Justicia falsa
Minuto a Minuto

(Relato)

Execración

No hay nada arriba, ni abajo; no hay nadie detrás de la puerta, ni en el cuarto vecino, ni fuera de la casa. No hay nadie, nunca ha habido nadie, nunca habrá nadie. No hay yo. Y el otro, el que piensa, no me piensa esta noche.  OCTAVIO PAZ.

La  avenida aloja en su acera pequeños locales que se codean. Sin dejar espacio entre ellos dan significado a las angustias de los que habitan la espalda de la ciudad.

Cada carencia tiene un recuadro donde sus habitantes retienen la vida. Las puertas de las casas cierran el paso a los sueños.

Las cortinas son mortaja para el alba, cubren los días desdibujados.

Emparentados con el sombrío lugar del abandono, los ciclos han perdido el inicio.

El paisaje perdió el equilibrio, el sentido. La estulticia rige el destino de las aves y le da preponderancia al zumbido de las moscas.

Las necesidades muestran un solo perfil donde las ideas trazan cercos, convirtiendo las viviendas  en bazares.

Se vende todo: lo palpable y lo intangible; se oferta más de lo que puede ser vendido.

Los días se arrastran…

Amputados no pueden avanzar.

Las sombras reposan en el ángulo donde convergen  la luz y el mostrador de agujas.

Los alfileres afianzan la vida a su cautiverio.

En el muro descamado,  un clavo negro  descubre la sonrisa del diablo; descaradamente masca los números en las hojas de contabilidad.

En la trastienda  el hombre  apila hojas de papel.  Las columnas tuercen sus cuerpos blandos, blancos, dotados de rayas o cuadros en orfandad de letras.

Tras el mostrador deambula la cotidianidad domada.

De nombre  Esperanza como para magnificar la desgracia de nacer en el rictus de una extraña paradoja. Su  rostro deja perplejo al observador:

Estatura de niña, sombra difusa, espalda vencida por la piedra de la pobreza. Su rostro no detiene a nadie, tiene la frente estrecha como sino de un callejón sin salida.

La pared de las mejillas: gris, árida.

Labio herido, doloroso dintel de las palabras.

Los días ponderan el presagio.

Arrojada  Esperanza  en este sitio, en un camino que se abre a un terreno extenso, combo y resbaloso que decanta en la locura.

Tierra de nadie donde el instinto pisa sobre huellas de muerte.

Los rayos del sol pasan a través de la puerta derrumbada del cielo.

En el medio día, las sienes del pavimento arden.

El  camino del descenso pleno de luz...

-Fue como si el demonio me deglutiera en aras de su afán por la ironía.

De los muros de la miseria a los muros de agua.

-En el entorno de mi vida, cotidiano y sin un aparente riesgo, se ha  apuntalo la sinrazón; dio un gran giro, levantando con su cabellera gris los muros de la miseria. Y así,  sin más,  llegue a María. La isla amurallada con bloques de agua.

-Transcurrido el tiempo de estos embates, se apaciguo el aire.

-Hoy entrego de una mano a otra la arena que cubre el piso de mi otra cárcel.

-Recuerdo, con gran tristeza, cuando crucé el umbral del estanquillo. Me apoyé con los codos sobre el cristal del exhibidor, en ese momento era inimaginable para mí lo que tardaría en volver a mi casa, con mis hijos y con mi madre.

La  miseria derroto la otra cara del sueño y la hizo inquebrantable como domo de hierro.

-El cielo arañado de cables que se agitan con el viento, pasó de ser el cotidiano paisaje que estaba ahí, a ser fantasmas en mis sueños.

-Hoy mi vestido raído no tiene dibujos y mi mano estruja un pañuelo que asemeja los tristes recuerdos.

-Aquel avaro me envió a la prisión.

-Ese día, después de tantos afanes, había logrado reunir cien pesos, podía comprar la libreta y el lápiz para mi niño. Nada más, ese era mi objetivo…

-Deseo tan pequeño, diminuto.

-He aprendido a meditar, en eso ocupo parte de mi tiempo. ¿Por qué aquel hombre lleno de prosperidad le irritaba mi pobreza?-

-Era corpulento, tenía una gran mandíbula. Sus mejillas abultadas escondían sus pequeños ojos.

-El sol de medio día parecía irritarlo porque hundía la punta de su lápiz en la libreta de cuentas.

-Le di mi preciado billete y con él se fue a la trastienda.

-Llamó desde su teléfono negro:

-El billete es falso-  dijo…   Y,  con esa acusación,  pago mi boleto a las Islas Marías.    
                                                        
LETICIA DIAZ GAMA.  

Leticia Daz GamaLeticia Díaz Gama, poeta residente en la ciudad de Puebla, México.