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Al llegar el año 2000 a la Presidencia de la república, el candidato del Partido confesional, se desató una ola de revisionismo oficialista de la Historia nacional, con la intención evidente de desmantelar la ideología de legitimación del régimen anterior y sustituirla por la del que se inauguraba, hasta entonces confinada al ámbito clerical, tanto del culto propiamente dicho como de los sectores en que tradicionalmente éste tiene injerencia, como los medios de entretenimiento y la educación privada.

Así fue que comenzaron a encontrárseles toda clase de defectos a los míticos personajes alrededor de los cuales había gravitado nuestra Historia –o lo que teníamos por ella-, descubriéndose que, a pesar de todo, también habían sido HUMANOS.

Ironía aparte, la desacralización de estos santos seculares –algunos no tanto- trajo un poco de aire fresco al enrarecido ambiente de una Historia sujeta a los mitos fundacionales del grupo hasta entonces en el Poder, intrínsecamente insuficiente para explicar la EVOLUCIÓN –en cualquier sentido- de la sociedad real, especialmente de las tendencias que la fueron alejando del arquetipo tan laboriosamente montado por sus ideólogos, con el cual pretendía eternizarse.

Pero la recién llegada ideología resultó decepcionante desde el principio, pues no era otra que la de la antigua clericracia, cuyo Partido insignia pretendía restaurar, siguiendo la vieja consigna antiliberal de: “¡Religión y fueros!” (De hecho, la quimérica aspiración de la nueva burocracia federal era desaparecer de la memoria colectiva el periodo liberal y recomenzar la Historia donde se había quedado la Independencia). 

En vano trataron sus promotores de presentarla como la quintaesencia de la modernidad, justificación que habían estado ensayando cuando menos 20 años antes, sobre todo en las Universidades. (Incluyendo las públicas, como comprobé a finales de los ’80 con una amiga  psicóloga que estudiaba Filosofía, cuando le pregunté si ya habían visto la Escuela de Frankfurt y me respondió un tanto desdeñosamente que sí, pero que ahora estaban en algo mejor… “¿Qué?” –inquirí, sinceramente interesado-. “Santo Tomás de Aquino” -fue su sorprendente respuesta-. Episodios como éstos me hicieron acuñar unos años después un comentario sarcástico: “Ahora, lo moderno es ser medieval”.)

Pero también tuvo sus precursores en la Alta Academia, como el aguerrido Jean Meyer, quien “rehabilitó” a los Cristeros creándoles un pedigree de héroes populares de la talla de los oficiales o, cuando menos, oficializados. Existe incluso una trilogía de películas que glorifican este lado incompleto –por lo mocho- de la Historia, una incluso proyectándolo hacia el futuro: 2033, del año 2009. Las otras dos son LOS ÚLTIMOS CRISTEROS (2011) y CRISTIADA (2012).

Pero en esta lucha facciosa entre ideologías, falta el elemento crítico de la Historia como ciencia, esto es, como un artificio para saber, no el simple relato –tale, en inglés-, sino el entramado teórico por el que no sólo pueden verificarse los hechos puntuales sino las corrientes históricas que los habrían producido. ¿Y dónde queda, entonces, el papel de los héroes?... O semidioses, agregaría yo, pues es en éstos donde los hechos se convierten en mitos, ya intocables por la razón, que necesariamente los destruiría.

Nos enfrentamos entonces a la paradoja de que, si hacemos Historia, nos quedamos sin héroes a los que, pues resultarían tan sólo sujetos contingentes, como cualquiera de nosotros, simples humanos, mientras que todo el culto, boato, reliquias y demás parafernalia, tan sólo elementos de una religión más, que no por masiva o incluso mayoritaria, nos asegura nada del pasado o el porvenir. La Historia, por el contrario, nos permite hacer predicciones científicas que, como todas, tendremos que comprobar para refinar nuestro modelo teórico, es decir, pasar de creyentes a… historiadores, si eso es lo que deseamos.

Por eso, rendir CULTO A LOS HÉROES nada tiene que ver con hacer, saber o enseñar HISTORIA: Elementary my dear Watson.

 

 

 

 

Fernando Acosta Reyes (@ferstarey) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.

 

Imagen: semanarioevidencias.com

 

 

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