- MASCA LA IGUANA -
Mi corazón, ya está cansado, tan cansado de sufrir…
Me lo dijo una noche antes de casarse, fue una plática entre parejas, ellos septuagenarios, nosotros, cuarentones. Su voz inigualable era congruente con la vida que nos reseñó aquella noche en la que nos confesó: “tuve todo gracias al baile, todo, absolutamente todo. La gente me pedía que bailara porque decían que lo hacía como el mismo clavillazo. El baile me abrió muchas puertas, incluyendo la de las penas y alegrías…”
Don Enrique vivió muchos años en Orizaba, ahí gozó y sufrió de las mieles y hieles que su tremenda habilidad para bailar le proporcionaron. La vida misma le trajo a la cuenca del Papaloapan para responderle al clamor de su pecho que le hacía entonar la canción “urge”.
Imposible que pasara desapercibido en los bailes, por eso cuando llegó la vez primera a Corazón Danzonero, un viernes como cualquier otro del 2010, en el parque Hidalgo del barrio de la piragua, su estilo me hizo recordar a mi padre, también gran bailarín en su juventud, sólo que a diferencia de Don Enrique, dejó el baile como a los 40 años sin que nunca me haya enterado de sus razones. En una ocasión, hace muchos años, me dijo que cuando se casó con mi madre, más joven que él, decidió cambiar totalmente de vida. Ese cambio debió incluir el mundo del baile, porque jamás lo vi bailar como me decían mis tías y tíos que lo hacía, porque “a tu padre le hacían rueda para verlo bailar” y al igual que Don Enrique, en sus mejores tiempos le pagaron para dar baile de exhibición.
Cuando llegaba Don Enrique a los bailes de Corazón Danzonero, olía a loción y le gustaba usar sombrero en las ocasiones especiales. Su voz, que ya dije era como una pista, una huella, del ritmo intenso que su vida llevó, también era inconfundible, carrasposa. Por fortuna la plática que sostuvimos un día antes de su boda civil forman parte de la serie de radio Corazón Danzonero y su edición será un sencillo homenaje para el hombre que nos diera su confianza, para el hombre enamorado que nos compartió sus planes de amar con todas sus fuerzas, “como deben hacerse las cosas”, nos dijo.
Felipa fue su musa, la dama que llegó a su vida haciendo que dejara de cantar “urge, una persona que me arrulle entre sus brazos, a quien confiarle de mis triunfos y fracasos…” y por ello se entregó totalmente a sus casi 80 años a su amor. A Felipa se le declaró a ritmo de danzón y formalizó su compromiso ante los integrantes de los años maravillosos, quienes como siempre, estuvieron no sólo en los momentos alegres de su boda por lo civil y religiosa sino también en su funeral.
Dos corazones, venidos de fuera, se conocieron en un parque de Tuxtepec. El amor que sentían y el entusiasmo que llenó sus días por su noviazgo y los preparativos de su boda, les hicieron asegurar que su amor, ahora de viejos, era más rico que el que tuvieron en su juventud. Felices y animados cómplices, amigos danzoneros.
Muchos mitos existen en torno a las prácticas, deseos y sentires de nuestros viejos. Felipa y Enrique nos han enseñado entre otras cosas, que el danzón sigue vigente porque une a través de la cadencia, no sólo las manos y los cuerpos, sino las almas. Que se debe atender con valor y entereza los deseos del corazón cuando la vida da esa oportunidad. Felices los que se enamoran, felices los que aman.
Vamos a extrañar a Don Enrique, su estilo, su mirada, su voz, su compañía, su solidaridad, su complicidad. Le he dicho a Felipa que siga yendo a Corazón Danzonero sabiendo que su duelo apenas comienza y que quizá se aleje un tiempo de los bailes, no así nosotros de ella. Nos dice llorando “se me fue el amor de mi vida, pero vivirá todo el tiempo en mi corazón” y sus palabras son enorme enseñanza y nuestro abrazo la intención de una caricia solidaria.
Me compartieron hace algunos años una interpretación etimológica de la palabra amor, lejos de la academia pero cercana a la experiencia: “a- sin, mortis-muerte” de donde este juego de palabras produce: “sin muerte”. El amor es puente a la trascendencia, no tiene fin, está más allá de la muerte, no está sujeto a ella. Quien ama, está declarando que prevalecerá su sentimiento más allá de los límites del espacio y el tiempo. Y eso le sucede ahora a Felipa, tal como le sucede a todos aquellos amantes que viven separados por las circunstancias.
“Felipa y Enrique”…fue un placer presentar a esta pareja en el parque Juárez durante el primer baile de aniversario de Corazón Danzonero en el pasado noviembre. Contar brevemente su historia es motivo de orgullo y por supuesto, parte de la historia del Danzón en Tuxtepec. El abrazo de Don Enrique en aquella ocasión, es inolvidable, como su voz y su estilo.
Esta historia de amor está ligada al Instituto Cultural de Información del Sotavento Oaxaqueño, INCISO, por ello estamos de luto igual que Felipa. Prevalecerá con ayuda del tiempo, ese que todo lo cura o hace soportable, la alegría y deseo que sigan surgiendo muchas parejas, nuevas familias en torno a lo que realizamos quienes deseamos una ciudad educadora.
Dice la iguana milenaria, esa que siempre me mira y en su mirar me pregunta, que los reptiles no saben mucho de amor, pero que yo, comenzando el 2011, sigo ignorando de qué lado masca. La miro, y reconozco que no tiene importancia ante lo que ahora me queda perfectamente claro: es el cuero lo que se arruga… ¡danzón dedicado a Enrique!
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