Debatiendo
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Raymundo García García*


Después de tanta presión de la CCxP al IEE, para se cumpliera un mínimo de la legislación electoral, por fin se llevó a cabo el debate entre los candidatos a gobernador dentro de dos grilletes: 1) la dudosa independencia del presidente del organismo estatal electoral, y 2) un formato sumamente cerrado; pero que a golpazos físicos, informativos, de rumores y borregos, permitieron algo: poner en el escenario de lo político, que no de la política una lucha encarnizada por el poder entre élites que hace poco estaban unidas.

 

Muchos no considerábamos las dimensiones que alcanzaría la confrontación entre élites de poder y las cuantiosas fortunas hechas en tan poco tiempo, dentro del ejercicio del servicio público. No que el poder es para servir a los otros, para servir al pueblo, donde quedó el pensamiento  aristotélico de que los buenos gobiernos, las buenas repúblicas, son aquellas que tienen gobiernos dedicados a alcanzar el bien común; no, lo que estamos viendo no sólo en el debate, sino dentro del contexto de la presente elección de alta competitividad, es  que el PRI jamás imaginó, la circulación, publicación y conocimiento del proceso de transición de la riqueza en Puebla en el lapso de dos décadas a favor de sus gobernantes, poniendo al descubierto que el ejercicio del poder público es el mejor recurso del proceso de acumulación de capital y de riqueza.

La moralidad pública, los códigos de ética, las anhelos idealistas de de la justicia social del PRI, quedaron guardaos en el baúl de los trebejos, es siempre mejor moverse por el camino de nuestra antropología política sustentada en las expresiones: “chingue a su…, matanga dijo la changa, no me des ponme donde hay, viva el año de Hidalgo etc.”, faltaba más, son lo que ha puesto al descubierto las condiciones de la competitividad electoral, pero algo mucho más grave, la existencia de aspirantes a hombres de Estado, con mentalidades cimbradas en el pasado.

No es posible dar crédito que en pleno siglo XXI, en plena época de nuestra caída en la posmodernidad, en la cual se transforman rápidamente los valores, las creencias, los comportamientos, las luchas individuales y sociales, alguien ponga sobre la mesa una homofobia asquerosa, que resulta preciosa para que los jóvenes,  los hombres y mujeres, que luchan por los nuevos derechos, excluyan a ese candidato de sus preferencias electorales.

Para destacados comunicadores y politólogos, el debate fue un sinsentido e inclusive llaman a la celebración de otro,  - decisión imposible por el parroquial organismo electoral que tenemos- , pero no se nos habrían despejado tantas dudas sobre los candidatos. De la confrontación generada por esta campaña, Puebla gana, porque mientras se debiliten sus élites, la masas tienen un divertimento para matar el tiempo, amén de contar con mayor tranquilidad y beneficios salpicados: cemento, varilla, bloques, a cambio por una copia de la credencial de elector. Mientras las élites se acuchillen y enseñen procedimientos rápidos de enriquecimiento, asistimos a un espectáculo circense, que aunque no queramos; el chisme, todo mundo lo socializa y lo convierte en político experto que sabe todo, que le consta. Ojalá y dentro de esta coyuntura democratizadora de poner al descubierto dudas sobre las formas de enriquecerse escandalosamente, no sean concentradas en  las familias de los candidatos, que pasa con los actuales gobernantes, o con los anteriores: Magistrados inamovibles, jueces inamovibles, secretarios de Estado, ex secretarios, subsecretarios, diputados, ex presidentes municipales y tanto y tantos más,  ojalá alcance hasta ellos el destripamiento elitista.

*Raymundo García García es mexicano, catedrático, investigador y doctor en Ciencia Política.

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