DE RAÍCES, DESARRAIGOS Y OTROS MITOS OLVIDADOS
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DE RAÍCES, DESARRAIGOS Y OTROS MITOS OLVIDADOS.

 

 

 

Por: Álvaro Cruz de la Vía*

 

 

 

Puebla, decía el fallecido maestro Héctor Azar, se fundó por un acto teatral donde los ángeles habían bajado del cielo por mandato divino. La leyenda popular cuenta que los ángeles bajaron del cielo para trazar los límites sobre los cuales había de fundarse nuestra ciudad. Por otra parte el lector puede corroborar lo dicho en las letras de oro de nuestro escudo de armas: “ANGELIS SUIS DEUS MANDAVIT DE TE UT CUSTODIAN TE IN OMNIBUS VIIS TUIS.”

 

 

 

Las Crónicas de la Conquista dan cuenta de la importancia de esta tesis (muchas registran que): “Los españoles sabían que sólo por medio de la fe podían conquistar a los antiguos habitantes de Hispanoamérica.” Así que en el caso de la fundación de Puebla, una ciudad fundada por españoles y para ser habitada por españoles, estos se hicieron unos vestuarios de ángeles con alas de hoja de tamal y a primera hora de la mañana esperaron a su público que había de ser llevado en procesión por los frailes; se trataba de varios cientos de indios de Tlaxcala, Cholula y otras zonas prehispánicas que rodeaban lo que hoy es Puebla. Los habían llevado al escenario natural de un Valle abierto para hacerlos ver[1] a los ángeles que habían descendido del cielo para trazar los límites de una ciudad que ellos debían fundar.

En este acto teatral donde los actores (emisarios de Dios) no eran sino personas vestidas como los ángeles de las pastorelas actuales, y que, a una distancia prudente se habían colgado de mecates para hacer parecer que volaban. Por otra parte los sacerdotes habían traído a los nativos a este Valle  para que vieran y oyeran a los ángeles. El resultado fue que desde entonces, estos se ganaron la fe y por ende la mano de obra, el trabajo incondicional, de los antiguos habitantes de los alrededores de nuestro valle para, en muchos casos fundar iglesias (muchas -e incluso sobre sus propias pirámides-) y para que, como es el caso particular de Puebla, les ayudaran a construir una ciudad. En conclusión el acto teatral es, en la Nueva España y por ende en el origen fundacional de nuestra ciudad un acto de fe donde, si en la Biblia “lo primero fue el verbo”, en el caso de nuestras raíces (como poblanos) lo primero fue un acto teatral.

 

 

 

Acto teatral que, como hasta aquí hemos demostrado, nos dejó el nombre colonial de “Puebla de los Ángeles”, ciudad que en nuestros días también es conocida y recordada por la batalla del 5 de Mayo como la Heroica Puebla de Zaragoza. Pero la gesta histórica de Zaragoza no está lejos del mito: se trata de otro “milagro de fe”; pero esta vez no es un acto fundacional, sino un acto épico y heroico mediante el cual el ejército mexicano triunfa sobre el ejército francés que, en aquellos tiempos, era el comando armado más poderoso del mundo[1].

 

 

 

Los poblanos promedio de nuestro tiempo se nos presentan lejanos a nuestras raíces; sin heroísmos; faltos de fe; desarraigados de una identidad propia; ajenos a las expresiones artísticas (sobre todo cuando se trata de la creación de artistas poblanos); alejados de las manifestaciones rituales y lúdicas que le dieron estos dos gloriosos nombres a nuestra ciudad. Ante esta enfermedad que padece la mayoría de nuestra población, podemos decir que a los poblanos promedio que habitan nuestra polis les da igual festejar el 475 Aniversario de la fundación de nuestra ciudad que participar en un desfile más del 5 de Mayo.

 

  

 

Se han olvidado que desde los orígenes míticos y fundacionales de nuestra ciudad y hasta el hecho histórico y político de lo que ha conformado nuestra cultura, el teatro poblano ha ocupado un sitio fundamental; sitio que, de manera subrepticia, ha sido desplazado por otras expresiones que atentan contra los cimientos de nuestros orígenes y que hacen que las bases de nuestras raíces se hundan en el olvido, en la falta de memoria, de registros que le devuelvan su sitio.

 

 

 

A la par de lo que antes he dicho, hoy recordaré, de manera breve, la labor artística de algunas personas cuyos trabajos en el ámbito del teatro y la cultura, han tenido que trascender fuera de nuestros límites territoriales para después caer en la zona del olvido. Como ejemplo tenemos al maestro Héctor Azar, que hemos citado de memoria más arriba. Azar fue un hombre de teatro, “un zoon theatricón”, que se vio obligado a ejercer su carrera profesional fuera de Puebla. Azar triunfó en Francia, en Estados Unidos, en España y en otros teatros mundiales; de igual manera lo hizo en el Distrito Federal pero después regresó a morir en lo que él llamaba su “poblano domicilio.”

 

Y es que parece que al igual que la Tebas de Edipo o la Dinamarca de Hamlet, la ciudad de Puebla es una fosa común donde algo se pudre y donde, sin descanso ni gloria, han quedado en el olvido los restos de varios poblanos memorables que han dedicado sus vidas (y algo más) al Arte del Teatro (así, con mayúsculas.)

