La princesa
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LA PRINCESA*
 

María Torres Ponce*

Guárdate de quererme.
Recuerda, al menos,
que te lo prohibí.
John Donne


Putas asesinas es la obra de Roberto Bolaño (Anagrama, Barcelona, 2001) cuyo título comparte con uno de los cuentos de dicho libro. El cuento que nos ocupa cumple con los requisitos del género: hay una mujer asesina y una víctima. La trama fluye pacientemente hasta una resolución que en apariencia se intuye o se predice, pero que acaba siendo sorpresiva.

El primer encuentro de estos dos personajes es a través de la transmisión de un programa por televisión, el medio masivo más familiar y de mayor influencia en el comportamiento de los individuos. Este fenómeno, como una organización social en una cultura, lleva inmerso un estado de vida cuyas necesidades responden a los intereses de grupos dominantes. La protagonista busca cubrir su necesidad dramática cuando va descubriendo una necesidad afectiva que la conduce a esa búsqueda eventual, en donde el azar juega un papel determinante y definido para el destino de quien será elegido: Max es el hombre pero no su nombre. Aunque eso no tiene mayor trascendencia para quien lo busca porque Max representa a él y a todos aquellos seres que llevan en su mirada la soledad que ella captó por medio de la pantalla: “[…] algo en ti me llamó la atención, tu cara, tus ojos que miraban hacia el lugar en donde estaba la cámara, unos ojos sin profundidad, distintos a los que tienes ahora […]” (113)

La soledad es el símbolo que reclama una reflexión sobre esta condición del ser humano, desde otra perspectiva, que se desarrolla en estos tiempos contemporáneos, en los cuales, la lucha entre géneros ha quedado atrás para dar acogida a una propuesta que se destaca por irrumpir en la añeja visión patriarcal que ha dominado a la cultura. Esta es la postura que adopta la narradora en Putas asesinas.

La configuración de la puta es una transgresión a la búsqueda de identidad, la cual es elegida por nuestra protagonista sin que exista una diferencia marcada entre identidad femenina o masculina. Si tomamos lo anterior como un diseño híbrido encontramos en ese punto una ruptura. Esto es, la protagonista-narradora va construyendo un proceso en donde incluye varios elementos susceptibles de análisis como el azar cibernético, las figuras de las pinturas, el príncipe y la princesa; la soledad y la indiferencia (como la afrenta para cumplir el destino de Max). Tal proceso no llega a soslayar la narración que se realiza en segunda persona.

Hablamos aquí de la historia dentro de la historia, lejana al sistema patriarcal donde la mujer rompe con ciertas construcciones sociales. Tal visión se sustenta en la transgresión del orden de la cultura dominante. Convertida en cyborg, la protagonista va en busca del tipo y es conducida por el conocimiento de su deseo implacable. “En realidad, verte en la televisión fue como una invitación. Imagina por un instante que yo soy una princesa que espera. Una princesa impaciente. Una noche te veo, te veo porque de alguna manera te he buscado (no a ti sino al príncipe que también tú eres, y lo que representa el príncipe)” (114).

La importancia de la princesa y el príncipe en este proceso derrumba la idealización de la mujer y del hombre desde la concepción del cyborg. En las leyendas, la princesa y el príncipe poseen virtudes exaltadas entre las que destacan la juventud, la belleza, el amor, y el heroísmo. El príncipe simboliza el dominio del poder como en la Bella Durmiente que, encantador despierta a la princesa con la promesa del amor eterno. La princesa expresa la candidez y la pureza pero también la espera del príncipe que la sueña así. Sin embargo, en la narración, el príncipe, efectivamente es un joven corpulento con aspecto de héroe porque de entre todos los que ella vio en la televisión, fue único. Aunque en ocasiones, según los mitos, el príncipe es una víctima de las hechiceras. En este caso, bien queda que la princesa sea una hechicera en busca de su presa con el único deseo inaplazable y compulsivo de poseerlo como un objeto, llegando ella a casi humillarlo para lograr su objetivo: dominar a su “yo”, ubicándolo en una posición inferior. Así que ejerce el poder de la seducción sin miramientos de ninguna clase ni género sociales. Sólo se centra en una idea fija: encontrar y doblegar a su príncipe hasta llegar al sadomasoquismo como un ejercicio de poder que discrimina a la función masculina, elemental en la sociedad tradicional.

El azar cibernético propicia y establece una relación impersonal y unilateral por parte de ella, lo que menos le importa es establecer un vínculo afectivo con él. Su cometido está claro porque recurre al azar como su cómplice, elemento criminal, cuya grandeza utiliza para justificar su papel masculino de dominación, dejando atrás el rol genérico impuesto por la cultura patriarcal, para con esto darle autenticidad y valor a su existencia. La soledad como hilo conductor, magnetiza a estos dos personajes mediante una seducción que corrompe la condición del ser humano y al mismo tiempo, la complementa. Por un lado, esta condición es trágica porque es natural y por otro se transforma en insana, porque se contamina con los roles sociales y esto facilita que ella encuentre al hombre indicado, quien también carece de afecto y, por lo tanto, vive en soledad. Estos dos seres reivindicados al re-conocerse, se identifican, sin tomar en cuenta, que más que identificación es afinidad.

El chileno Roberto Bolaño, recientemente desaparecido (2003), a la edad de 50 años, fue conocido porque fundó en México, junto con un grupo de poetas mexicanos, un movimiento de vanguardia denominado infrarrealismo (caracterizado por la ruptura con lo oficial). Es oportuno señalar que en este cuento, Bolaño logra retratar a dos seres desajustados de la realidad oficial. La pregunta es ¿Son en verdad desajustados? Esta duda nos invita a transitar por el camino de la línea que separa la lucidez de la locura en los seres humanos que se escriben en las hojas para ser leídos y por supuesto, con quienes en muchas ocasiones nos identificamos, o quizás que como los protagonistas de esta narración encuentran en esta suerte de border line, su afinidad en y con la soledad.
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