24 de marzo de 2013
El pasillo es una diagonal que corta la casa, camino que abre puertas a cuartos, cubos cristalinos donde las horas gotean de continuo; alertando, el sueño frágil de la madre, que con el útero herido, arrastra los pasos en vilo.
Con miedo vigila la disnea del lactante, que, en acto instintivo, succiona del pecho la blanca sangría. En tanto, la escena retrata espectros contrarios: alados, vestidos de blanco y negro, sin cuerpo, yertos.
Invisibles, escudados en las sombras, confundidos en la luz que se asoma y en el reflejo de la cuna de la luna. Custodian la espalda que envuelve al niño.
La vida posee manos, manipula hilos.
Decide, levanta con tiempo los blandos muslos del que ahora reposa.
A la velocidad de la luz; espacio y tiempo se conjugan, el acto de la vida lo convierte en púber:
Respira con fuerza la disipación.
Desasosegado y febril, atraviesa el espejo.
Sofocado tiembla.
Su cuerpo, ayer dormido, esta noche levita.
Entre sombras busca aristas.
Resquebraduras donde dragar el deseo.
Negado al cosmos, solloza.
No puede, proclama su exterminio en un chorro blanco.
Sin aliento, asiste a su muerte prematura.
Esta noche, las nubesalgodones presienten su ruina, cambian a espesuras negras, resoplan por las adherencias del cuarto.
Acurrucado sobre almohadones de piedra, dentro en la funda, hay voces que le hablan.
Su ser homo reflexiona:
-¿Quién hace la diferencia cuando se desintegran en el firmamento las estrellas?-
- el polvo es igual de luminoso-
Amanece, se levanta el telón:
La máscara cuelga en la percha, el hombre es poseído por ella.
Listo el tablado y la escenografía.
La oficina es porque en el centro se encuentra un escritorio. La puerta tiene significado a pesar de no ocupar con su marco el espacio, se sabe por el candado de bronce brillante: Lugar de encierro.
Los entes en fila, uno a uno, se asoman por el hueco del vidrio. El hombre de la máscara piensa en un hechizo de guillotina.
Nadie pregunta su nombre. Sobre el descanso que antecede a la pared de vidrio se encuentra la ficha que lo identifica.
La foto sin gesto, al calce la consigna:
-“Me comprometo a trabajar eficientemente, so pena de sufrir desprecio si no cumplo con los cánones establecidos”-
-“Mi conducta es autista… el disfraz, armadura negra”-
Pertenece al rango de hombres seriados; nadie debe saber que es paradigma de la pasión.
Esconde la mirada en la escritura negra…
La negación poda su deseo.
Finalizó el día, terminó la jornada; sale a la calle, obsesionado recrea el pasillo, busca la salida para gritar desesperado que… es hijo de la vida. Dobla en la esquina donde dos hombres lo asechan.
Sus sombras hacen de la barda un cuadro, pinturas negras.
Recrean el “duelo a garrotazos” de Goya.
Sus puños destellan avisos mortales.
Calculan su paso, no necesitan lía.
Hábilmente saltan.
Cortando, de tajo, sus dudas.
Leticia Díaz Gama radica en Puebla, México y es amante de las letras.








