
28 de marzo de 2023
¿Has experimentado alguna vez el placer de encontrar aparentemente de la nada a la persona que necesitabas?, o ¿recibiste sin motivo la llamada de alguien del pasado del que apenas unas horas antes te habías acordado?, o ¿ese libro que encontraste al azar que responde a la duda que te tenía bloqueado?
Esto obedece a un principio que rige a una serie de circunstancias que nos pasan en el momento justo, en el lugar idóneo, en la situación perfecta y de un modo que no se puede explicar, pero que tiene sentido para el observador. La mayoría de las personas lo llama “casualidad”, “suerte” o “destino”, cuando en realidad se denomina sincronicidad. Dicho de otra forma son sucesos altamente improbables que ocurren a la vez, para lograr un resultado deseado, o sea, una serie de eventos inesperados que comienzan a suceder para cumplir con nuestros propósitos, es decir sin saber porqué las cosas nos llegan cuando las necesitamos.
La sincronicidad es un evento que sucede fuera del tiempo y del espacio; ocurre porque simplemente formamos parte de un campo unificado, aunque matemáticamente todavía no hayamos formulado su existencia; es lo que la comunidad científica intenta desempolvar desde hace varias décadas.
En el libro El Azar no Existe, Robert Hopcke, describe los acontecimientos sincronísticos como “sucesos impredecibles que no están relacionados con una cadena lineal de causas y efectos; suponen una trascendente experiencia emocional; tienen un fuerte significado simbólico y ocurren en momentos de profundas transiciones en nuestras vidas”.
Los acontecimientos sincronizados son una señal de que nos hallamos en el sendero adecuado y también nos dicen cuando no es así; a nivel más profundo, nos demuestran que no somos meros observadores, sino que somos participantes de una red cósmica interconectada. Si admitimos la idea de la sincronicidad, entonces nuestra vida tiene sentido, todo suceso de ella y toda persona que intervenga obedece a un significado y por tanto no nos sentiremos como víctimas.
Al iniciarnos en un sendero espiritual vamos perdiendo la tristeza, la angustia y el resentimiento. La solemnidad se convierte en alegría y el egoísmo en la necesidad de compartir. Al experimentar estas sensaciones, al mismo tiempo se acelera la sincronicidad, es decir, entre la intención y el cumplimiento los tiempos se acortan. Sobreviene el asombro ante algo que no se puede explicar porque podemos mirar al mundo de una manera diferente y comprender nuestra relación con el campo de la conciencia que nos libera de la prisión del intelecto. Esto, que parece mágico, no es mágico, es una propiedad del campo que está a nuestra disposición si estamos debidamente conectados.
Eduardo Zancolli, autor del libro El Misterio de las Coincidencias dice: En occidente buscamos conectarnos con un ser superior por medio de palabras, a través de la oración. La sincronicidad, en cambio, nos conecta con esa fuente infinita desde un plano no racional, no por medio de las palabras sino a pesar de ellas; así mismo destaca que “si tomamos conciencia de que las coincidencias con significado son una clara evidencia de que no estamos solos en el universo y de que hay un proceso espiritual que influye en nuestras vidas, tal vez logremos recuperar la confianza en nosotros mismos y en los demás”.
Vivimos en una realidad donde abundan los prodigios, pero ellos son vistos solamente por quienes han desarrollado su percepción. Sin esa sensibilidad todo se hace banal, al acontecimiento maravilloso se le llama casualidad y se avanza por el mundo sin la llave de la gratitud. Desgraciadamente nuestra cultura se resiste a abandonar su forma de pensamiento lineal y causal; por tal motivo, la sincronicidad, algo tan natural, es elevada a un plano oculto, misterioso o reservado para el esoterismo.
Bibliografía: Sincrodestino, de Deepak Chopra, Editorial Grupo Norma

Dany Dharma
Instructor de meditación, coach de vida y escritor








