Vida cotidiana de Don Julián
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jorge alberto duran

En los artículos relativos a Don Julián, (véase “La vida familiar de don Julián”, “La diversión y la Iglesia”), intento mostrar una visión de lo que era Puebla en los años 30 y 40, desde el punto de vista y las vivencias de un individuo, y aunque se habla de aspectos personales de su vida, la idea es tomar sus palabras como una ventana a la vida cotidiana de Puebla. Así, a través de las palabras de Don Julián y de investigaciones personales, me voy a permitir seguir presentando distintos aspectos de nuestra ciudad, algunos de los cuales han desaparecido de la memoria colectiva y otros que por ser privados no se cuentan tan fácilmente.

En la época de Don Julián la preparación académica no era muy importante, ya sea por falta de dinero o de interés, él sólo estudió la primaria pero en distintas escuelas, primero en la escuela Enrique C. Rebsamen que se encuentra en la 12 poniente entre la 5 y 7 norte, llamada por los niños de esa época “Ventanas”. Cuando se cambia a Santa María entra a la escuela Pacheco y Henning donde lo expulsaron por “guerrita” y fue a parar a la primaria Gustavo P. Mar, en la 5 de mayo entre 18 y 20 poniente, donde finalmente concluyó la primaria. De ese tiempo recuerda que hacia el fin de año escolar, en diciembre y ya para presentar los exámenes finales, entre la chamacada, entraba la preocupación por pasarlos y para lo cual recurrían a la intercesión de los santos:

“- Oyes, vamos a Santa Rosa a comprar obleas para que pásemos de año.
-Fíjate que comprando las obleas pasas de año
y ahí vamos la bola de chamacos burros a comprar obleas, ¿eh?...
“...(estudié) hasta 6º año nomás, pero es como si hoy hubiera estudiado hasta la preparatoria,... nosotros entrábamos a la escuela a las 8 de la mañana y salíamos a las 12 del día, entrábamos a las 2 de la tarde y salíamos a las 5 de la tarde, fíjese usté que bonito y había maestros muy buenos, muy buenos de a tiro”.

La idea de recurrir a los santos con fines académicos también la recuerda el maestro universitario Armando Romano(1) y además nos habla de que aquellos que tenían padres espiritistas los hacían beber agua e invocar a un espíritu; las “obleas” o “palabras” se compraban en las iglesias de la Compañía y en San Jerónimo, cuando a pesar de todo se reprobaba era porque las “palabras” ya estaban pasadas.

Al terminar, de milagro o no, la primaria Don Julián -para entonces de 13 años- ya no quiso estudiar y su papá logró meterlo a trabajar de aprendiz en una fábrica textil manejando una maquina llamada trosil y por lo que se ganaba dos pesos con veinticinco centavos diarios; su horario, era de lunes a sábado con turno rotativo.

Aunque lo consideraba un buen sueldo pues “alcanzaba pa’ todo” no lo era para lo más importante: un casimir que costaba de 30 a 50 pesos el metro, “pero casimir joven que ¡caray! jamás se vuelve a ver, pura lana, lana legítima” ya que el estar bien vestidos era importante para el muchacho de la época pues antes que pensar en novia pensaba en su primer traje, obligatorio para las fiestas, los bailes y los domingos.

Al salir de trabajar practicaba box y béisbol, hacia las 6 de la tarde se dirigía a su casa a “lavarse la cara pa’ ir a ver a la novia al momento de ir a traer el pan o el café para la cena.”

En 1945, al cumplir 18 años, Don Julián ingresa al ejército mexicano para realizar su servicio militar obligatorio.

“...se iba uno a suscribir como ora, ¿no? y se hacía el sorteo en el Principal y al que le tocaba la bola blanca es el que iba... y ya en el Sol de Puebla salía la lista, y ese sorteo se hacía por octubre...para...salir en enero, y ya cuando salíamos sorteados llegaba una carta avisándonos que teníamos que presentarnos con cierto doctor pa’ que nos hiciera en examen médico y ya nos, transportábamos al Distrito Federal en el Mexicano,...llegábamos a Lindavista y estaba ya una columna de carros pa’ llevarnos al Campo Número 1,... ahí hacían la selección: artillería, intendencia, ametralladoras, infantería, transmisiones y a onde usté le tocaba iba usté a dar...”

El 6 de enero salió rumbo al Distrito Federal al Campo No. 1 donde se concentraban todos los sorteados y de ahí los mandaban a otros estados
“y ya ahí a usté lo mandaban a Sarabia, Guanajuato; lo mandaban a usté a Teotihuacan, lo mandaban a usté a la Boticaria (Veracruz), o se quedaba usté en México”

A los ocho días lo mandaron a Veracruz, donde permaneció cinco meses y después regresó al Distrito Federal, durante todo un año cumplió con sus obligaciones militares, lo primero que aprendió Don Julián fue a marchar
“...como se juntaba de toda la República gente, jóvenes, pus había gente que venían como de Mérida que ni hablaban bien el español menos sabían marchar, y se formaban los pelotones de once hombres...nos uniformaron, ya como soldados, zapatos y todo y a marchar, pero eran marchas muy duras, eran horas, hasta que aprendimos a marchar, acabamos (de aprender)...y ya vino el manejo del arma, y a marchar con arma, ya que acabamos de aprender eso comenzamos a aprender a tirar con el fusil, fisticiamente (sic) nomás, ya después con cartuchos de a deveras, ya con blancos, ya efectivos, ¿no? ya que aprendimos a tirar muy bien y aprender el mecanismo del arma ya viene lo principal: tácticas de combate, ya es cosa de cómo debe uno de pelearse, qué cosa es una cubierta, qué cosa es un abrigo, ¿no?, ya ai comienza uno, cuando debe uno avanzar, y como debe uno avanzar,...es cuando lo califican si aprendió usté o no...”

