Mujer de nadie
Minuto a Minuto

LOS NADIE
Sueñan las pulgas con comprarse un perro
y sueñan los nadie con salir de pobres,
que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte,
que llueva a cántaros la buena suerte;
pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca.
Ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte,
por mucho que los nadie la llamen,
aunque les pique la mano izquierda,
o se levanten con el pie derecho,
o empiecen el año cambiando de escoba.
Poesía de Eduardo Galeano


 Hace cinco años me recogió en la calle, ya era muy noche, me dijo que me fuera con él, que buscaría a mi familia, cuando llegamos a su casa ya no me dejó salir.


Vivo en un cuarto que me recuerda el olor de los contenedores de basura, eso no lo olvido, son olores que llevo impregnados en la piel, son como si ya desde entonces me pudriera.


Como se pudren los perros atropellados, esos que ya no pelean por los desperdicios, ya son lo mismo.


Los primeros años estuve más o menos, pero los últimos dos Onofre se ponía cada vez más loco, era el pinche alcohol que lo ponía de malas, el miedo me arrinconaba en una esquina del cuarto. El temblor de mis huesos lo escucho rechinando en mi boca.


Cuando te quieres esconder, el parpadeo de los ojos hace brillar la mirada, al menor movimiento tu sombra te delata, pinta la espalda de negro  lustroso, traje de lujo que te lleva al cadalso, verdugo que amarra las manos.


El miedo mantiene vivas las entrañas, cuerda que se corta poco a  poco,  es un juez que interroga la existencia, te mantiene alerta,  y a tus pies el pozo del destino, vértigo del alma.


Las patadas tienen nombre, desgraciada, pendeja, la mejor es la que nombra a la madre de  todas, la que me reventaba el hocico.


Las patizas me dejaron rota, no tenía salida.


Estoy cansada de buscar lo que no encuentro, pagar la suerte de ser cruz, andar de prisa para acabar el hambre, con las tripas hechas nudo, despertar asustada con miedo de perder la cabeza. Lo peor es que ni la resignación me ayuda, a ratos la mona te aliviana, como que te sientes mejor en este pinche basurero, donde parecemos ratas, sucios y mojados buscamos un agujero lejos de los ojos, para no ser mal vistos por la gente.


Ya nomás me hacía bolita, metía la cabeza entre las piernas para mirar el hueco en el que me hundía, mis mocos no tocan lo profundo de mi rabia, aprieto todo, los puños que intentan fulminar a Onofre, los ojos que no quieren mirar al hombre con el que me había ido.


La verdad es que la puerta estaba siempre abierta, la tranca se había vencido, a Onofre le dejó de importar dejarme encerrada, entre los dos el juego perdió interés.


Mi vida ha sido así, caminar como de espaldas, con el pelo en la cara, inhalando hasta secar el nudo  que guarda mi mano; puño de trapo que absorbe mi cerebro, mis más profundos sueños.


Dicen que la muerte es un túnel que atrae con una luz blanca, brillante, ya la he visto, cuando la mona me falta empiezo a temblar, escucho mis huesos chocar.


Aquí se vive entre tinieblas, las nubes son humo esparcido en el cielo y hasta el piso, no veo colores, los colores se combinan y les gana el negro.


Onofre y yo caminamos lento, la basura está a unos cuantos pasos, nos sigue.


Necesitamos poco para darle al hambre, para nosotros el desperdicio en nuestra boca se recicla, al final es lo mismo.


El contenedor de basura, se amoldó a nuestras vidas, y nosotros a él, es nuestra casa, te cae de todo.


Los días  dejaron de aparecer en el tiempo, no tenían número, se convirtieron en un interminable día.


Adormilada, perdida  en el túnel que  no acaba por  llevarme a su fondo negro, el corazón golpea, sus latidos me regresan.


En la calle las patadas se reparten por igual, hay días en que el turno se repite, pero luego se empareja, te consuela ver que otros llevan tus marcas, tus dolores porque así es la venganza.


Por la mañana el abrazo calientito de Onofre, su aliento alcoholizado me adormece.


El dolor de la madriza me hace soñar que me arrastro sobre una tabla, como si fuera una balsa, el arrollo es el fango de la barranca.


Por más que los remos de mis manos le quieren ganar al estiércol, siempre termino en el cabello sanguinolento de la cascada que se funde en el infierno, me traga un aceite que arde y se mete en medio de los tuncos de mis piernas. Mis piernas son dos tuncos torcidos a los que en mi desesperación me agarro, sólo para descubrir que Onofre me mira desde lo alto de la barranca, hundido en el fango, sin piernas ¡las piernas son de los dos!


Mi cabeza quedó enferma, soy un engendro de dos cabezas, mi cuerpo es tan sólo un andrajo.


