
4 de diciembre de 2015
-La Historia Jamás Contada-
En 1988, una amiga estudiante de Psicología me planteó un problema de la vida práctica en estas palabras: “A veces me caigo mal yo misma por ser tan acelerada”. Una situación que, aun sin reconocerlo, todos atravesamos recurrentemente, pero algunos con tal frecuencia, que acaba convirtiéndose en un estilo de vida, transformando ésta en un caos.
¿Por qué nos apresuramos en hacer las cosas? Como con casi todo, la cuestión puede abordarse desde dentro, subjetiva, en este caso, psicológicamente, o desde fuera, con la objetividad que le confieren las cosas u objetos mismos.
Desde esta última perspectiva, los principales factores que condicionan o incluso fuerzan el frenesí –que puede ser propio o ajeno- que molestaba a mi amiga son: uno, el exceso de cosas por hacer; el otro, la ausencia de lógica entre actividades. (“Quien mucho abarca, poco aprieta”, establecía ya en época indefinida la sabiduría popular, aludiendo al descuido con que se hace algo para pasar rápidamente a lo siguiente… y así sucesivamente.)
Y es en este punto donde resulta de enorme utilidad el enfoque organizativo conocido –desde los años 40 del siglo pasado- como operations research, cuya traducción no es exactamente “investigación de operaciones”, pues se trata en principio de hacer explícita la lógica inmanente a una operación –proceso, actividad- determinada, distinguiendo tanto los elementos discretos –separables- que la componen, como la forma específica en que interactúan entre sí, asignándoles identificadores y magnitudes a fin de construir un álgebra y estableciendo también criterios por los cuales se conozca el estado de la operación en cada momento.
Lo que resulta es una representación algorítmica que puede optimizarse al eliminar pasos o hasta elementos que no influyan en el resultado final: una aplicación del pensamiento lógico-matemático capaz de simplificar las cosas que hacemos todos los días.
Esto en cuanto a las operaciones estrictamente necesarias u obligatorias, pero ¿qué hay con el otro aspecto, el cualitativo? Para éste, el método directo sería el que se me ocurrió cuando Karla me planteó “su” problema aquel sábado 7 de octubre y que consiste en lo siguiente: 1. Tomar una libreta y apuntar todo lo que hacemos desde que despertamos hasta que nos quedamos dormidos. Hacerlo así durante una semana para localizar hasta los actos aparentemente más insignificantes. 2. Guardar la libreta unas dos semanas por lo menos y 3. Sacarla y examinar fríamente la lista, eliminando aquello que ya no tenga sentido continuar. (Es sorprendente la cantidad de cosas que hacemos sólo por inercia.)
Al tener significativamente menos cosas que hacer, no sólo nos desaceleraremos, sino contaremos con más tiempo verdaderamente libre, que podremos entonces ocupar con cosas nuevas y más gratificantes o -¿por qué no?- simplemente disfrutarlo así. (Como apuntaba ya en el siglo XVI fray Luis de León en su oda VIDA RETIRADA: http://goo.gl/Itq8e1)
ODA I - VIDA RETIRADA
¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruïdo,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido;
Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio Moro, en jaspe sustentado!
No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.
¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado;
si, en busca deste viento,
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?
¡Oh monte, oh fuente, oh río,!
¡Oh secreto seguro, deleitoso!
Roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.
Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.
Despiértenme las aves
con su cantar sabroso no aprendido;
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atenido.
Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.
Del monte en la ladera,
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.
Y como codiciosa
por ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.
Y luego, sosegada,
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo
y con diversas flores va esparciendo.
El aire del huerto orea
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea
con un manso ruïdo
que del oro y del cetro pone olvido.
Téngase su tesoro
los que de un falso leño se confían;
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.
La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna, al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.
A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla,
de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada.
Y mientras miserable-
mente se están los otros abrazando
con sed insacïable
del peligroso mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.
A la sombra tendido,
de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado.
Imagen: fotosdepaisajesnaturales.com
Fernando Acosta Reyes (@ferstarey - es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño, SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.








