“Porque habían descubierto una hermosa tierra,
llena de deleites,
abundante en mazorcas amarillas y mazorcas,
abundancia de sabrosos alimentos
había en aquel pueblo llamado de Paxil y Cayalá”
Popol Vuh, Tercera parte capítulo I.
El hombre es parte de la familia de las
luciérnagas: un gusano que se transforma
en luz cuando ama.
Lucian Blaga.
Atraídos por el haz de luz
los insectos se consumen
en el fondo del jardín
la luz que buscan los destruye.
Otros sueñan con escapar
y se adentran en las sombras
pero abran de hallar su fin
en una mantis religiosa.
La Barranca.
Se levantaba lentamente una discreta nube de vapor de agua por encima de la lámina del cofre de la camioneta todoterreno que nos llevaba, cual vil comal recién lavado y puesto al fogón. No era para menos, llevábamos más de 10 horas a bordo de la burrita realizando recorridos por la zona de trabajo, entre selva, bosque, tundra y costa. En la limítrofe entre la Huasteca y el Totonacapan.
El cristal parabrisas se encontraba constantemente salpicado de lluvia microscópica borrada al paso del limpiador de caucho, por dentro había que llevar el defroster pues nuestra respiración de bueyes y el frío en el exterior, provocaba la inmediata condensación del vaho en la pared vítrea.
En el estéreo sonaba la rola “Saltarello” de Dead Can Dance, dándole al trayecto de la sierra con poca visibilidad un toque místico, épico y medieval. En realidad no era tanto así, uno de los altoparlantes estaba reventado, y la reverberación provocada por el volumen un poco alto, daba la impresión de que la bocina había sido fabricada a base de un cono para envasar blanquillos. Sin embargo por buena música no parábamos.
De pronto, dejamos abruptamente la sierra del viento veracruzana para pasar a un valle inmenso que nos abría la puerta a tierra totonaca, municipio de Misantla. Ejidos sumamente fértiles y bondadosos; donde nuestro horizonte se pierde debido a la altura atípica de los cañaverales.
Paxil, lugar en donde los totonacas entregaron en las manos de los mayas el legado del maíz, donde mi partner y yo nos encontrábamos cansados, hambrientos, deshidratados y con la zona lumbar sumamente húmeda por sudoración sedentaria.
El horario de verano no nos ayudó mucho, eran ya alrededor de las 20:00 horas y oscurecía de manera rápida. Después de media hora de trayecto, nos encontramos sumidos en la oscuridad absoluta, ayudados únicamente por los débiles faros de la troca. A unos 10 Kilómetros antes de las ruinas del Ingenio Azucarero de La Libertad, a mi compañero de viaje entró en angustia por bajar a checar el aire a las llantas, argumentando que las ganas de mingir no las podría postergar ni un segundo más. Y pues ya entrados en trámites, opté por hacer lo que viere.
Una vez que apagué el motor y las luces del vehículo automotor, después de levantar la vista posterior al desahogo de vejiga (necesario para no orinarme el par de tenis), quedé boquiabierto. La planicie donde predominaba el cañaveral joven y que se extendía por varias hectáreas estaba infestada de miles, si no millones de luciérnagas que emitían su destello de luz de manera aleatoria y en la total penumbra. Un micro cosmos local que la naturaleza obsequia por estos días del quinto mes en este lugar emblemático. No encontrábamos rodeados de luminiscencias provocadas por seres diminutos en una estupefaciente no sincronía; un efecto esteroide provocado por pequeños entes ajenos a nuestra presencia. La enzima luciferasa a todo lo que daba, para que cada individuo, mediante destellos guardados en su genética encontrara su contra para aparearse.
Tan simple resulta nuestra existencia como alguno de esos destellos efímeros, en medio de la oscuridad. Un instante, un suspiro, un fotón viajando del sol a la tierra, una luciérnaga queriendo copular antes de morir en medio de la oscuridad de una noche de Mayo; encontrando la trascendencia de una manera poco ortodoxa. Tardé un rato en recobrar el aliento después de mi cara infantil de sorpresa, e instar a mi compañero igual de sorprendido que yo a continuar el viaje, a nuestro destino, al menos por esa noche.

Hugo Islas (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) radica en Puebla, es amante de la música y las letras.
Soundtrack para este relato prendido:
Estallido Interno / La barranca /








