Desvergüenza y descaro
Minuto a Minuto

Ausente estaba la alborada,
No cortaban a tajo la montaña
Los rayos matutinos;
Si acaso, lentamente,
En el espacio hacia el oriente,
Se asomaba un matiz de claridad
Que en silencio, sin voz, aconsejara:
Los impulsos que empujan
Hacia la opción de algún futuro
Seleccionado por tu ser,
Los que llevan bandera
De sueños anhelantes,
Los que no aceptan ser vetados
Ni que se los triture
En aras de lo insulso:
Tienes que obedecer,
No pensar por ti mismo,
Decir a todo, sí
E inclinar la cabeza,
Esos impulsos, dijo, deben prevalecer,
Y si es preciso
Desgarrar la placenta,
Ni siquiera se piense;
Se debe proceder.
 
Eso decía la claridad
Aquella madrugada.
A ello, se aunaba
El que la decisión
Estaba ya tomada:
Me iré, porque me iré:
A ver quién me detiene.
 
Ni siquiera  lo intente,
Pues de crimen a crimen,
Ya me dirán alguna vez
Cuál de ellos es más limpio,
Si aquel que se perpetra
Quitando libertad
Y destrozando ensueños,
O el que se lleva a cabo
Para romper cadenas
Con el fin de salir a las llanuras
Y así, gozar la libertad.
 
La decisión ya era de hierro:
Nadie interferiría.
Y nadie pudo hacerlo.
 
Me marché, a escondidas, muy cierto,
Pero estuve orgulloso,
Y orgulloso estaré
Cuando logre quitar
La mancha que dejara
Un miserable grito
Melodramático y ridículo, aquel de:
¡Hijo ingrato! ¡Por qué me abandonaste!
 
Ahora se que el silencio
En que caí sin darme cuenta,
Fue el desconcierto en que me hundieran
La acusación estrafalaria
Y el melodrama sin sentido:
¡Por qué me abandonaste!
 
¡¿Qué miseria de espíritu!
Y pensar que no pude,
Por el chantaje descarado,
Soltar la risotada.
 
Mi libertad estaba en juego,
La de cumplir con el mandato
De ser un hombre ilustre;
Mandato proveniente
Del quien no me di cuenta;
Pero sí, me heredó
Lo más valioso de mi ser:
Sabiduría y conocimiento,
Armas que en el combate
Por la vital sobrevivencia,
Me salvaron mil veces
Aunque precariamente,
De la prisión, o la miseria.
Ante ese legado
La expresión: ¡Hijo ingrato!
Me suena a pura mierda.
 
Ahora me queda claro
Que quien la dijo, no sabía
Lo que eran la vergüenza, y el descaro.

Ricardo Montes de oca, Puebla, Pue., 1º.-5-2012

 

 

Ricardo Montes de OcaRicardo Montes de Oca ha escrito novelas, ensayos, cuentos y poesía. Ricardo ha cursado estudios profesionales en México y Rusia.