“Que la nación vuelva a renacer y a salir de sus ruinas”
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9 de mayo de 2011

- ROSA NÁUTICA -

No puedo explicarlo y por ello sólo acierto a describirlo. Si acaso, arriesgaré al final de este texto una interpretación. Nada más. Me refiero a la llamada Marcha por la paz con justicia y dignidad que encabezó –nunca esta palabra ha estado mejor utilizada- Javier Sicilia y que culminó, después de comenzar el jueves 5 de mayo,  la tarde del domingo  en el mitológico zócalo de la ciudad de México.

Sabido es de todos el penoso – ¿penitencial?- tiempo que vive Sicilia desde hace semanas a raíz del asesinato de su hijo Juan. Ante nuestros ojos está también  la tarea descomunal que Sicilia se ha echado a la espalda –como una fatídica cruz- exigiendo  castigo a los culpables y clamando –voz en el desierto- por el cese de la guerra que ha devastado  malignamente miles de vidas de mexicanos, muchos de ellos, como Juan, ajenos a las partes  en conflicto.

Caminando llegó a la ciudad de México –Infame Babilonia- el hombre que ha dicho ser ahora la voz de los que en silencio sufren (el silencio es la hondura profunda del sentido); en el corazón de martirizada patria habló Sicilia, se dirigió de frente al poder (la clase política, los poderes fácticos, las jerarquías económicas y religiosas, los gobiernos, las fuerzas militares y policiacas) y le exigió respeto a la vida del pueblo. Y  también lanzó la advertencia de que si la clase política no modifica su conducta egoísta el pueblo no participará en las elecciones del 2012.

El latido de nuestros corazones es el latido de la nación, dijo Sicilia el domingo en el zócalo. Y de su dicho, que en verdad es un verso,  se desprende que nuestra nación está muriendo inexorablemente todos los días. Muere de a poco cuando muere asesinado otro mexicano, muere de a poco cuando el corazón de un padre que ha perdido a su hijo se colapsa de dolor y se niega a seguir latiendo (¿para qué seguir si la vida ha perdido sentido?).

Describo lo que veo. Miro a un hombre que ha decidido sacrificarse para que los otros ya no mueran; miro a un hombre que ha optado por el martirio para purificar con su sangre un mundo tan corrupto que no merece más el canto de la palabra. Miro a un hombre que va a morir en el ágora para recuperar el futuro de nuestros hijos y nietos.

Miro a Sicilia sentado en las gradas metálicas de la UNAM: cansado, recogido, casi haciéndose un ovillo, la cabeza abatida apoyada en la mano izquierda  y recuerdo un texto de C.G. Jung, Psicología y Poesía, en el que establece un diagrama triple de flujo de lo sagrado: Dios-el Pueblo-el Poeta. Te miro, querido Javier y te abrazo cordialmente sin saber –como tú lo sabes y lo callas- si todavía seremos dignos de la esperanza.


Roberto_Martnez_Garcilazo*Roberto Martínez Garcilazo es poeta y escritor poblano.

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