Los cuarenta y tres seguirán vivos
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RADIO Sabersinfin.com

 

 

 

24 de noviembre de 2014

RELATO

Los padres de los cuarenta y tres normalistas desaparecidos apenas comen, si acaso beben agua. Sienten labios que les rosan detrás de las orejas, y un silbido que apenas los mantiene vivos.

Cavado el pecho y los ojos, ven más allá de lo profundo.

Sombra negra de la desgracia, sigue nutriendo tu vacío con los hijos de Ayotzinapa… ellos siguen vivos.

La gente del pueblo desvía el rumbo, bordean la plaza principal que está convertida en el parador de los hombres y las mujeres que sesgan sus pensamientos.

Al principio, en el comienzo de la locura; los tomaban de los hombros y acto seguido zarandeaban sus cuerpos agónicos, atascados en el llanto.

43El zócalo de Ayotzinapa delimita la espera; los hijos no llegan y los padres cuentan de los cuarenta y tres, una sola historia.

Todos son un grito y por las noches sus ojos arden en llamaradas blancas, iluminando la espesura del camino a donde se los llevaron.

Les han dicho que allá; donde se tiran los desperdicios; donde los perros husmean y aúllan con su lenguaje de ladridos largos: allá se elevan humos que rasgan el cielo.

Ya se ofician misas por los que hallaron muertos.

Los padres se oponen a todo vano propósito para convencerlos:

-No lo reconozco, grita uno, la voz de todos, de los cuarenta y tres-

-Yo no quería que fuera maestro:

Hijo…-

-No hay de otra- me dijo un día antes de que se fuera-

-Papá, el tiempo pasa y aquí mi vida es gris como la tierra.

En los surcos donde sembramos la milpa, enterramos el porvenir-

-¿A dónde están?-

-Ardemos en la flama de la espera, el dolor calcina nuestros corazones-

Ya se va a buscar a los hijos del alma.

Será difícil. Los criminales de facciones idénticas, con el perfil del alineado no tienen casas cimentadas donde puedan vivir en paz.

Han dejado la complicidad del día a día, ya se van a desafiar al miedo y sus mil cabezas, al mundo adjetivado por los sinónimos del horror:

Sin armas que puedan sostener sus manos ineptas.

Con el abrazo ahuecado por el hijo ausente.

Sin contornos ni dimensiones.

Hartos de escuchar las mentiras de los emisarios del mal.

-Allanaron nuestras vidas, abrieron la puerta del corazón, nuestra boca repite un solo nombre y un vértigo influenciado por el mismo pensamiento nos lleva cada día a transcurrir por el insomnio-

Ya no hay un mañana, el hoy se prolonga con la búsqueda.

El Pueblo de Ayotzinapa se ha quedado bajo un cielo inútil.

La parcela se encuentra sin oficio, árida, sin el amparo del cielo.

Los padres ya se van, no sin antes dejar el aviso alumbrado por estrellas:

Voy a tu encuentro, si llegas a casa, veras que te deje la puerta abierta.

Tu madre, necia, no ha dormido por terminar el cotón que tejió en el telar con la madeja pena.

Para no dormir eternamente Dios ocupa tu lugar.

Él te puede esperar aquí y también ser líder de la caminata.

Es uno, todos: en suma los cuarenta y tres.

-No dejaremos la ruta que marca el dedo de nuestro guía; el sueño a de empeñarse.

-Desde donde tú vives te siento y me sientes.

Las señales del alma nos han de orientar.

Sentado en tu silla, por Dios que te vemos.

Enmarcado en sus ojos, en lo profundo de sus pupilas:

Le hablamos… Él sabe de ti-

Susurros son plegarias.

Para los padres no hay respuestas.

-qué saben ellos, si por el aire vuelan y no bajan a caminar: por los recovecos, con varas para mover la hierba que como alfombra les da asiento mientras salen del extravió-

el pueblo de Ayotzinapa

a fuerza de llanto desdibuja su horizonte

el pueblo de Ayotzinapa es una herida

por sus cuarenta y tres venas

sin torniquete se desangra

Leticia Daz Gama

Leticia Díaz Gama radica en Puebla, México y es amante de las letras.          

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