Por las calles la gente se duplica, huyen de su propio abismo, señalan  al otro para salvarse de sí mismos, se refugian en las esquinas, y sus sombras se aparean engolosinadas con el miedo.


Al frente  una cara lleva la máscara que oculta la pus del hombre que huye de la morbosidad que lo asusta, atrás la otra cabeza, y por su boca la baba caliente rebosa por las comisuras, disfrutando la duplicidad del goce.


Ni campo ni flores, a cambio alfombra de cemento donde se arroja el veneno que fumiga los sueños de enjambres mortales.


En el cielo el plañir de las aves negras sobre el desagüe alimenta el averno de todos, estorbo del alma.


Los celadores apagan los cirios torcidos de la noche, se inicia el festín, la banda se reserva el derecho de admisión, se cierran los candados metiendo las manos entre las rejas.


La labor está hecha, los padres duermen profundo, saben que sus hijos duplican la prole.


El silencio es cortado por el sonido acústico de las patrullas que conocen el barrio.


Escucha lo que te cuento porque soy muda, bueno eso dicen los cuates.


Ellos me enseñaron a hablar. El repertorio de la banda está hecho de mugre, se embarra en los grafitis de las bardas, se dice al oído de los antiguos dueños de los celulares, los relojes y las carteras, se los plantas en los escondrijos que forman sus orejas.


Esto lo he contado ya tantas veces que no sé donde recogí mis recuerdos, me la creo, soy la víctima, le meto más basura, para no resignarme  a ser sola, ser la mujer de nadie.


A los cuates les gusta escuchar historias, buscan su casa perdida. Ellos también salieron sorteados en un juego en el que la mano santa o negra revolvió las fichas del destino que nos lanzó al vientre anémico de niñas que se olvidaron de nosotros, como quien tira la bolsa de papel grasiento, bolsa llena de tripas masticadas, cortadas con dolor y rabia.


Yo sólo sé que mi padre se cansó de vernos a diario, de llevar mujeres a la casa para ver si alguna se animaba a quedarse con nosotros, pero nomás no, parecíamos engendros de muñecos diabólicos, despanzurrados, con el ombligo de fuera y los cabellos como nidos de aves que se pegan a los cables, sin saber dar besos, abrazos, nada. Tirados sobre la cama, siempre esperando.


Una noche mi padre escogió mi brazo de entre los ocho que se acomodaban en el colchón que de día nos servía de mesa y silla; desperté toda atolondrada, vi a mi padre con la cara llena de fuego, pasmado como si en ese momento el diablo le pidiera el alma de alguno de sus hijos, maldecía al cielo, pero mirando al suelo, los dos jalamos con todas nuestras fuerzas, él por fuera de la casa, yo agarrada del arco de la puerta, con la tercera fuerza de los brazos lombricientos de mis hermanos.


Me arrastró por entre las piedras, me sentí apedreada por el suelo, lo peor de todo es que ninguna me mandaba al diablo, esa noche me dijo cuanto odio sentía de ver en mi su pasado sin futuro, entre sofocos sacó la pus que le enfermó el alma.


¿Quién escoge el lugar del alma?


Los ojos que dirigen nuestro entierro son de barro.


Todo tiene un fin; llegamos a un lugar en una calle solitaria, donde todo lo ocupa una puerta gigante, era el albergue.


El brazo ya no me pertenecía, no sentía su fuerza, la cabeza se había quedado en las piedras del camino; lodo y sudor resbalaron al bajar los peldaños que me llevaron hasta ahí,  alguien me encontró tirada, la fuerza del destino me obligó a seguir muerta la búsqueda de mi misma.


Detrás de esa gran puerta, día a día camino en círculo, ocupando un lugar dentro del tiempo, por la noche todo se cierra.


Bajo las sábanas se defiende el sueño, y en mi cabeza veo el brazo roto, lo veo escalar los muros y abrir la gran puerta de mi prisión.


Este sueño ocupó cada minuto de mi vida, le dio a mi encierro salida, no me podía quedar en ese lugar  donde  te  clasifican como un error en la fábrica de las conciencias, un engranaje de más que entorpece la rutina, para luego administrarte la bondad con goteros de moral, su parloteo atravesaba fácilmente mis oídos, me miran del otro lado del camino.


El imaginario se vive en el mirador del pensamiento.


La mujer de nadie sabe que será perseguida, la ventaja es saberlo, maquila evadirse por lo alto de la jaula, lo piensa mientras se enfila con el plato que lame y despinta; su mirada sigilosa guarda los retratos de las mujeres que vigilan sus pasos. Sabe que tienen los ojos duplicados, salpicados en todo el cuerpo.


Por las noches su recorrido avanza, observa los cuerpos temblorosos de las demás, espera su turno de revisión, la linterna alumbra el rostro de la mujer que palpa su entrepierna, babea su boca sedienta.


