NO´MBRE - Jorge Alberto Durán Ramírez
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Al salir del panteón me acerqué a Rodrigo, no le dije nada y sólo le eché la mano al hombro, veía reflejado en su rostro cierto sentimiento de coraje y de impotencia, entonces yo no sabía qué era eso, pero la expresión era la misma que tenía cuando veinte años más tarde lo vi alejarse después de sus últimas palabras: ¿No’mbre, como va uste a creer eso?

No recuerdo ya cuantas cosas pasaron después de salir del panteón aquel día, ni cuantas más me dijo Rodrigo antes de que sucediera, que si la muerte del cura, que si el robo a Don José, que si la helada, que si la tormenta y no sé que más, pero el miedo fue cambiando a respeto y porque no decirlo, a querencia. Llegué a querer a Rodrigo como si fuera mi hermano y aún de mis hermanos no me acuerdo con tanta frecuencia como de él.

 

(Sí, de él es del único del que me acuerdo, de todo el pueblo sólo Fernando se acercaba a mí y me hablaba sin miedo, será por que lo salvé de que le cayera el árbol encima o porque le avisé de la crecida, pero a partir de allí casi siempre anduvo conmigo.

No sé cómo empezó esto, ni cuando fue la primera vez que pude ver lo que iba a pasar, pero el caso es que sucede, de repente se me nubla la vista, parpadeo y clarito veo como van a ocurrir las cosas. Vi como el árbol caía sobre Fernando y lo aplastaba hasta no distinguirlo de la tierra, y vi como la serpiente de agua se comía las casas, ante mis ojos pasaron los animales inflados por el agua hasta casi reventar, también vi como mataban al cura y todas las demás desgracias que pasaron.

Después de las visiones me quedaba un dolor de cabeza que me la partía en mil pedazos y se me quedaba adentro hasta que pasaba lo que tenía que pasar. Y si se me ocurría contárselo a alguien entonces el dolor se me hacía más fuerte hasta desmayarme y así me quedaba a veces hasta una semana, por eso mi tata me hizo prometerle que nunca diría a nadie lo que veía.

Cuando él murió lo único que me quedaba era Fernando y rompí muchas veces mi promesa para evitar que algo le sucediera)

 

Yo me convertí en su compañero y una sola vez en su confidente, a Rodrigo no le gustaba hablar. Muchas veces me hizo advertencias y yo siempre le hice caso.

Una vez que regresábamos de una fiesta en el pueblo y ya con unas copas entre pecho y espalda pude preguntarle:

-¿Cómo le haces para saber lo que va a pasar? ¿Con quien tienes pacto? ¿Quién te dio esa bendición?

Estás borracho, me contestó y no lo volví a sacar de su silencio, que a veces creía se lo comía por dentro.

No fue sino hasta mucho después, que de camino al maizal, me contestó sin haberle preguntado...

-No es bendición como dijiste esa noche, es una maldición y no sé quien diablos me la echó encima.

De momento no supe de qué me hablaba, hasta que vi su rostro cansado de tanto guardar silencio y de poco haber vivido.

-Si supieras cómo me siento por no poder prevenir a todos de lo que va a ocurrir, se te quedan viendo como si estuvieras loco y te corren con malas palabras que sólo reflejan el miedo que no pueden controlar y ni siquiera aceptar. Cada palabra que digo me desgarra el interior y me rebota en la cabeza y mis manos se entiesan de la impotencia y coraje por no poder hacer otra cosa.

Entonces supe que era la impotencia y el coraje, los vi reflejados en su rostro, igualito que cuando salimos del panteón.

-Por eso, siguió diciendo, creo que es mejor irme de aquí, a ver si se me quita la maldición o por lo menos dejo de ver cómo la gente que conozco se va acabando o muriendo poco a poco.

-No te iras a matar, ¿verdad, Rodrigo?, le pregunté espantado.

-No’mbre, ¿cómo va usté a creer eso?

Y con esas palabras me dio la espalda y no lo volví a ver.

 

Sólo en una ocasión escuche su nombre otra vez, fue en la fiesta del pueblo, cuando en el baile se junta la gente de los alrededores y se habla de muchas cosas, no sé porque salió en la plática.

-¿Rodrigo Meneses?, dijo Fulgencio, a ese lo mataron por loco en Santa Fe, lo corretearon de la iglesia hasta la salida del pueblo lanzándole piedras y maldiciones, quedó muerto junto a la cruz que está en la carretera, fue exactamente un día antes de que el pueblo desapareciera por la crecida del río, que este año si estuvo dura.

 

*Jorge Alberto Durán Ramírez es profesor de Educación Física, licenciado en Historia, aprendiz de artista. Le gusta la música folklórica latinoamericana, que interpretó hasta antes de casarse; gusta de escribir cuento y teatro, actividad que inició después de casarse. Creyente fervoroso de que el amor es el motor del mundo, lo practica antes y después de casarse, la mayoría de sus escritos versan sobre el mismo tema: El amor

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