Encerrado toda la semana, salía franco el sábado a medio día después de la revisión de armas, de equipo, y del pago denominado “PRE” que recibía por el servicio, que ascendía a 3 pesos semanales y regresaba hasta el domingo en la noche.

Después del servicio  militar, Don Julián regresó a Puebla e hizo su vida independiente, pero habiéndole gustado el ambiente militar, la disciplina y lo aprendido, se regresó a México y se dio de alta en el Ejército Mexicano como peluquero ahí se ganaba 3.50 pesos diarios más las propinas que iban de “20 centavos a un tostón”, después de año y medio se dio de baja porque lo querían obligar a realizar instrucción militar.
“...parece mentira, hay academia de urbanidades, ¿no?, cómo aprender a comer,... pues claro hay gente que no esta acostumbrada a comer con cubiertos, ahí le enseñaban a usté como tomar el cuchillo, como tomar el tenedor, como sentarse a comer, ¿eh?, eso es, nos gustó porque nos acostumbraron a bañarnos todos los días,... que siempre los zapatos estuvieran bien boleados, ¿eh?, las uñas bien recortadas, su cama de uno bien tendida, todo eso ¿mh?”.

Aun sin el compromiso militar, Don Julián siguió viviendo en México con una hermana, fue fácil para él conseguir empleo como peluquero y su tiempo libre se lo dedicó al baile, esto lo llevó a conocer prostitutas y a través del trato, algunas de ellas se convirtieron en sus amantes, con ellas se dedicó a viajar por todo México y mientras las mujeres trabajaban en lo suyo, él solicitaba, y normalmente encontraba, trabajo en las peluquerías.

Posteriormente se vino a Puebla para atender la peluquería de su padre, pero sin dejar su vida independiente, “yo nomás le decía a mi mamá: No vengo ocho días, mi mamacita nunca me dijo: ¿onde vives, con quien vives?, yo iba a trabajar a la peluquería y punto”, hacia finales de los 40 llegó a ganar hasta 40 pesos diarios.

Don Julián se casó a la edad de 40 años, teniendo su mujer 30, y aunque duraron de novios 3 lustros combinó el noviazgo con amantes. Su boda fue sencilla, se casó en el templo del Refugio; había juntado “con sacrificios” 2,500 pesos, mismos que dio con anticipación al suegro quien se encargó de la fiesta, hubo arroz, caldo de pollo, mole, frijoles, tortillas y licor. Con 300 pesos que le quedaron se fue tres días al Distrito Federal de luna de miel. Aunque ya se acostumbraba el baile con tragadieces (conocidos hoy como sinfonolas o rocola y de los que se hablará en otro artículo) después de la comida, en el caso de Don Julián no hubo.

Al regresar de su primer viaje como casado, pensaba irse a vivir a dos piezas que su papá le daba en Santa María pero la suegra los convenció para que se quedaran unos días “y esos días se volvieron casi toda la vida” pues vivieron con ellos cerca de 20 años durante los cuales aprovechó para construir su propia casa, enfrente de la de sus suegros, donde instaló su peluquería, de todas maneras continuó la estrecha relación con sus parientes políticos.

De espíritu libre Don Julián veía en la peluquería el oficio ideal: ganaba buen dinero, no había hora de entrada ni de salida, si a media mañana se aburría podía salir a caminar, si se cansaba de la ciudad fácilmente podía encontrar trabajo en otro estado, todo ello le dio a Don Julián una manera distinta de ver a Puebla, a su ciudad, sus calles, su gente; el conocimiento que obtuvo de sus viajes le hizo ser más observador de lo propio; esa sensación de no tener ataduras lo llevó a conocer otras ciudades para regresar siempre a la suya; esa libertad para vivir su vida como y con quien quiso lo llevó a respetar la de los demás.

Esto pues da como resultado un hombre con una visión de lo que lo rodea distinta a la normal, y que con el correr de los años lo hace representativo de su época. Es un ser fuera de serie porque no todos tenían la libertad de viajar como él, es distinto a los demás porque pocos eran padrotes, pero, finalmente, es igual a todos porque sigue siendo poblano.


Hasta la siguiente entrega.

NOTAS

Romano Moreno, Armando. ANECDOTARIO ESTUDIANTIL Vol. II, BUAP, p. 94. Este libro esta conformado por historias personales , familiares, amigos y conocidos del autor y entre todas crean una historia de la Universidad Autónoma de Puebla y de la misma ciudad.

*Jorge Alberto Durán Ramírez es profesor de Educación Física, licenciado en Historia, aprendiz de artista. Le gusta la música folklórica latinoamericana, que interpretó hasta antes de casarse; gusta de escribir cuento y teatro, actividad que inició después de casarse. Creyente fervoroso de que el amor es el motor del mundo, lo practica antes y después de casarse, la mayoría de sus escritos versan sobre el mismo tema: El amor

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