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- COLIBRÍ No. 56**-
Cuentan nuestros abuelos que en tiempos pasados cuandola gente vivía en los montes de Ramales, al sur de San FelipeOtlaltepec, hubo allí una hermosa mujer de larga y fina cabellera,aquella mujer constantemente escuchaba que alguien le hablaba,pero a nadie veía. Cierta vez cuando estaba en un manantialllamado Nda’ Chugúté, “Agua del Apaztle”, nuevamente escuchóaquella misteriosa voz, inquieta volteó de prisa y pudo entoncesver a un enorme y hermoso venado. En un principio ella se asustó,pero luego el venado le inspiró tranquilidad y confianza.
El encuentro se repitió otras veces, poco a poco el venado iba enamorando a la mujer. Cuando la pareja se citaba en algún lugar del monte, y el venado se demoraba en llegar, ella impaciente iba a buscarlo. Como consecuencia de ese extraño amor ella quedó embarazada de aquel venado, pasaron nueve lunas y la mujer dio a luz a un varón, por ser hijo de una mujer y de un venado, aquel niño se llamó en popoloca Xíigu (hombre – venado), en náhuatl se le conoció como Mazatzin (honorable venado)
La mujer y el venado acordaron que era conveniente ocultarle al niño quién era su padre y así lo hicieron, Mazatzin creció sin saber nada de su progenitor. A medida que aquel muchacho iba creciendo, su madre lo admiraba cada vez más, pues corría y saltaba con la agilidad de un verdadero venado. Además, estaba dotado de extraños poderes.
Se cuenta que en una ocasión a Mazatzin se le ocurrió llevar un río a la árida tierra de los popolocas, por medio de un túnel subterráneo condujo una vena de mar hacia su pueblo. Cuando pensó que ya estaba próximo a llegar salió a la superficie para orientarse, vio entonces a dos hombres que por allí andaban y les preguntó si aún faltaba mucho para llegar a su pueblo, les describió el lugar y les dijo que es donde hay muchos árboles de guaje, ellos le respondieron que solo debía avanzar un poco más y encontraría dicho lugar.
Mazatzin condujo el río subterráneo según la dirección que le habían indicado. Cuando creyó haber llegado liberó el agua que traía consigo, pero cayó en la cuenta de que aquel no era su pueblo, se había equivocado de lugar, y de aquella equivocación surgió allí una laguna que hasta nuestros días existe, es la Laguna de Epatlán y está cerca de San Felipe Xochiltepec, donde también hay árboles de guaje. Inmediatamente Mazatzin se introdujo otra vez en la tierra para llevar el agua a su destino.
Finalmente, llegó a su pueblo, vino a salir por el oriente, por el lugar llamado Jna’ Ndāxrā, “Cerro del Otate”. Antes de liberar el agua, se sentó bajo la sombra de un árbol y reflexionó que no era conveniente dejar correr allí aquella agua, pues era mucha y podía arrasar con las casas de los que habitaban cerca de aquel cerro. Mientras hallaba la solución al problema, Mazatzin decidió dejar encerrada el agua en dicho cerro y el
hueco por donde él salió a la superficie lo tapó con una piedra de metate.
Actualmente, en esa área hay árboles y plantas que siempre permanecen verdes, y dice la gente que en la madrugada, cuando todo está en clama y en silencio, se puede escuchar el sonido del agua que está en el interior del cerro. Esa agua recorre la cordillera del Cerro del Otate y desemboca al sur del pueblo, en un lugar llamado Ameyaltepec que en náhuatl significa “en el cerro del manantial”
Mazatzin siempre buscaba la manera de ayudar a su gente, por ese espíritu de servicio fue elegido gobernante del señorío de Tja’ Jna’, también conocido como Tepexic, obteniendo el grado “motecuhzoma”. En náhuatl así se denomina a las personas con carácter y actitud para ser líderes, por eso también se le conoce como Mazatzin Motecuhzoma.
El lugar donde Mazatzin acostumbraba andar y recrearse, hoy se le conoce como “Paraje de Moctezuma”, es un lugar cercano a San Felipe Otlaltepec.
Mazatzin Motecuhzoma defendió con valentía a su gente en contra de los pueblos que amenazaban la seguridad de los popolocas. Como es el caso de los vecinos de Cuatlatlauhcan quienes se aliaron con los mexihcah que por aquel tiempo, invadieron la región al mando de Motecuhzoma Xocoyotzin.
Durante la invasión española, los extranjeros obligaron a los popolocas de los diferentes parajes cercanos a la tierra natal de Mazatzin, a abandonar sus hogares y concentrarse todos en Jngí Ndá Nchitsje´, el "Llano de los Árboles de Guaje, para que así se facilitara la catequización y para tener control de la gente. Con el fin de convertirlos al cristianismo los españoles ordenaron a los nativos la construcción de un templo.
