LAS AVENTURAS MÁS TRISTES DE UN NIÑO FELIZ
Como le costaba a
Piringo levantarse por las mañanas para ir a la escuela, parecía que no le
gustaba ir, seguramente como a todos los niños de su edad, sólo que él tenía
algunos argumentos demasiado válidos para no querer hacerlo, el problema es que
no lograba transmitirlos o expresarlos de la manera que el adulto entiende las
cosas… con esos adornos que enredan las palabras.
Lo único que le hacía
feliz a esa edad era Manchas, y ni
que decir, no hay mejor amistad a esa edad que la de un niño de 8 años con su
perro.
Manchas no era un perro común
y corriente, bueno en raza sí... era común y corriente, pero para Piringo no,
era su mejor amigo, su consejero, su cómplice, y muchas veces su confesor. La
comunicación que había entre Piringo y Manchas
era de sorprenderse, las palabras muchas veces no tenían lugar, ya que jugaban
juntos y sin tener que hablar Piringo lograba que Manchas entendiera lo que quería.
Cuando llegó la navidad
de aquel año, a Piringo los Reyes Magos le trajeron unos patines, a pesar de
nunca haber patinado logró hacerlo con
gran pericia en poco tiempo. En la casa donde vivía Piringo había un patio
enorme, el cual le servía de pista para poder usar los patines. En una ocasión,
y casi sin saber como llegó una escoba a manos de Piringo y el otro extremo al
hocico de Manchas, el cual empezó a
jalar con fuerza como si se tratara de una lancha remolcando a un esquiador… era
fantástica la manera en que jugaban juntos y se divertían, el perro y el niño
se volvían uno solo mientras estaban juntos.
Cuando Piringo salía
de la escuela, lo único que quería hacer era llegar lo más pronto posible a
saludar a su amigo inseparable…aun el coche de la mamá de Piringo no llegaba a
la entrada de la cochera y Manchas ya
estaba esperándolo en la puerta, como si sintiera la presencia cercana de su
amigo.
Piringo hablaba de
muchas cosas con Manchas, hablaba de
la escuela, de los maestros, de sus compañeros, de su hermana mayor, hasta de
Dios…en más de una ocasión Piringo le habló de Dios, mas no de religión, le
mostraba un crucifijo que en su primera comunión le fue regalado, la manera en
la que Piringo comprendía a Dios, le era compartida a su amigo inseparable, el
cual, paciente y tranquilamente escuchaba y echado en el patio con Piringo
encima de él, pasaban largas horas de compañía reflexiva…por momentos se les podía
ver una lágrima a los dos rodando en sus mejillas cuando de Dios se trataba la
charla. Haciendo una torpe analogía con el santo de Asís, no muy diferente a
estos momentos habrán sido sus encuentros con los animales de la creación.
Esa navidad no sólo
trajo un par de patines para Piringo, también un trozo de carne para el buen Manchas que gustoso e impaciente se la comió
casi de un bocado. De pronto el papá de Piringo observó que Manchas no se movía en el piso y que
fatigado lograba seguir respirando… Así que se aproximó al perro para entender
más lo que pasaba, y se pudo percatar de que un pedazo de grasa de aquel trozo
de carne estaba atorado en el cogote de Manchas,
así que metió la mano a su hocico y logró expulsar el pedazo, pudiendo así Manchas recuperar su respiración normal
y a los pocos segundos, estaba de vuelta en cuatro patas saltando y ladrando,
como agradeciendo su vida al amo. Piringo observó todo esto a distancia y no podía
dejar de sentir dolor por su amigo que perdía la vida a cada instante, pensando
que Manchas no sobreviviría.
Así pasaron 2 años de
inolvidables aventuras de Piringo y Manchas,
no había problema tan grande para Piringo teniendo a su amigo junto a él.
En una ocasión
Piringo y su familia tuvieron que cambiarse de casa, pues a pesar de que les
gustaba vivir ahí, los años de la casa habían hecho algunos estragos en ella y había
que remodelarla. La casa a la que se cambiaron no era tan bonita como la otra,
pues el patio se redujo en casi un 100%.
-¡Adiós a los patines
jalados por Manchas!….. Pensó Piringo
cuando conoció donde viviría su perro.
Eso no fue motivo
alguno para seguir compartiendo cada tarde con Manchas aventuras nuevas, pláticas profundas, o simplemente una
tarde soleada de verano.
En una ocasión
Piringo invitó a dos amigos de la escuela a comer a su casa, Manchas a pesar de ser sumamente
cariñoso con Piringo, era también demasiado agresivo y celoso de su amigo, y
cómo no…si el sabía todo acerca de su vida y sobre todo de sus sentimientos…
La puerta del patio
donde vivía Manchas estaba mal
cerrada, y en una ocasión en que el perro golpeó con sus patas, ésta logro
abrirse de golpe, y el perro sin detenerse en ningún momento arremetió a
mordidas contra uno de sus amigos, causándole una herida significativa en la
pierna. En pocos minutos Manchas fue llevado de nuevo al patio reducido por el
cambio de casa y la mamá de Piringo atendió las heridas del joven amigo.
Piringo sabía que no
era buena idea llevar amigos a comer por obvias razones… pero eso no le
importaba porque para él…no había mejor amigo que Manchas…En más de una ocasión pasaban la tarde compartiendo lamidas
de la misma paleta…acciones tan nobles que sólo un niño y su mejor amigo pueden
hacer.
En una ocasión llego
Piringo de la escuela y encontró a su mamá en la cocina con la cara seria.
- Ven Piringo, siéntate
un momento por favor.
Piringo obedeció al
momento, pues su madre no acostumbraba actuar tan seria normalmente.
- Sabes que tu padre
y yo hemos tenido diferencias y algunos problemas, lo cual hacen muy difícil
nuestra convivencia. Y hemos decidido separarnos.
Claro que Piringo sabía eso, y a pesar de entender casi por completo que no eran problemas de él, sino de dos adultos que habían perdido la guerra del ego y del orgullo, a Piringo le lastimaba mucho que discutieran y pelearan por asuntos tan tontos para él…y en más de una ocasión fue Manchas el confesor de los sentimientos de Piringo provocados por las largas noches donde sus padres discutían y se ofendían, mientras pensaban que los niños dormían.








