Abrir la puerta y nada más (Artículo)
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11 de octubre de 2020


El mundo iluminado



La diferencia principal entre la fe y la esperanza es que mientras la primera le concierne únicamente a lo sagrado, la segunda le compete a la dimensión humana. Así, se tiene fe en Dios sin necesidad de comprobaciones de ningún tipo, pues la fe implica entrega, convicción y sacrificio de uno mismo sin reservas. La esperanza, por el contrario, es precisamente la espera de un evento efímero que puede o no ocurrir, existe duda y, por ende, incertidumbre. La fe es una convicción; la esperanza, una posibilidad, y lo que las hermana es que juntas dan vida a quien las posee, pero cuando faltan, cuando un individuo ha sido desarmado y abandonado sin fe ni esperanza, es la oscuridad la que prevalece, ni siquiera la muerte representando una oportunidad de descanso, tan sólo tinieblas y nada más.

El siglo XIX, se ha repetido hasta el cansancio, fue un tiempo de temores y de contradicciones las más de las veces, y poseedor de una belleza semejante a la de un sepulcro recién levantado en el que yacen los huesos de un esqueleto impoluto. Taciturna fue el alma que se apropiaba de los artistas que las más de las veces terminaban enfermos de melancolía. La literatura fue en su mayoría romántica, pero no en el sentido que hoy le damos en relación con el amor, sino en el de un conflicto sentimental y espiritual que las más de las veces culminaba en suicidio o en locura. La falta de fe y de esperanza hacía de la salvación de los artistas una posibilidad que no ocurriría jamás.

La melancolía del romanticismo no encontró obstáculos para propagarse por todo occidente con la misma velocidad de una enfermedad viral, y oscureciendo al océano Atlántico con su bilis negra llegó a América, en donde un adolescente de Boston se convertiría en su mayor triunfo, su nombre era Edgar Allan Poe. Comúnmente, a Poe se le considera como uno de los padres de la literatura de horror, sin embargo, su trabajo va más allá de estas superficiales interpretaciones dignas de quienes únicamente leen lo que en la superficie se halla. Es cierto que Poe escribió innumerables relatos, poemas y ensayos en los que el horror podría ser el tema principal, sin embargo, más allá del mero entretenimiento causado a través del miedo, lo que Poe expone es un dilema metafísico en el que la malignidad del mundo y la del hombre son la única certeza, trastocando la posibilidad de lo sagrado en una fe negativa y nada más.

De entre los varios textos que existen de Poe, es su poema “El cuervo”, publicado en 1845, con seguridad, el más conocido tanto por el público lector como por la cultura general. El poema es medianamente extenso, dieciocho estrofas, y su tema es la soledad de un hombre que ha visto morir a su amada. El poema inicia en una desconocida medianoche de diciembre en la que un hombre «abismado en la lectura de raros libros de oscura y trasnochada cultura», somnoliento, es interrumpido por un golpe en la puerta de su casa, pero al abrir sólo hay oscuridad. El golpe se repite, esta vez viene de la ventana de cortinajes rojos y al correr el vidrio un cuervo negro, viejo y desplumado entra en la habitación volando en círculos y caóticamente para terminar posado sobre una imagen de la diosa Atenea, en el dintel de la puerta. El hombre, aterrado, pregunta al cuervo por su nombre y éste responde «Nunca más». La noche avanza y el hombre pasa de su ánimo aterrado a uno más sereno y confesional en el que lamenta la muerte de su amada Leonor, y aunque incómodo por la presencia del cuervo, se contenta diciendo que el ave pronto se irá, pero ésta le responde «Nunca más». Angustiado por la fría mirada del cuervo, el hombre se sienta frente a él suplicándole que lo deje solo sintiendo que unos ángeles lo acompañan y fortalecen en su angustia, pero el cuervo le responde «Nunca más». Encolerizado, el hombre maldice al cuervo y lo asemeja con un demonio, lo increpa, imagina a Leonor muerta y termina rogando por el alma de ella, la de él y por la existencia del Paraíso, pero el cuervo le responde «Nunca más». La última estrofa remarca: «El cuervo, inmóvil y adusto, sigue trepado en el busto de Palas, sobre mi puerta, y diabólico y vetusto, muestra en su mirar el fuego de llamarada infernal; y mi lámpara su sombra va alargando sobre el suelo, y mi alma, de esa sombra que se alarga sobre el suelo, no ha de alzarse ¡nunca más!».


El poema de Poe ocurre en una madrugada de invierno, cuando las noches son más largas. El hombre del poema está leyendo sobre ocultismo, pues su amada ha muerto (¿acaso busca resucitarla?), y es en la atmósfera del sueño en la que el cuervo se presenta, entra por la ventana y se posa sobre Palas Atenea para repetir, incesantemente «Nunca más». El cuervo es la sombra y Atenea es la sabiduría sobre la que esta ave funesta se posa, es decir, la muerte reina por sobre todas las cosas y no hay conocimiento que a ella se oponga, ni siquiera el ocultista de los libros de «oscura y trasnochada cultura». Se viene a esta vida a padecer y nada más.


El cuervo del poema es un ave venida de las «plutónicas sombras», es decir, del Inframundo, para aniquilar a la fe y a la esperanza, sumiendo al hombre en un constante estado de angustia, de ignorancia y de miseria. La última imagen del poema es la de un hombre desquiciado ante un ave mortuoria posada sobre la sabiduría, esto es, indudablemente, un símbolo de la locura. El hombre se atormenta en el sillón por la muerte de su esposa, llora y arde de furia, sin fe y sin esperanza frente al cuervo, pero también, frente a la puerta que en su dintel tiene la imagen de Atenea sobre la que el cuervo grita «Nunca más». ¿Qué es lo que hay del otro lado? ¿Qué es lo que nosotros, desquiciados por nuestro cuervo imaginario necesitamos para levantarnos del sillón en el que rumiamos? Si el ave funesta se ha posado sobre la sabiduría para hacer su nido, no podemos esperar sino que nos dé huevos negros llenos de melancolía. El cuervo se ha posado sobre la puerta de la sabiduría, nuestra salvación está ahí, pero qué difícil nos resulta, por nuestra falta de fe y de esperanza, levantarnos del sillón, abrir la puerta y nada más.

 

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, estos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.
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