Aquí me fui enterando de las trayectóricas
huellas que ha dejado su padre –Jesús Martín Merino- sobre la nevada playa de
su historia. Y sin querer tomé la posta de su matinal manzanilla. También tengo
el honor de compartir con él un adictivo gusto por el pinar del Guadarrama. O
por el río Eresma, donde en temporada la pesca de truchas saltimbanquis adorna
la playa de mi vida con sus frágiles siluetas marcadas en la arena.
Ahora, de regreso, salgo a la calle y
veo a dos jovencitos campiranos caminando despacito mientras sus penas se
confiesan. Y me recuerdan a la época de los dos pares de huellas yendo juntas
por mi playa. Juro que al Señor yo le rocé el codo con el mío, después de una
completa jornada caminando, cuando tambaleantes los dos nos sujetábamos en
nuestros pies descalzos.
Y he aquí un dato curioso, que redunda
en la acostumbrada ironía: Aquellos pasos que en mi adolescencia acompañaban a
mis huellas, y que se extraviaron en la tragedia que más marcas ha dejado en el
arenoso vado de mi propia historia, ahora los encuentro cuando hago mis visitas
al Eresma, y me enfilo caminando por la orilla hacia donde las ganas me
llevaren. Nadie camina al lado mío, y encantado voy mirando los robles y los
pinos, o los convexos cerros del valle Guadarrama.
Pero en los atolladeros, noto siempre que al lado de mis perpléjicos pasos se hunden en los charcos las pisadas que me habían olvidado, un día 24 de mis 13 eneros pasados. En mi andar cotidiano el Señor no me acompaña. Tal vez comparta mesa conmigo mientras reviso ortografía en un poema acabado. Pero me está esperando a las orillas de mi río. Ya no le guardo rencor ni antipatía. Ahora Él camina al lado mío pero con diferencia y con distancia. Tal vez su intangibilidad se deba a un justo remordimiento que experimentó cuando me había dejado. Pues yo sé que aunque se fue a conocer otros caminos siempre estuvo recordando los años que vivimos. Mas la carga de mi cruz fue un peso que Él no pudo ir arrastrando sin hundirse. Ahora andamos silenciosos cual dos sabios escrutando el horizonte al que nunca llegaremos. Pues María siempre espera mi regreso a Carretera del Robledo. Y de a muy poco, como si fuéramos un zorro esperando a un niño rubio, el Señor otra vez se va ganando mi confianza. Aunque converso más con la montaña. Y cuando parto hacia mi casa, Él se sienta a las orillas del Eresma y se entretiene contemplando las apariciones de mis huellas en las tollas estancadas.
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