Pericazo seguro: angas o mangas
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Angas o mangas

Pericazo seguro

El sastre*

El que es perico donde quiere es verde, decía mi abuelo que decía el suyo, o sea que ya le zumba a ese dicho y los pericos siguen siendo verdes a donde quiera que se les vea. Aunque por desgracia infinita ya no se ven tantos pericos como antes, no, antes era una cosa chula ver tanto animal volando por estos cielos y no sólo periquitos, sino verdad de Dios que me tocó ver hasta Guacamayas. Pero todo se lo ha llevado la tristeza.

Lo que no se lleva la tristeza sino que a la tristeza se la lleva, es la música, bueno hay canciones que sí nos ponen tristes al oírlas, pero hay otras que fueron hechas para ponernos contentos riéndonos de nuestras desgracias.

Estaba joven cuando pegó la canción esa de “mi perico y yo” del grupo los Dinners, una historia chusca pero muy divertida donde un hombre dejado se hace ilusiones de que su mujer regresa a la casa al oír su voz diciendo “mi amor”, pero se da cuenta que es el maldito perico que imitaba bien su voz, quedándose solos el perico y él. En aquel entonces yo era tomador, la enfermedad me tenía entre sus garras y eso no olvida mi mujer, bien dicen que una mujer disque perdona, pero nunca olvida. En las cantinas había rocolas de discos de esos de acetato, que eran más bonitas que las de ahora, aunque dicen, eso dicen, que ya en las cantinas hay pantallas planas donde se ven los videos de las canciones que pides a la rocola. Será el sereno, pero yo prefiero a las viejas.

En ese entonces me gustaba bailar de cartoncito de cerveza con las ficheras, yo creo que ahí comenzó a nacer, sin saberlo ni quererlo, nuestro Sindicato de Ficheras Pirujas Anexas y Similares, el SIFICHPAS, aunque en ese entonces no me interesaban las damas como ahora me interesan, es decir, era yo más animal, repito, el alcohol me tenía en sus garras.

Recuerdo que una vez que habíamos ido a Tierra Blanca a una boda de un primo, agarré la jarra desde la noche anterior con el novio, sus amigos y otros primos, la misa era el sábado a las 5 de la tarde y era el viernes a las 12 de la noche y nosotros baile y baile de a cartoncito de cerveza en el bar “el perico”. En eso estábamos cuando llegó mi mujer con mi tía, la mamá de mi primo y sus otras hijas, mis primas y una bola de chamaquitos que se juntaron para escuchar el desmadre de mi mujer que dice, me gritaba y gritaba ahí parada  fuera de la cantina sin que yo saliera; dice que me gritaba  que no fuera desgraciado, que mi primo tenía que dormir, que  ya le paráramos, pero como la pinche rocola estaba con el volumen a todo, pues nunca escuché nada, y pa´cabarla de chingar, estaba esa canción de los Dinners  “el perico y yo”; por eso no pude ni moverme ni quitarme ni nada de nada cuando mi mujer me sorrajó la jaula del cotorro en la cabeza. Y es que esa cantina se llamaba “el perico” porque en la entrada, sobre la barra, estaba un perico enjaulado más grosero que mi vieja, y era parte del espectáculo oír la historia de que ese perico se quedó una vez que su amo no tuvo para pagar y dijo, ahí le dejo mi perico que sabe hablar  y dice de groserías. Al dueño del bar le cayó bien el animal y supo cómo explotarlo porque cuando compraban una botella de bacardí blanco o de etiqueta negra, le daba una semilla de girasol y el animal decía “bola de pedotes, borrachos mantenidos, méndigos briagos” y cosas así. Por eso el animalito estaba en su jaula ese fatal día.

De esto me acordé porque  salió en el periódico  que un perico  en el DF echó de cabeza a su amo con el alcoholímetro diciendo a la policía en el retén “ está borracho, está borracho” y bueno me dieron ganas de escuchar la canción y para qué quieren, mala decisión, porque mi esposa me sacó a relucir mil historias de esa época negra de mi vida, les digo, disque perdonan pero no olvidan.

Por angas o mangas soy de los pocos hombres que han agarrado a chingadazos con un perico, el cual por cierto me lo cobró carísimo el de la cantina, porque decía que era su principal atractivo. Mi esposa gritaba que me lo cobrara bien, que eso me pasaba por caliente y por borracho, así que con la cara escurriendo de sangre por la descalabrada y con las ficheras riéndose de mí, el cabrón cantinero le puso precio a su pinche perico, que se murió del madrazo que me metió mi mujer. Con  decirles que con ese dinero el cabrón remodeló el bar y le puso “la Guacamaya”, disque en honor a mi mujer, pero eso,  nunca se lo dije…¡meee!, ni se lo diré.

 

*El sastre vive en la cuenca del Papaloapan, en México; está casado y disfruta de todo lo que la vida le pone enfrente.