 

 

 

¿Cuál es la maldición que se apropia de la cultura poblana? ¿Cuál es el mal que hace que en los límites de nuestra ciudad los gobiernos y sus ciudadanos se empeñen en enterrar y desterrar, sin honor ni memoria, a los teatreros poblanos? A este mal lo podemos llamar la peste del olvido o la amnesia del poder que hace que los habitantes de nuestra ciudad permanezcan ignorantes y por ello alejados de toda expresión artística ¿Por qué? Porque es más fácil gobernar a un pueblo de ignorantes.
 

 

Por el momento, sin entrar en los detalles de sus obras, sólo citaré dos nombres más que hay que tener presentes cuando se habla del papel del teatro en Puebla: Ignacio Ibarra Mazari y José Recek Saade. Sus vidas y sus obras son un buen ejemplo de lo que hasta aquí he dicho. Mariana Matta, viuda de José Recek Saade como Ángeles Pedraza, viuda de Ignacio Ibarra Mazari han sobrevivido a la amnesia local, política y cultural; pero, a la manera de Antígona, no se han resignado al duro veredicto de una ciudad en la que han echado en la fosa común del olvido los restos de una labor teatral fructífera que, sólo en Puebla, puede pasar desapercibida.

 

 

 

El error trágico de Edipo radica en no poder ver cuáles son los crímenes que él ha cometido y que lo han llevado a convertirse en el asesino de su padre para procrear hijos con su propia madre. Cuando Edipo descubre que él mismo es quien ha provocado la peste de Tebas, su castigo trágico consiste en sacarse él mismo los ojos. Los poblanos, ciegos de sus propios artistas, aplauden y llenan el teatro con presentaciones como La Señora Presidenta, Once y doce o de seudo-artistas poblanos como los autonombrados Mascabrothers que abarrotan el Teatro Principal[2] en la época de “Todos Santos” con un Don Juan travestido o con el Patético Don Juan Tenorio octogenario dirigido e interpretado por Manolo Reigadas, quien llena el teatro de un público acarreado de las diversas escuelas para mostrar los adefesios (sin tener nada que ver Alberti en esto) que realizan en escena sus alumnos y actores, quienes, con un  curso en Espacio 1900 se hacen actores, directores y demás. Otro daño que padece este recinto es que, las así llamadas autoridades, lo prestan o rentan para graduaciones pues, tal como dejó dicho José Recek en uno de sus cuentos, el Teatro Principal es más un elefante blanco que un teatro, pues sólo sirve para el enriquecimiento de unos pocos, pero nunca o casi nunca, está ni ha estado en manos de los verdaderos creadores poblanos.

 

 

 

Ante esta perspectiva podemos esperar que la ciudad que se fundó por un acto teatral permanezca distante de los ángeles y del heroísmo. La Puebla actual es una ciudad que sabe aplaudir, pero lo hace como en el circo romano. Aplaude por el paso de su equipo de fútbol de segunda a primera división y se desahoga, de igual manera, con los carros alegóricos del desfile del 5 de Mayo que con los abucheos y porras (qué más da) que corean al “Gober Precioso.” Los habitantes de la ciudad de Puebla y muchos de los así llamados “promotores de cultura” y las autoridades que, sin rigor ni conocimiento de causa legislan y otorgan apoyos y becas (de manera partidista o por puro dedazo), han hecho que los artistas y la misma sociedad poblana se conviertan en cómplices de la tiranía que todo lo esclaviza: la ignorancia.

 

 

 

La ignorancia, el desinterés, el conformismo, el favoritismo y la falta de memoria son algunos de los tristes errores por los cuales Puebla, como la antigua Tebas, es hoy en día una ciudad habitada por millones de Edipos; una ciudad en la cual cohabitamos y vivimos con la imposibilidad de volver a nuestros orígenes, tal como en Los pasos perdidos de Carpentier; una ciudad de la cual el arte ha sido desterrado de la gloria divina y ha sido satanizado, como en El paraíso perdido de Milton; una ciudad, pues, en la que algún día otros ángeles volverán del desarraigo para hacernos saber que hemos sido condenados a pagar los crímenes que hemos cometido en contra de nuestras raíces, en contra de nosotros mismos y en contra de nuestros artistas poblanos.

 

 

 

*Alvaro Cruz de la Vía realizó estudios en Puebla (su ciudad natal), Distrito Federal, Perú y España, es estudioso del latín y amante del arte del teatro. Álvaro es egresado de la Licenciatura en Literatura Dramática y Teatro en la Universidad Nacional Autónoma de México y Maestro en Artes Escénicas (Polonia).


 

[1] El origen de la palabra teatro, el theatron, revela una propiedad olvidada, pero fundamental, de este arte: es el lugar donde el público observa una acción que se le presenta en otro lugar.   

 

[1] Valga la comparación, tal hazaña se equipararía a tener hoy día, un triunfo contra el ejército de los Estados Unidos de América.

 

[2] El Teatro Principal de Puebla es el recinto teatral más antiguo de Hispanoamérica y quizás el más maltratado de todos los teatros del mundo.

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