Collage de respuestas de Francisco Garzón Céspedes a entrevistas realizadas por el mundo
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francisco garzon cespedes.jpg COLLAGE DE RESPUESTAS DE FRANCISCO GARZÓN CÉSPEDES A ENTREVISTAS REALIZADAS POR EL MUNDO
ENTRETEJIDO DE RESPUESTAS
ORALIDAD NARRADORA ARTÍSTICA ESCÉNICA*
 
Francisco Garzón Céspedes**


–Los cuentos se acercaron...


Los cuentos hacen sus propios caminos. Los cuentos se acercaron a mí desde la infancia porque mi madre me contaba, y porque escuché a cuenteros campesinos y urbanos. Una de las hermanas de mi padre se había casado he ido a vivir al campo y mis padres y yo íbamos con frecuencia desde la ciudad de Camagüey a pasar los fines de semana a la finca en la que residía con su esposo y la madre de éste. Allí en las noches, después de cenar, se acercaban a la casona familiar los trabajadores y jornaleros, y todos nos sentábamos cerca del fuego de leña de la cocina. Era el momento para contar historias de aparecidos, de humor, de yo mentiroso, para compartir anécdotas y para comentar noticias y sucedidos.


De los cuenteros urbanos marginales que pasaban en Camagüey por nuestra casa, construida en el Siglo XVIII y poseedora de sus propias historias de tesoros enterrados y aparecidos, uno en especial llegaba siempre cuando mi padre y yo íbamos a salir para ir juntos al cine; era un cuentero mentiroso y su aparición era inoportuna y oportuna. Oportuna cuando lograba atraparme, hechizarme con alguno de sus cuentos, y yo olvidaba que llegaríamos tarde a ver la película elegida. Mi padre siempre lo escuchaba con respeto e interés por delirantes que fuera el yo mentiroso de su amigo. Mi padre era de origen campesino y en el campo se solían llenar las horas de la noche con conversaciones y relatos, con narraciones y con ocurrencias.

Como la oralidad es el camino a la lectura, muy pronto quise leer, desaforadamente. También temprano comencé a escribir, ya al final de la primaria. Y en esos años empecé a contar oralmente a mis condiscípulos. Yo estudiaba en un colegio privado reconocido y con una disciplina muy estructurada. Era uno episcopal y de procedencia norteamericana, muy austero y dirigido por el Cónsul norteamericano en Camagüey. Había que asistir a culto protestante tres días a la semana antes de entrar a clase y en sexto grado aprobar la asignatura de Religión (en la que se estudiaba la Biblia protestante). No había mucho tiempo para juegos imaginativos, por lo que cuando por alguna razón los de mi aula salíamos más temprano, mientras unos esperábamos la salida del ómnibus escolar que llevaría a los provenientes de todas las clases y otros decidían regresar a sus casas, nos sentábamos en el suelo de un solar yermo cercano y yo les contaba los cuentos que me habían contado oralmente, los que había leído y, mucho, los argumentos de las películas vistas en el cine con mi padre. Eran los tiempos de quinto y sexto grado. Después, en la adolescencia y la juventud contaba anécdotas personales dentro de conversaciones escénicas vinculadas al teatro y a recitales de poesía. Al cuento oral lo recuperé a los veintisiete años en La Peña de Los Juglares, en La Habana de mitad de los setenta. Fue, en la primera contada, el descubrimiento de que, antes que un arte, es un proceso de comunicación. Y de que los cuentos orales no son cualquier proceso de comunicación sino uno que está en el centro fundamental, con una brillantez que va iluminando desde los espacios exteriores hasta develar los espacios interiores humanos más secretos.
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–He leído... he hablado a fondo...

En mi infancia leía de todo. Ninguna lectura daña si quien lee sabe leer. Éramos muy pobres y no tenía libros. Leía cualquier cosa, sobre todo revistas. Hacia los once años descubrí dos bibliotecas públicas, y más que eso a dos bibliotecarias, Alicia y Josefa, que resultaron esenciales en mi formación como lector tanto por su amor por los libros y por su trabajo como por sus conocimientos y orientaciones. Y a esa edad me leí todo lo que encontré del teatro de Shakespeare, que me influyó. Al final de la niñez y en la adolescencia, también leí mucha narrativa norteamericana, así como desde pequeño vi mucho cine norteamericano. Des-pués leí a los clásicos españoles. Fueron fundamentales dos profesoras de Literatura, Francisca Fonseca en el Instituto Preuniversitario de Camagüey, y Aida López en el Instituto Pedagógico “Enrique José Varona” en La Habana, y, además, determinante para mi vocación de extender la cultura la importancia que ellas le otorgaban a los juglares y a su arte, los libros que me prestaron al respecto, los que consideraban joyas. Muy pronto descubrí la extraordinaria literatura cubana y la latinoamericana. Y poco a poco a los clásicos universales y a la literatura contemporánea mundial. Todo entre el final de la niñez y el de la juventud.

He leído innumerables testimonios de las tradiciones orales y libros de la literatura de numerosos países de todos los continentes, los libros me abrieron, ya desde la niñez y desde una capital de provincia, los paisajes interiores y exteriores del mundo, y me hermanaron con el viaje que ha hecho por siglos la sensibilidad humana y la inteligencia humana. Siempre he leído libros no sólo de muy variadas procedencias y épocas, cada vez con el acento en lo más contemporáneo, sino también libros de géneros muy diferentes, unos de ficción, otros periodísticos y otros teóricos, y dentro de la ficción mucha poesía, teatro, narrativa. He estudiado mucho en los libros y me he divertido mucho, con un goce intenso y cada vez renovado.

La literatura es, después de la oralidad narradora y la radio expresiva, una de las ape-laciones más poderosas al imaginario de otro ser humano, el lector. Lo digo y lo reiteraré. Y, en especial, he escuchado, he hablado con muchísima gente. Lo he hecho en cuanto país me ha sido posible. A fondo.

–No deseo eludir la definición...

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