Te vendo una ilusión
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RADIO Sabersinfin.com

 

 

 

27 de enero de 2017

Un día caminando en un callejón del centro, entró el hombre ermitaño a una librería de viejo. Repasó con la callosidad de sus manos la calidez de los libros de otros tiempos. Los lomos expuestos ofrecían algunos títulos no leídos, inéditas historias aún no poseídas. Seducido por la emoción de nuevas lecturas, el lector flotó entre pasillos atestados de tomos de diversos tamaños y colores. Su cansada vista se extasió de todo ello. Inundó sus fosas nasales de humedades mágicas, antiguos olores que remontaban  a casas tibias con alfombras, niños corriendo, perros pequeños  o tal vez departamentos con amplias ventanas y macetas de frágiles violetas. Además de las letras, todos los olores del mundo pueden ser suspendidos en los libros –pensó el hombre solitario que continuó caminando entre el mágico olor de antiguos tomos. Hechizado por los olores y las formas dejó que algunos lo eligieran a él.  

De entre la multitud de libros apilados escuchó la voz de uno. “Te vendo una ilusión”, dijo el escritor, –o al menos eso quiso creer– y el lector quiso en ese momento mágico en que el libro le hablaba, comprar dicha ilusión, pues de un tiempo a la fecha le hacía mucha falta tener brillo en los ojos. Así tomó el pequeño ejemplar de cuentos. Al ver los demás libros que el que habló fue tomado del suelo, todos quisieron hablar al mismo tiempo, “Yo quiero que a mí también me lleves”“Llévame a mi””Por favor a mí”  también gritaban otros. Un zumbido de versos, de historias, de leyendas, de cuentos eróticos resonaron en la habitación. Relámpagos de novelas amorosas, poemas italianos, prosas francesas con aleteos de tímidos haikus se sintieron. El hombre puso el dedo índice en sus labios, dijo para si Silencio” y todos callaron. Cerró los ojos, giro sobre sus talones y dispuso el azar que viera hacia el oriente donde antes ya había visto un libro sobre Filosofía alemana y otro más sobre Poesía. Al verse no elegidos los libros entristecieron y quedaron en mudez sus contenidos en el más recóndito desierto de silencios. Satisfecho el lector pagó con su único billete y salió de la librería con la certeza de que tal vez no comería bien el resto de la semana pero alimentaria bien el espíritu con el polen de ideas ajenas.

El ejemplar de” Te vendo una ilusión”, le vendió al eremita historias con las extrañas formas de las nubes, los colores no vistos del arcoíris, la música no audible de las lluvias que aún no humedecen la tierra. El solitario se empapó con cuentos con olor  y humedad de sus sueños, la impureza de palabras nunca dichas y el abismo de aquello que se sabe y que, como hojas de otoño,  un día al viento se suelta. Compró historias con los secretos más ocultos de su familia y la melancolía más bulliciosa de sus años de adolescencia.

Cada milímetro del papel sacudía su soledad, haciéndola crepitar en palabras que parpadeaban en sus ojos llenos de insomnios de lejanos amores. A cada hora de la profunda noche el libro acompañaba el alma solitaria. La luna duermevela se filtraba entre las cortinas de la pequeña pieza  y las manecillas de un reloj avanzaban con la parsimonia de las historias vendidas por el escritor, lejana lumbrera. En ese abismo de tiempo-madrugada cada palabra, cada frase, se expandía en los poros solitarios del lector. Ahora autor y leyente eran cómplices encadenados en la fragua de un texto que concatenaba ideas, sentimientos profundos que emergían de las raíces humanas y los solidificaba en una soledad ya acompañada. 

Tras engullir líneas, párrafos, páginas enteras  ya no había más. La ilusión ya había dado fruto. Los textos se habían permeado en el lector. El hombre solitario no lo era más. Sus ojos brillaban en la brumosa noche. Ahora sólo había que esperar que amaneciera y retomar la vida por los cuernos, continuar la dura faena. Total para eso se escribía, para olvidar, para eso se leía para (re)tener aquello que se ha ido ya. Total, comprar y vender ilusiones es una tarea que parece fácil.


Imagen: reflexionespoesaycuento.blogspot.mx

Fabiola Morales Gasca.

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