Con los sentidos sujetos en los tobillos, su andar era de geishas; sin kimono de luz y flores, enlutadas de por vida, visten hábito. Ocultas en lo negro, obligadas a olvidar el cuerpo; la cofia las enmarca, haciéndolas vaciar los ojos. Anillado el cuello con una soga blanca de suicidio lento, sus manos forman un hueco lleno de fuego.
La escuela no podía ser otra cosa más que eso, una escuela: edificio de ventanas regulares y un portón justo en el centro que al abrirse presenta la antesala del tedio: con la oficina de reclutamiento y el archivero femenino.
Tres escalones abarcan el ancho del patio; la intención es subir por ellos a la explanada, donde se concentran los olores de las sopas y caldos que delatan la cocina. Las internas nutren sus angustias con la promesa de la vida conventual: niñas pobres sin la suerte de un hogar, la cofradía las atrapa.
La niña ausente no corre con las demás. Una monja de aspecto virginal, con piel de jengibre y cuerpo fantasmal, la mira y pregunta:
-¿No quieres jugar?-
-Sí, sí quiero-
Pero… en la ronda de las niñas no hay lugar para más.
El paso del tiempo la transformó, no así su mirar de navegar profundo.
Testigo es el cuadro donde el artista la supo atrapar: niña que mira a los que no la quieren mirar.
Sobre su cabeza repica la gota. Golpes en el vidrio del pensamiento: alma inundada, desbordada.
La bruma del tiempo encubre la historia, y en la diminuta ventana se asoma la soledad:
La niña ausente busca el escalón por asiento para entablar la conversación con el recuerdo.
Su mente dibuja pasillos que no llevan a ninguna parte.
El cielo se asoma por el umbral de la puerta.
La niña ausente borda iniciales en los pañuelos.
Ojos de lince para hilar apellidos de narcisos rimbombantes.
Palpitar discontinuo.
Divaga…
Se desliza por los muros de piedra.
Sor tacones irrumpe:
-¡La Biblia si, La Celestina no!-
-Quiero por casa el Sol-
En la torre la campana, eco en sus oídos
Costras en las rodillas, largas plegarias
Muecas a la desesperación.
A la lavandería los lienzos para limpiar cada mes el corazón
En los canales de piedra corre la sangre.
Labor de mujeres con estomago de avestruz.
Presididas por la priora, el silencio es absoluto.
Confesiones agónicas, dolores sordos.
El reloj marca el amanecer: a las cinco en verano, a las seis en invierno.
La soga de la rutina la estrangula.
La puerta cuelga de una bisagra
La luz del día la hiere.
Doble vuelta al cerrojo
Se arrodilla.

Leticia Díaz Gama, poeta residente en la ciudad de Puebla, México.








