QUO VADIS VINICIUS
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Por: Roberto Martínez Garcilazo*

 

 

Su  especialidad es el filete de mero a las hierbas.

Aunque también guisa de manera extraordinaria las sopas caldosas, las carnes rojas y, según le venga el día los cocteles de mariscos.

Su carta también incluye la barbacoa de hoyo con pencas de maguey, el conejo asado y el pato al horno.

Pero con lo que nunca podrá es el arroz, definitivamente.

 

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Definitivamente… A él le purga este vicioso participio que es muletilla de los políticos de Rango 50.

Se les llama así –Rango 50- después que realizada fue una reveladora investigación denominada Catálogo Léxico Verbal de Funcionarios Públicos, en la que se analizaron los modos de habla de diez políticos poblanos.

Uno de los resultados arrojados por esta exhaustiva prospectiva documental fue que el número de palabras utilizadas por diez líderes de la Angélica y Heroica no rebasa las cinco decenas.

Es decir: el mundo, el país, el estado, la ciudad que ellos nos proponen a los electores cabe en la repetición ad nauseam de cincuenta palabras.

Pero sigamos. Cocinar es para mi amigo Vinicio, la variedad barroquísima de la expresión de la vida.

Vinicio es el más sofisticado de los míos. Prepara cocteles alcohólicos rarísimos y poderosos, ejerce la más radical generosidad con propios y ajenos, es padre de vanguardia de dos pequeñas, es aficionado a las extravagantes artes de la charrería, vendedor irresistible de las más contingentes mercancías y, además, oficiante doctoral de esa estruendosa y cadenciosa ceremonia de la alegría y el drama que es la salsa.

Vinicio –nombre tiene de cónsul romano- lúcidamente desprecia la política. Aun cuando pudo, no quiso. Optó por la alegría, la buena voluntad y el trabajo honrado. Rara avis en este valle poblano de la rapacidad y la simulación.

Qué otra cosa sino, es el caso del monstruoso cura de Atoyatempan, Severiano Méndez, brujo, acosador sexual de menores de edad y estafador profesional. Sin duda una displasia social. Los pobladores de Atoyatempan toleraron un primer ataque a una niña y le regalaron tres largos años de impunidad antes de exigir su renuncia.

No está de más, traer aquí a Jacobo Zabludovsky, la mejor pluma periodística de México, que publicó el pasado lunes, en su Bucareli, refiriéndose al Acuerdo Nacional por la Seguridad, la Justicia y la Legalidad que:

“Cuarenta millones de mexicanos viven por debajo del nivel tolerable de pobreza. No se dijo. Se habló de nuevas cárceles. De nada servirán si las van a dirigir quienes gobiernan las actuales. Muchas y grandes tendrán que ser si uno de cada tres mexicanos sigue viviendo sin agua potable, sin drenaje, sin caminos, sin escuelas, sin hospitales, sin trabajo, sin esperanzas. Sin más salida a su hambre que el robo y sus variedades y agravantes. Es otra guerra perdida, de acuerdo con datos de Naciones Unidas que no coinciden, qué raro, con los optimistas análisis del gobierno. De eso nadie dijo esta boca es mía, quizá, otra vez, por temor a incomodar a alguien”. 

La pobreza económica es también déficit humano. La dignidad del hombre es producto de la justicia social, no hay que olvidarlo.

Regreso. Que la cocina, como la amistad, es ars combinatoria, obra de vigilante atención, de intuición, de delicado equilibrio entre creación y apego a la tradición del recetario, es cosa que he aprendido de Vinicius, el más sofisticado de los míos.

* Roberto Martínez Garcilazo es director de Literatura, Ediciones y Bibliotecas de la Secretaría de Cultura del Estado de Puebla, México. 

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