e imposición de lo existente.
No por los medios que transportan la información, sino por la devaluación del saber mismo: ya no es socialmente importante saber. Lo han sustituido la “cultura de masas” y los títulos académicos dispensados graciosamente cuales títulos de nobleza pero masivamente como (hojas) volantes. (Nada nuevo: ya en los años 60 se hablaba en Italia de una inflación académica a causa de tanto dottore.)
El saber también se ha banalizado con los programas y hasta canales completos dizque “científicos”, cuyas tesis sus adeptos adoptan como la verdad revelada, el mismísimo gospel, sin preguntarse lo fundamental: cómo se llegó a ellas, esto es, su demostración. (Me recuerdan al cándido personaje de LA NÁUSEA de Sartre que estaba forjándose un saber enciclopédico… por orden alfabético.)
Es el caso también de las cada vez más abundantes justas “científico”-deportivas (¿?), como las Olimpiadas de lo que quieran, no más que quizzes o catecismos –yo te pregunto y tú me respondes lo que te dije antes- que, al final, como todo evento deportivo, no dejan mayor huella en concursantes o espectadores al no transformar su vida. ¿Cuántos brillantes científicos, tecnólogos o profesores han salido de dichos concursos? En éstos el saber se banaliza como en cualquier DOCTOR IQ o SIXTY-FOUR THOUSAND DOLLARS –devaluados a pesos, claro- al no tener más propósito que entretener a ociosos “intelectuales”.
Pero la banalización del saber no se limita a la esfera o empresa privada: el Estado también pone lo suyo con sus recurrentes reformas educativas, que cancelan el saber anterior e intentan imponer uno “nuevo y original”, recién salido de… ¿dónde?, persiguiendo a los enseñantes que se niegan a acatar tales caprichos.
En suma, que tenemos que replantearnos el problema del saber. ¿Alguien sabe por dónde empezamos?
Imagen: telegraph.co.uk
Fernando Acosta Reyes @ferstarey – es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.









