En esta ciudad de Puebla lo que más abunda son los edificios desvencijados. Uno camina por las angostas banquetas en desacorde con muros de una cuarta de grosor, los portones astillados parecen estar atascados por las manos del tiempo, como si alguien se hubiese quedado dentro y desde afuera otro acometiera, con afán incansable, el acto de quitar la madera que el soplo perpetuo del viento ha secado.
En su interior habita la oscuridad, el frío…
Llega la noche, disminuye el ruido de la calle, la casa constriñe su estructura. Si alguien pasa y pone un poco de atención puede escuchar como vibran las sienes de lo obscuro.
Especialmente una de estas casas llama la atención, porque a través de sus ventanas se puede ver el tiempo para siempre inconcluso:
Casa grande, de nueve habitaciones enfiladas, y dos patios de mosaicos de colores.
Dentro, salvado de la indolencia y el pillaje, subsiste la base del antiguo fogón, donde se adivina la belleza de lo que fue su revestimiento por los pedazos que quedan de talavera: ladeado como barco a la deriva da testimonio de un tiempo y un contexto.
Los barrotes de los balcones parecen forzados; tal vez, en su interior, hay almas atrapadas…
La sombra de una niña (peinada de trenzas) se enmarca en el vano que dejan los hierros.
La silueta de escasas cuatro estaciones, parece asomarse por el balcón de la casa ubicada en la calle diez poniente.
Ininteligible a su cronología, la niña observa a los ladrones de su quehacer de terror.
No sabe del valor que el tiempo pueda tener, pero sí de las escenas que se suceden frente a ella: igual en la oscuridad, y sin tapujos bajo un sol ardiente.
A la altura de los cuellos brillan las navajas.
Surge el grito sofocado en la mano del delincuente.
La gente mira su interior y evade uno más de estos hechos.
Sobre las banquetas y en las paredes: hay blasfemia que a nadie mortifica.
La niña hace más grande su sombra. Empeñosa lanza gritos muertos, sin eco.
De día retrocede y se inserta en la opacidad que le proporciona la humedad que baja de las vigas apolilladas.
De noche es parte de la epidermis de las obscuridades.
En los patios se acumulan los desechos. Un árbol crece como vecino de la niña, sus ramas han buscado salida por las ventanas y se insertan en los cables de luz. Desde ahí baten el humo de la contaminación.
Acentuado el abandono, gana el extravió.
Corta vida y largo infortunio, sugiere la casa de la niña.
Privada de lo más inexcusable; la vida y la muerte le cobran la inocencia.
En el hueco de su sombra la negrura se recalca ante el cambio de postura:
El pánico sale a trabajar en tres turnos.
Alienados en carne humana los ebrios han superado sus propios extremos: se arponean las venas, y aspiran el polvo blanco.
La niña se esconde de los hombres alterados.
La mañana descubre los arañazos sobre la carne de los muros y, los hombres se encuentran abatidos en su propio abismo.
Al descubierto queda la basura de sus excesos.
La gente se arremolina en la acera de enfrente: la casa de la niña ha sido derrumbada…
El alma de la niña vuelta polvo cano…
Al mismo tiempo del desplome de la casa sucede el accidente:
Un auto embiste a una niña, el auto no para sigue avanzando, la niña esta enredada a las llantas del camión.
Llantas que se amarran, vidrios que se rompen, láminas que se deforman, todo provoca ruidos de dolor que opacan un suspiro, un quejido.
Sobre el suelo ha quedado el cuerpo de una niña que minutos antes ofrecía chicles. Rodeando los coches y haciéndose invisible a la vista de los choferes de los camiones, los piecitos se anudaron y la suerte los pierde entre los fierros de un camión.
Sobre el asfalto hilos de sangre dibujan líneas escurridizas que el sol pronto detiene y coagula.

Leticia Díaz Gama, escritora residente en la ciudad de Puebla, México.








