
- La Historia Jamás Contada -
17 de julio de 2015
Ahora, en plena ola de “Renovación Moral de la Educación” propiciada por sucesivos y diestros –de Derecha- Gobiernos federales, con su insistencia en aspectos metafísicos como los “valores” (¿?) en detrimento de los técnicos –verdadero fundamento de tan necesaria función social, como lo sabe cualquier enseñante que ejerza-, conviene recordar cómo iban las cosas antes de la inesperada reforma echeverrista de 1973, para muchos el principio del fin de una tradición educativa que, sin ser la óptima, conservaba al menos la coherencia entre sus objetivos y los medios para conseguirlos.
Entre éstos se hallaban las pequeñas mejoras que algunos entusiastas habían ido introduciendo en la práctica docente para corregir algunas fallas, evidentes en los resultados –pues los exámenes por sí solos no lo hacen-, pero siempre con los pies en la tierra, no como los planificadores en abstracto, utópicos –en el peor sentido- y absolutistas que pululan en la alta burocracia, pues no se trataba de revolucionar –que en los hechos suele resultar lo contrario- la Educación nacional para así pasar a la Historia, sino de algo mucho más modesto pero efectivo.
Personalmente tuve oportunidad de participar, en 1971, en un equipo de intervención que, mediante una sencilla técnica skinneriana –conductista- buscaba reforzar –término técnico- los aciertos de escolares con problemas de lectura, deficiencia hoy endémica, a pesar –o quizá a causa – de las frecuentes reformas. Esto por iniciativa de un egresado normalista que estaba por terminar su carrera de Psicología en la Universidad y se proponía establecer un Departamento de Psicopedagogía en la Normal misma, con fines de investigación y apoyo (al) docente. De la permanencia y desarrollo del proyecto no supe más porque me desligué totalmente del medio, pero ahí queda el dato como referencia.
Ciertamente la Psicología –en cualquiera de sus versiones- y la Educación comparten un territorio en que podrían interfertilizarse una a otra, a condición de hacerlo institucionalmente, de modo que los (futuros) maestros tengan acceso a investigación de nivel universitario a la vez que los psicólogos, ya formados o en ciernes, estén en contacto con el fenómeno educativo real y todos los factores e interrogantes que presenta. (En 1990 tuve una breve y agria discusión en la Universidad con un profesor de Psicología Educativa que decía no haber oído nunca de niños superdotados: un hecho bien conocido, sin embargo, entre maestros.)
Pero no sólo la Psicología aplicada tendría que formar parte orgánica del quehacer cotidiano del docente, sino también la neurofisiología del aprendizaje. Así como las actuales tecnologías de la información, de suyo atractivas para la joven generación y que además facilita el manejo, distribución y fijación del conocimiento ya codificado, una especie de “máquina (de enseñar) de Skinner” increíblemente sofisticada.
Y la misma Etnografía, de importancia crucial para el éxito o fracaso, entre otras cosas, de la Educación, como lo aborda en su libro FUERAS DE SERIE el periodista y escritor Malcolm Gladwell, pues el legado cultural –en sentido antropológico- lo mismo puede allanar el camino que impedir caminar siquiera, como a todos nos consta con el costumbrismo a ultranza, sea oficial u oficioso.
Así, aquello que comenzó aquí hace 40 y pico de años con la Psicopedagogía, se revela ahora como el paso lógico para la transformación cualitativa de la Educación, no el autoritarismo irracional de moda. ¡Ni que viviéramos en la España del regente Franco y su nostalgia del orden medieval!
*Imagen: mundoescolar.com
![]()
Fernando Acosta Reyes (@ferstarey - es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.








