FROYLANCITO. YIQUI Y BARBACOA (CUARTA PARTE)
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FROYLANCITO. YIQUI Y BARBACOA

(Cuarta parte)

Por: Graciela Solano Méndez*

El rancho de tío Chemale tenía un peculiar encanto, está situado sobre una pequeña y árida loma, al pie de ésta corre como arrullándolo constantemente el río Salado, que presenta de trecho en trecho, tranquilas hondonadas que los lugareños llaman pozas, en donde se bañan o nadan cuando organizan días de campo que, siempre terminan con un refrescante chapuzón.

 Las paredes de las habitaciones del ranchito estaban hechas de carrizos amarrados entre sí con tiras de palma y las pequeñas hendiduras que quedaban entre ellos, eran rellenadas con tierra revuelta con piedrecitas y pedacitos de diferentes plantas; sin embargo, siempre quedaba alguna rendijita por donde penetraba el viento, manteniéndose de esta manera, frescos los diferentes cuartos de la vivienda. Los techos eran de palma y troncos delgados de árboles de los alrededores.

 La cocina era siempre, el lugar más concurrido, en una de las esquinas se levantaba un promontorio hecho con piedras de río, pegadas con arcilla, la parte superior era plana y allí se colocaban las piedras del fogón que, dejaban un espacio entre ellas para ir poniendo la leña que, previamente, habían acarreado desde muy lejos tío Chemale y sus hijos. El enorme comal de barro facilitaba la cocción de muchas tortillas de diferentes tipos, que había que preparar, por docenas, para la gran cantidad de invitados que llegarían, acompañados de su familia...

 La noche anterior, en el centro del patio, se había excavado un hoyo para cocer la barbacoa y el yiqui. Esta horadación era un cuadrado, de aproximadamente un metro por lado y de la misma profundidad. En el fondo se acomoda, con mucho cuidado, leña maciza, como la del mezquite, luego unas piedras negras y encima más leña; hecho esto se le arrojan hojas y palitos secos que se encienden muy fácilmente y sirven para prender la leña; se espera calculando el tiempo para que las piedras estén bien calientes, para asegurarse se arroja, con los dedos, tantita agua y si chasquean es que están listas y es entonces cuando con unos palos largos, provistos de un gancho en uno de sus extremos, se separan las piedras, dejando espacio para colocar dos o tres cubetas, una con las menudencias del chivo o borrego, las otras con el yiqui preparado con maíz quebrado, chile guajillo y sal. Se tiende entonces, encima de éstas unas varas encorvadas y después unas hojas de plátano, enrolladas como tubos, para que hagan las veces de conducto o cañería al jugo de la carne que escurrirá en las cubetas, se vuelve a poner una capa de hojas de plátano y nuevamente una cama de varas encorvadas, unos petates mojados y se le echa encima toda la tierra que sacaron para hacer el hoyo sellándolo así perfectamente para que no escape el calor,

.  Después de una espera de dos o tres horas, el experto del rancho, mete su mano para saber si ya está cocida la carne, se quita la tierra, los petates, los palos, las hojas de plátano y así se llega a la barbacoa, entonces con unos ganchos se sacan las cubetas, que contienen el yiqui, cuyo aroma abre el apetito de todos los asistentes y las menudencias que servirán para hacer unos tacos exquisitos, que el niño ha saboreado muchas veces.

 Ahora, espera ansioso la llegada de los músicos para que empiece la fiesta, cantando, mientras tanto, con sus primos la canción de “Real y medio”, que a base de tanto repetirla se han hecho expertos en cantarla sin equivocarse.