
3 de febrero de 2021
Parece una casa abandonada, el jardín se ve descuidado, polvosos y sucios los cristales de las ventanas, muy desgastada la pintura de su fachada y algunas tejas ya cayeron. Las hojas secas, ramas y basura cubren el jardín y la calle, pero no, no lo es la luz del sol en nuevo amanecer avasalla la luminosidad de las lámparas dentro de la casa. Más bien es como si la casa hubiera quedado congelada en el espacio-tiempo, a su derredor otras casas iguales o casi iguales se notan a oscuras y en completo silencio. En su interior hay un hombre de mediana edad, es Sebastián. Vive solo. El último pariente, su madre, murió tres años atrás. Perdió su empleo a los tres días de haberse declarado el confinamiento obligatorio debido a la nueva pandemia en 2020. Recogió su indemnización y se recluyó desde entonces. Se ha dejado sin recortar la barba y el bigote, pocas veces se peina, lo que le da un aspecto deplorable. Su dinero pasó a entregarlo todo a una tienda de conveniencia y acordó que los martes y viernes le llevarían alimentos congelados y enlatados, bebidas, principalmente grandes cantidades de cerveza. Todos los días son iguales para él, preparar sus comidas, limpiar un poco la sala en donde pasa extensas horas intentando escribir su novela. No ha pasado del título que día tras día lo escribe unas cincuenta veces o más y destruye las hojas otras tantas. Aprovecha que la televisión y el teléfono no funcionan y en su tiempo libre también dibuja, pero sus bocetos parecen garabatos incomprensibles con rayas, cuadros y colores que no definen nada. ¿Qué día es hoy? Perdí la cuenta, casi no recuerdo nada. ¿Es febrero, marzo, mayo? - Ahora estoy solo en casa, ¿a dónde se habrán ido todos? Bueno, ya regresaran. ¿O siempre he vivido solo? Bien, no importa, hoy le hablaré a Lorena y la invitaré a cenar mañana aquí en casa, después de todo es nuestro tercer aniversario y quiero que lo celebremos a lo grande…. Descuelga y no hay línea. Marca un número que no corresponde al de su novia. -Hola mi amor cómo estás? Te he estado llamando pero creo que tu teléfono tenía algún problema. -Silencio. -Sí, ayer me tuve que salir del trabajo antes de terminar mi turno porque mi madre me llamó que necesitaba algo de la farmacia y ya no regresé. -Silencio. – No, no era nada. Ella está bien. –Silencio. – Te llamé para invitarte a cenar porque recordarás que es nuestro aniversario. -Silencio.
– Sí, aquí en mi casa, voy a cocinar para ti. -Silencio. – Es una sorpresa, bueno, es una receta que me dio mi mamá. – Además, es comida casi vegetariana como te gusta. – De acuerdo, te espero. –Silencio. Colgó y se fue a recostar en el sofá con una cerveza en la mano. Casi enseguida se quedó dormido…. Tres horas después despertó, era la una de la tarde y se había nublado, pronto comenzará a llover. – ¡Ah, un nuevo día!; hoy debo trabajar desde más temprano, tengo que avanzar en mi novela si no los editores me reclamarán que no les he entregado nada y querrán que les devuelva su adelanto. Sonó el timbre de la puerta; estupefacto no lo podía creer. Comenzó a sudar frío y caminó hacia la puerta pegado de espaldas a la pared, esperando que quien tocó se marchara. Tocaron nuevamente y siguió a la expectativa – Don Sebastián aquí le dejo sus encargos, hasta luego. Lentamente entreabrió la puerta y se asomó a la calle, miró hacia ambos lados, hacia arriba y a la casa vecina. Con un palo al que le había añadido un gancho de la ropa jaló la bolsa de víveres y cerró rápidamente la puerta. Como desde varias semanas atrás, escuchó la voz de su mamá: – Cierra bien la puerta y revisa las ventanas, no tarda en llover y no vaya a entrar el agua… Silencio. Fue directo a la cocina, dejó la bolsa y cogió otra cerveza y se fue a recostar en el sofá. – Creo que no he dormido en varios días, pero ¿cómo? si ya amaneció otra vez… — Sebastián, te dije que cerraras las ventanas va a entrar el agua…Silencio. Oyó sonar el teléfono: ¿Hola?... Silencio. ¡Ah si! eres tú Lore… no me digas, ¿por qué... pero, si tu papá murió ayer cómo es que la vas a traer a cenar con nosotros? ¿que no ha muerto? Bueno, permíteme, puse a calentar agua y ya está sonando la tetera… Sobre la estufa no había nada. El gas también había sido cortado. Regresó al teléfono, colgó y se sentó a escribir… – Por fin, creo que ya se me ocurrió algo, escribiré sobre un suicida que por temor a perder la razón decide colgarse de una viga. Entró al garaje y encontró la cuerda que buscaba, la pasó por arriba de un travesaño la anudó y el otro extremo se lo amarró en el cuello, subió al techo del carro y ajustó la reata, respiró profundo y saltó al piso.


Armando Bañuelos Romero, Integrante del Círculo de Escritores Sabersinfin






