HUELLAS
Anónimo
Observé que algunas veces al reparar en
las huellas,
en vez de ver los dos pares veía solo
un par de ellas.
Observaba yo también que aquel solo
par de huellas,
se advertían mayormente en mis noches
sin estrellas
en los días de mi vida llenos de
angustias y tristeza,
cuando el alma necesita más del
consuelo y fortaleza.
- Pregunté triste al Señor:
¿Señor, tu no has prometido que en
horas de aflicción
siempre a mi lado estarías dando
muestras de tu amor?
Pero noto con tristeza que en medio de
mis querellas,
cuando más aflige el dolor solo veo un
par de huellas.
¿Dónde están las otras dos que indican
tu compañía,
cuando las tempestades sin piedad
azotan la vida mía?
- Y el Señor me contestó con ternura y
compasión:
Escucha bien hijo mío, comprendo tu
confusión,
Siempre te amé y te amaré y en tus
horas de dolor
siempre a tu lado permanezco para
mostrarte mi amor.
Mas si en ocasiones ves solo dos
huellas al caminar
y no puedes ver las otras dos que se
deberían reflejar,
es que en tu hora afligida cuando
flaquean tus pasos,
no hay huellas de tus pisadas porque
te llevé en brazos.
MIS HUELLAS
Por: Nicolás López Dallara*
Mis huellas comenzaron a marcarse por las reducidas arenas de mi vida el 8 de agosto
de 1977. Y siempre que miré, estuvo al lado del mío el rastro de mi Señor. Sólo
cuando el desamor dejaba grabadas sus inocentes insignias, sentí que me alzaba
en brazos mi Señor para que la aflicción no me pesase tanto.
En la jubilosa playa de mi adolescencia casi siempre iban conmigo los dos pasos de
aquel amigo mío. Si la largura de los años más felices de mi historia estuviera
dividida por diez partes iguales, pudiera decir yo que en una décima de ellas
se atisbaban los pies dezcalzos de mi Dios caminando en solitario. Pues en
verdad me fue cargando para que yo no padeciera el esfuerzo de un andar
acongojado.
Deberé, pues, agradecer a mi Señor que
me haya recogido en sus dos manos auxiliares para cargar con mis huesitos
durante todos los minutos que duraban mis desdichas
Sin embargo en mi playa hay un pedazo
que se extiende en nueve años, donde unas huellas solitarias lo recorren sin
descanso. Pero yo no diferencio bien si las huellas eran Suyas o eran
mías, dibujando la indefinida señal de
mi estigmática equinosis. Porque muy, muy bien, recuerdo que después del inconsciente
que duró todo un verano, a mí me costó mucho levantarme de la cama para mis
sueños ir buscando, pues un dolor siempre punzaba mis entrañas por cada paso
que yo daba. Y si el dolor es un libreto firmado a manuscrita, que testifica
estar andando por las arenas de mi playa, pues yo no sé muy bien dónde han quedado
las pisadas que hasta los diecisiete acompañaron a mis pasos. No noté Su
compañía cuando tuve que aprender cómo escribir a manuscrita con la mano que no
afectó la hemiparesia. Ni tampoco me abrigaron con sudarios cuando no me quedó
opción que dormir al aire libre en los cielos sin estrellas. Mis noches se
quedaron sin luceros todo aquel tiempo en que las olas me bañaron.
De vez en cuando repaso los treinta
aniversarios que crearon la zigzaguente costa de mi vida, y desde ese día de un
enero del transformador 1995, donde hay un solitario par de huellas que duraron
9 años sin ninguna compañía... pues la verdad no sé muy bien si Dios me iba
cargando en sus hombros milagrosos, o fue mentira las estrofas del poema que
leía. Tal vez llevé a la rastra aquella cruz que mis dolores emblemaba,
mientras Dios cruzó el océano para poder pisotear en otras playas, y revivir con
ajenas compañías aquellas emociones que habíamos sentido los dos juntos,
mientras miramos las mareas en la adolescencia de mi vida. Quizás la injusta
erosión apresuró su amplio proceso, y sólo quedaron en la playa de mi vida las
asimétricas huellas que yo solo fui dando. O quizás tanta resaca lavó aquellos
pasos enfilados que acompañaban los románticos caminos de la playa de mi vida.
Pues estoy seguro que nunca marché a hombros de ningún Gigante, que me evitara
aquel puntazo que carcomía desde adentro mis entrañas.
Pero después de nueve marzos en que yo
fui festejando mi segundo cumpleaños -en el día veinticuatro del mes que
comienza el año-, vinieron al lado de la estela que dejaban mis pisadas otras
huellas cirujanas. Y algo raro pasó allí en el vado de mi vida. Fue también el
día 8 del mes de mi nacimiento, cuando yo ya había entrado en mis veintisiete
aniversarios, y ya daba porque estaban enterrados la mayoría de mis sueños.
Resultó que un grupo médico se aventuró a dejar sus huellas en un anochecer de
la playa de mi vida. Trajeron con ellos una cama y escalpelos, y pisotearon la
húmeda costa junto al mar que me observaba. Salieron las estrellas esa noche y,
aunque el invierno me atería, amaneció cual una aurora que hace perfectos los días.
Desde aquel día de agosto, la playa de
mi vida siempre tiene ahora dos pares de huellas yendo juntas. Y yo sé bien que
nunca más veré caminar solas a las mías. Pero no son todo el tiempo las que el
Señor me prometía.
María Jesús comenzó a dejar sus firmes pasos en mi playa, un 19 de diciembre del año 2007. Así otra vez empecé a ver el otro juego de pisadas acompañando mis eneros. Y desde entonces siempre tuve compañía, cuando atisbé sobre mis hombros a la playa de mi vida. Y como si fuera una revancha, una vuelta que la vida se había olvidado de entregarme cuando con los años de mi juventud pagué mis culpas, conocí el embrujado pueblo de Valsaín el día 24 de enero del esperanzador 2008, cuando viajé hasta la carretera del Robledo número 22.