Un cincel desquebraja el pensamiento, y en el brocal de su garganta se desbordan las aguas que la ahogan.


Se entume el cuerpo, se disloca, se ablanda, se dobla y se abriga, todo pasa cuando se ha nacido para justificar un fin.


Ha sido fácil deslizarse por los muros de su cárcel, el calor la embriaga, le ilumina el rostro.


El soplo seductor de la noche le blandea la blusa, siente por un instante la efímera libertad.


Cumplió su amasado sueño, se tira al suelo para dormir y soñar por un momento.


Me despertó el puntapié del hombre que barre la basura de la noche, no sé que vio en mí, fue cuando me fui con Onofre; ya no quise buscar en la basura.


Onofre apenas habla, me hice a su modo, los días siempre iguales, sin saber dónde termina la noche.


Una masa negra esconde mis recuerdos y me lleva a la casa de Onofre, el día en que encolerizado se jaló el pelo como quien tiene todos los dolores taladrándole el cerebro.


Agarró la olla de agua que hervía, la hecho sobre mis piernas, mi grito de dolor no llegó a su mugrienta alma, me vio como animal desconocido, como si nunca hubiéramos sido cuates.


Se le había olvidado como lo dejaba acariciarme, en esas noches en las que no tenía con quien hacerlo, era el animal donde desahogaba su deseo, sus manos rasposas me recorrían, su respiración agitada parecía que no tenía fin, decía que era nuestro secreto.


Me decía que él sabía fundir el miedo, que todo se va al mismo caldero; sus manos atizan el fuego, el agua hirviendo quema nuestros infiernos, lo tenemos en la mitad del cuerpo.


Horrorizada divise la cera de mis piernas, el centro enrojecido de mi ser.


No sé cómo empezó a prenderse todo.


En las paredes del cuarto danzan las sombras que huyen de lo que fue la prisión del cuerpo.


La fetidez de la atmósfera gris se ilumina por las llamas que consumen el cuarto que fue de  Onofre.  Los vecinos son arrancados  del monótono quehacer de clasificar los desechos de los que viven del otro lado de la suerte, con el lenguaje de las miradas se enciende la incertidumbre que los despierta, sacudiéndoles la indiferencia; alguien dijo haber visto a Onofre salir corriendo, se lo trago la noche agria, seca.


Se tropiezan los pensamientos:


- ¡sáquenla, está gritando !


- ¡tiren la puerta!


- ¡traigan más agua!


Envuelta en una nube de polvo la luz intermitente  de la ambulancia se abre camino entre los cuerpos estremecidos de la gente.


Un sonido parejo corta el momento, alerta al tumulto para abrirse camino, la gente dibuja  la vereda que los lleva hasta el fuego.


Lo que fueron paredes arden, poco es lo que queda, sólo costras se desprenden, dos hombres se adelantan hacia el fuego, mientras los empuja la súplica del barrio, como si se tratara de ellos.


Otros  sostienen la manguera que trata de extinguir el fuego, la curiosidad sigue de lejos a la mujer que llevan en la ambulancia.


El camino al hospital es largo, cada bache es un clavo ardiente sobre su cuerpo herido.


- ¡Por favor ayúdenme, ya no quiero más dolor!


-  ¡Dios! ¿por qué yo?


Los hombres no la escuchan,  para ellos esto es rutina, sacar del fuego destinos que corren la suerte de sobrevivir al dolor.


Las miradas se clavan en el cuerpo lacerado por el fuego.


-    ¿Cómo te llamas?


No responde, entre espasmos de dolor grita.


Por la mañana las noticias informaron el suceso, ese día la opinión encontró todas las razones, se completó la pagina roja y el noticiero atizó los oídos de los que todo lo saben; señalan, critican, enfundados en su moral ciega, pisoteando la mísera dignidad de la víctima, ya vendrá la mustia ayuda de los que creen que pueden rescatar a las mujeres de los escombros de su esencia, para justificar la existencia de organismos en pro de las mujeres. El refugio para víctimas de la violencia, la ayuda psicológica, el ir y venir por los pasillos y las salas de espera, serán paliativo para una historia que no puede cambiar, ella sabe que a pesar de todo regresará a su mundo, porque no tiene otro.


El fuego  sólo dejó plumas en el viento, y un gran charco negro  que se seca en la memoria del tiempo.


El círculo formado por los amigos se agiganta, el relato de la mujer los aleja cuando inusitadamente su voz se convierte en fuego, el ritual ha terminado sin que nadie pretenda apagar la hoguera, las ondas sonoras viajan en el tiempo, acallan sus lamentos.


La mujer de nadie recoge su sombra, para no tocar su espíritu herido, un río de sangre  abre camino, se ahoga en el flujo de su destino.

 

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