El día siguiente a la Pascua murió el poeta chileno Gonzalo Rojas. Mal comenzó la semana. Pero también el tiempo de la resurrección. Como si de contradecir se tratara, el poeta se fue al otro día del gran evento. No olvido aquellos sus versos del Sermón del estallido (1996): “Gloria, a Quién ahora: ¿Al Padre que no es; al Hijo que no vino; al Espíritu Santo que no habló, al ruido?” Y tampoco estos de Contra la muerte (1964), que bien podríamos citar rebelándonos inútilmente: “Me arranco las visiones y me arranco los ojos cada día que pasa. No quiero ver ¡no puedo! ver morir a los hombres cada día. Dios no me sirve. Nadie me sirve para nada. Pero respiro y como y hasta duermo, pensando que me faltan unos diez o veinte años para irme de bruces, como todos, a dormir en dos metros de cemento allá abajo”.
Nimio consuelo es citar a Rojas a propósito de su misma muerte. Y aunque él dejó escrito que “Nacemos y desnacemos en lo efímero” su desaparición física producto de un infarto cerebral ocurrido en febrero, no deja de causarme una profunda pesadumbre. Hiriente ironía es que los poetas mueran sin la luz del pensamiento que animó su escritura. Pienso en la muerte por ictus de Blanca Varela. Pienso en la muerte por infarto cerebral de Gonzalo Rojas. Fue apenas el sábado (¿de Gloria?) cuando su hijo declaró:“Experimenta un lento pero sostenido deterioro tras sufrir hace dos meses un infarto cerebral; su vida está apagándose lenta y dignamente”.
¿Qué será eso de morir dignamente si la lumbre del pensamiento es una lastimosa pavesa? Inútil y patética es la rebelión ante la muerte, no hay duda. Y no sirve de nada, tampoco, decir eso de que la existencia de sus libros lo preserva, lo eterniza, lo liberta de la muerte porque no son más que palabras huecas. Se murió el que buscaba descubrir “el largo parentesco de las cosas”; el que buscaba descifrar el misterio de la unidad primera y esencial del mundo; el que decía cantar por la lengua de los arrebatados; el que dijo –un pie puesto en el primer escalón para descender a los infiernos: “Yo no me canso nunca. Yo no tengo reposo porque me estoy haciendo y deshaciendo. Soy la lengua incesante del mar que anuncia el éter y el abismo”; el que publicó en 1948 –en La miseria del hombre- ese poema terrible nombrado El poeta maldice a su cadáver: “Fuiste la libertad de salvarte o de perderte. Viste el mundo sin ver lo que era el mundo. ¿Porqué fue deformada en tus pupilas la luz fundamental? ¿Perdiste la razón antes de resolverse la raíz de tu origen? Maldita sea tu naturaleza que sopló por tu boca la hermosura de la imaginación. Maldita sea la belleza que hablaba por tu boca. Maldito el yacimiento de todas tus palabras (...) Esta es tu boca. –¿Dónde están tus besos.? Esta es tu lengua. -¿Dónde están tu palabra? Estas, tus piernas. -¿Dónde están tus pasos? Este tu pelo. -¿Dónde tu lujuria? Este tu cuerpo. -¿Dónde tu persona? Estas, tus manos. -¿Dónde está tu fuerza? Todo esto fuiste tú. -¿Dónde estás tú? Dime -¿Dónde hubo un hombre?"
Gonzalo Rojas, que era devorado por “el hambre de vivir como el sol, en la gracia del aire, eternamente”, a partir de mañana estará preso –su cadáver- en una estrecha tumba del cementerio de Chillán. Que en paz descanse.
*Roberto Martínez Garcilazo es poeta y escritor poblano.
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