A Mazatzin se le ocurrió entonces conseguir un templo ya edificado y llevarlo a su tierra para evitar que los suyos construyeran uno. Mazatzin
recorrió entonces la región en busca de un templo.
Cuando llegó a Rītjunda, que en náhuatl se nombra Itzcoan, vio que la catedral de aquel lugar ya estaba terminada, entonces se preparó para
hurtar el edificio. Previamente había quitado los badajos de las campanas para que no repicaran en el traslado. Cuando Mazatzin creyó que era
el momento oportuno levantó el templo para llevárselo, pero en ese momento repicó una campana: era la vuelta-esquila que los pobladores
recién habían instalado. Al instante se alborotó la gente del pueblo y prestos acudieron a ver qué sucedía. Por la prisa de huir, Mazatzin dejó el
templo en una posición distinta a la original. Los lugareños lo persiguieron con la intención de lincharlo, pero él se les escapó, se convirtió en venado para poder huir.
Por ese acontecimiento, la catedral de Santo Domingo se ubica de norte a sur, y no de oriente a poniente como los demás templos de la región, según la explicación compartida de los habitantes de San Felipe Otlaltepec y los de Izúcar de Matamoros. Dicen que para recordar que gracias a la vuelta-esquila los de Izúcar conservan su catedral, la suelen repicar sólo en días festivos y no en días ordinarios.
Se dice que Mazatzin Motecuhzoma se casó y tuvo hijos, uno de ellos fue Cuetzpaltzin Motecuhzoma, al que los españoles bautizaron con el nombre de Juan Moctezuma, fue cacique de Tepexic en los primeros años de la Colonia.
Otra hija de Mazatzin fue doña Inés Motecuhzoma, que heredó de su padre las tierras que después formaron el pueblo de Santa Inés Ahuatempan.
Se cuenta que un día Mazatzin tomó su arco y sus flechas, y se fue de cacería. En un lugar llamado Tsāgā Ndā “Barranca Hueso”, el joven encontró un gran venado, lo acechó y lo mató de un flechazo, lo destazó y lo llevó a la casa para la comida.
Mientras tanto, su madre se hallaba en un manantial, llenando su cántaro cuando de repente apareció en el agua la imagen de un venado que le
habló diciendo: “¡No me comas!”. Ella se asustó, pero no dio mayor importancia al asunto.
Ya estando en casa, luego que la carne se coció, sin sospechar nada, la mujer tomó un pedazo y lo probó. En ese momento, desde la rama de un árbol un pájaro cantó así: “ndé xíi n’uáa, ndé xíi n’uáa” que en ngiva, idioma de los popolocas, quiere decir: “¡comes a tu amado, comes a tu amado!”. Fue entonces cuando ella comprendió lo que estaba sucediendo, le dijo entonces a su hijo: “¡Has matado a tu padre! ¡Él era tu padre!” Dicho esto, la mujer se echó a correr sin rumbo fijo.
Dicen que en cierto lugar la mujer estaba postrada en tierra llorando su desgracia. Poco a poco, de manera inexplicable se fue convirtiendo en un monte y hoy los popolocas la llaman Jna’ tjo’ G’án, que significa “Loma Viuda” y aún forma parte de la geografía de la región.
De Mazatzin se dice que no ha muerto, que viaja por los montes, anda rondando por su pueblo y trata de ayudar a quien lo necesita. Es como el aire, es rápido; recorre grandes distancias de un solo paso. Mazatzin está un tiempo en su lugar de origen, también recorre otros pueblos popolocas, incluso viaja a Sítjuvá “lugar que se hunde” (Ciudad de México), para visitar a su gente.
Los abuelos dicen que como testimonio de Mazatzin, en el monte existe un corral de piedras que lo construyó cuando era niño, y si alguna persona de mala voluntad lo destruye, la siguiente vez que regresa al lugar encuentra el corral intacto como la primera vez.
Existe además un otate que brota de un peñasco, el cual da una vuelta formando un aro, se cuenta que la madre de Mazatzin acostumbraba atar allí la hamaca de su pequeño hijo. Dicha vara de otate no se ha secado; incluso la misma hamaca de otate se conserva verde como si estuviera recién hecha. De igual manera se halla en el monte, verde también, un “caballito” de otate que Mazatzin jugaba cuando era niño.
Se dice que cuando estos objetos de otate se sequen, cuando la construcción de piedras se destruya de forma natural o cuando la gente olvide a Mazatzin. Ése día será el fin del mundo popoloca.
Fausto Aguilar Domínguez
Investigación y Promoción de la Lengua y la Cultura Ngiva
Ilustración en la versión impresa: Justiniano Domínguez Medel
**Colibrí No. 56. Publicación en Lenguas Originarias. Director: Gerardo Pérez Muñoz








