NO´MBRE - Jorge Alberto Durán Ramírez
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NO'MBRE

Por: Jorge Alberto Durán Ramírez*

-¿No'mbre, como va usté a creer eso?

Esas fueron las últimas palabras que le oí decir antes de que partiera pa' no sé dónde, Rodrigo siempre había sido distinto a nosotros, hacía cosas diferentes a las de todos los niños, no sé cómo pudo sobrellevar su solitaria vida en el pueblo.

 Yo lo conocí recién entrados a la primaria, se sentó en el banquillo junto a mí, sacaba su libreta o sus libros y seguía las indicaciones del maestro. No hablaba con nadie, por eso me extrañó cuando en una ocasión, mientras unos jugaban "guerritas" tirándose piedras, él gritó de repente...

-¡No Román, no tires esa piedra!

Nuestras miradas pasaron de Rodrigo a Román, siguiendo después el recorrido de la piedra hasta el momento en el cual se estrelló en la cabeza de un chamaco que estaba distraído juntando tierra con las manos, vimos como se fue de boca al suelo, tragando la tierra reunida y corriéndole sangre por el oído y la mejilla, hasta caer gota a gota, en el suelo.

A partir de ahí los chamacos lo evitaban y los grandes lo veían con recelo, le tenían miedo, como a la noche obscura, como a todo lo que no podemos ni queremos ver, a lo que no conocemos, le tenían miedo por que siempre se cumplía lo que decía. Yo también le temía.

 Después de la escuela, a veces nos quedábamos solos en el camino de regreso a las casas, cuando toda la bola de escuincles se había perdido entre los maizales para saborear una tortilla con chile y un jarro con café o agua fresca, a la hora de la comida. Nosotros nos seguíamos caminando, separados por el polvo del camino, yo viendo pa' todos lados, a las nubes negras, los árboles, las garcitas volando... pa' todos lados miraba menos hacia donde él caminaba silencioso, sumido en sus pensares.

-No te vayas por esa vereda, mejor dale la vuelta al árbol, dijo de pronto un día, y siguió su camino.

No sé por qué le hice caso, pero cuando debía pasar por la vereda junto al árbol, éste cayó como si la mano de un gigante la hubiera empujado, sentí como si un líquido frío bajara de mi espinazo hasta la punta de mis dedos, en mis pies cuarteados por caminar descalzo entre las piedras y el polvo, y la cabeza se me enchinó como si alguien soplara detrás de mis orejas.

Sentí la muerte cerca y corrí el poco trecho hasta mi casa, me metí en el catre y me tapé con la cobija para no ver, para no temblar más. Mi mamá me quiso dar de comer y lo poco que logró hacerme tragar lo devolví tal cual, mezclado con un sabor amargo.

Así estuve tres días, ni el doctor, ni Juan el yerbero del pueblo, pudieron hacer nada. Juan, con esos ojos negros y esa nariz que le salía como garra de águila de su cara chupada, dijo que estaba embrujado o que la huesuda había querido jalar conmigo, se puso a rezar en donde se cruza el camino pa'l pueblo y el que va hacia el monte donde vive Rodrigo.

Cuando regresé a la escuela Rodrigo me veía asosegado, con algo en la boca que quería ser una sonrisa, a la salida y cuando los demás chamacos se quedaron en sus maizales, sin mirarlo le di las gracias y me paré antes de perderme en mi propia vereda, él caminó otro poco y sin volverse me contestó:

- Dale las gracias al Señor y mejor reza por los que esta noche dormirán para no ver el sol mañana, y siguió su camino al monte, chiflando.

No supe que había dicho hasta la madrugada, cuando un ruido me despertó, se parecía al que hace el molino de Don Julián cuando desgrana el maíz para formar la masa; se oía lejos y se iba acercando poco a poco, mis papas se despertaron y nos envolvieron en las cobijas a mis hermanos y a mí, corrieron pa'l monte, cargándonos.

Ahí nos dejaron tumbados en el suelo, mientras el ruido crecía y mi papá se iba con los otros hombres a hablar, y mi mamá nos apretujaba persignándose al igual que todas las mujeres lo hacían, arrodillándose y golpeándose el pecho, el rebozo les cubría la cabeza y sólo se distinguía un hueco obscuro donde debía estar su cara, de ahí salían suspiros y lamentaciones, lágrimas que se tragaban al jalar aire para no desmayarse.

La noche era negra y no se podía ver más allá de veinte pasos, sólo se oía cómo se acercaba ese ruido grave, mortal, aumentando el miedo de todos los que habían logrado llegar hasta el monte. Tan fuerte llegó a ser que los suspiros, lamentaciones y lágrimas de las viejas dejaron de oírse, únicamente se escuchaba la llegada de la muerte en forma de agua, hubo un momento en el cual me pareció que el ruido salía de nuestros mismos pies.

No sé cuánto más pasó porque el sueño cerró mis ojos y tapó mis oídos; cuando desperté lo primero que vi fue a Rodrigo cerca de mi mamá que estaba cabeceando.

El ruido había acabado y los hombres ya no estaban, faltaba poco para que amaneciera y nos diéramos cuenta que el río se había llevado casas, cosechas, animales.

Cuando por fin el sol rompió la noche con su luz, los hombres ya estaban de regreso, se les veía cansados y tristes, por suerte la crecida sólo se había llevado entre sus aguas a tres familias de las quince o veinte que viven cerca del río. No pudimos enterrarlos porque los cuerpos nunca se encontraron, pero el cura dijo una misa y se hizo una tumba para cada familia, todo el pueblo se juntó para llorar su miedo y desesperación.