Muro de los nuevos tiempos o espacio libre para la integración culturológica de la imagen
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MURO DE LOS NUEVOS TIEMPOS O ESPACIO LIBRE PARA LA INTEGRACIÓN CULTUROLÓGICA DE LA IMAGEN*
Segunda parte

Omar Kuri


El encierro que origina ver la televisión, como suele darse en casa, se convierte en una cualidad calificada y subordinada a un espacio conocido, ya que nadie puede esconderse sin tener un mapa de resguardo; el abrigo que da la imagen siniestra o cruda en un momento dado, acude a una semblanza de conformismo, alienación de sucesos y una constante deshistoricidad.

Sartori señala que el efecto de realidad exime de la presencia –y también de la acción directa- pero todos presencian los hechos, las guerras o los espectáculos desde el confortable espacio de la casa, es decir, la información no es conocimiento. Acumular nociones, no significa entenderlas.


La televisión informa poco y mal; es una subinformación totalmente insuficiente: desinformación es una distorsión de la  información. Informarse resulta ser el ritual de la dispersión morfológica y antropológica de conocer, descubrir y rechazar si es posible algo que sumiso y polarizado, también nos transmite, no obstante una serie de mensajes y códigos, sujetos a la distribución de ideas y no ideologías bien constituidas. Parte de un autoconocimiento en ocasiones y a veces como arraigo de estados psicológicos como la soledad o el olvido, el encierro dirige nuestra capacidad de ver y estar, se esté donde se esté dentro del lugar o ritual televisivo, siempre y cuando haya no sólo una televisión, sino varias.

En esa lógica, hacia la disipación del entorno, en este caso familiar, escoger un sólo televisor, autónomo, con la desocialización no importando se vea el mismo programa, se suplanta de esta forma las relaciones auténticas de reunión, consejo y participación del aprendizaje, oriundo de la sensibilidad no audiovisual. Si el espectador siente que lo que está viendo es algo palpable, pero no por esto algo real, de un hecho cualquiera que sea este, obviamente envuelto en la descontextualización y lo efímero, el estado físico y consciente del individuo, es almacenado en la necesidad de reflejarse como un agente ávido de imágenes pertenecientes por supuesto, a la mayoría de los objetos y sujetos vistos por televisión. Así por ejemplo, visualizar los escombros de un terremoto, el destrozo de un huracán o la ficción de un cometa que cae en la tierra, se supeditan a la grandeza de la tecnología, de cómo es diseñada y plasmada la imagen en los receptores de esta misma, los ojos.

Debray hace dos divisiones al respecto. Por un lado, la crítica de la razón pura llamada “dialéctica” a la “lógica de la apariencia” y por otra parte, la “dialéctica trascendental”, referida al estudio de las ilusiones naturales, inevitables pero no inexplicables, alimentadas por el espíritu acerca de la naturaleza misma del alma o el espíritu, del mundo y de las deidades. Las escenas de discordia a las que dan lugar los conflictos de ideas sobre la naturaleza de la videosfera exigen, conservando las debidas proporciones, un cuadro de antinomias del mismo estilo. De la misma manera que no se puede demostrar que la videosfera sirve y no sirve a la democracia, la verdad, la paz entre los pueblos y la libertad del hombre. Una tesis dialéctica de la razón pura tiene por objeto no una cuestión arbitraria que uno puede formular por placer, sino un problema que toda razón humana encuentra necesariamente en su camino.

El ámbito familiar polarizado por las capacidades de recepción y emisión, definido en elementos pertenecientes a la producción de imágenes en la televisión, corresponde a una superposición y supresión de las mismas; dueñas de límites y convergencias existentes en la realización de aquellos mensajes generados para persuadir. Y aunque no es suficiente el constante pasaje de irreverencia y espectacularización de la programación, las formas simbólicas sistematizadas para el espacio público invertidas en una constitución de iconografía, planteada para encerrarse públicamente, fungen como la colectivización imaginaria y/o virtual de las relaciones individuales.

En una megalópolis como es la ciudad de México, la proliferación de diversos estilos y modus vivendi, provista de imaginarios sociales, inmersos en una realidad cultural virtual o mediada, forma identidades de una manera tan intercambiable, que la distancia y la experiencia sensorial, genera un simulacro de relaciones, habilitando de esta manera, un desafío para el progreso cultural, político y económico. Los medios masivos, como la televisión, de gran penetración cultural en la población, forman parte de una recreación estructurada; nueva institución simbólica en la casa o en el lugar de descanso. Debido al tiempo transcurrido para llegar al territorio cultural por excelencia de la televisión (gastado en mayor o menor grado), que en la perspectiva civilizadora es intermediario directo a través de la imagen, prueba de manera fenomenológica, el carácter de construcción de una amplia variedad de presupuestos y equipos de mensajes prefabricados. Todo lo que es capaz de fluir produce un nuevo equipamiento colectivo, sostienen Fourquet y Murard, por ello no es posible hablar de equipamientos aislados sino de una constelación de equipamientos; cada equipamiento originario se rodea de equipamientos adyacentes, periféricos, cuya función es recuperar a los diferentes segmentos o masas de población que son distribuidas en ciertos espacios sociales. La cultura de la imagen como nueva identidad del individuo globalizado y conformado por condiciones fundamentadas en la concepción de comunidad virtual, ha ingresado en la naturaleza de expansión y consumo de ajenas e insuplantables necesidades básicas de información mediante herramientas que la llevan a emprender un camino de nuevas y cada vez más rutas tecnológicas.
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