Alguien ha muerto. Se prepara la ceremonia que durará nueve días.
El cuerpo del difunto viste un camisón blanco con un cordón atado a la cintura, otro cordón pendiente del cuello y ésta calzado con huaraches de lazo. Tendido en su ataúd permanece despojado de vestidos finos como un acto de humildad y de renuncia a lo material.
El cuerpo es el lugar donde habita el alma, al morir el alma emprende un viaje por un abismo oscuro, un espacio lleno de barreras... habrá que preparar todo lo que ha de servirle al viajero.
Por ello los padrinos han dispuesto un morral en el que guardan doce gorditas de masa y manteca envueltas en servilletas, azúcar y tequesquite; dicen que se necesitarán semillas de maíz; o quizás de otras, sí es que no hay maíz, lo importante es que sean en docena y un bule con agua sellado con cera de campeche.
El velorio se realiza en la morada que habitaba el que ha dejado esta vida. La caja de muerto está colocada sobre la única mesa de la casa, en los cuatro extremos se ven ramos de flores y ceras, en el suelo se ha trazado una cruz de cal. Alrededor doce veladoras encendidas.
Luces que han de alumbrar el sendero que tendrá que recorrer solitariamente el espíritu, anda caminos llenos de peligros; descubre a unos perros que le impiden el paso; entonces les da de comer las gorditas que lleva en su morral, avanza y se encuentra de frente con los toros bravos, les da el tequesquite y continúa su trayecto. En otro trecho los puercos se acercan a morderle y les avienta el maíz para que se entretengan. Las avispas pretenden sacarle los ojos y les ofrece azúcar.
El ánima tiene miedo cuando encuentra un río de sangre. Sangre de los muertos, río que tendrá que atravesar. A su lado aparecen un perro blanco y otro negro. Es el negro quien le ayuda a pasar el río sujeto a su cola. Continua el largo peregrinar, sigue andando por un desierto, siente sed y bebe el agua que trae en el bule.
El alma ya esta cansada, va y viene por los caminos, regresa a la casa donde vivió su cuerpo, no acepta que ya no es de esta vida, que aquí ya no es su lugar. No se conforma que haya emprendido un viaje del que no podrá regresar... Seguirá su camino hasta que oiga una voz que le habla por su nombre, el que le toco al nacer, lo que le hace no olvidarse de su identidad y sus recuerdos.
Durante toda la noche, mientras el alma encuentra su destino, los asistentes acompañan al finado, algunos se retiran, pero no dejarán solo al cuerpo inanimado, esta noche, en este viaje.
Al día siguiente, de camino al camposanto el cortejo fúnebre, entre cantos y plegarias, va dejando pétalos de flores a su paso. El entierro tiene lugar.
La voz le ha dicho: ¡has de volver a la tierra de donde viniste! Ese es el destino final.
Al otro día, en la casa donde fue celebrado el velorio se ha preparado una ofrenda para el que tiene una presencia diferente en esta vida. Al atardecer, durante nueve días, gente del pueblo se reúne a rezar el rosario. Cada día traen ceras que remplazan a las ya gastadas y flores que colocan junto con las flores marchitas, todo se guarda hasta el noveno día. Luego se recogen cuidadosamente los restos de cera y flores marchitas con una escobilla.
Se rezan los Misterios; Dolorosos porque es martes, Gloriosos el miércoles, sábado y domingo, Gozosos el lunes y jueves. Como el difunto es hombre se dicen oraciones de santos. Si se tratara de una mujer, las oraciones serían a la virgen.
Es el quinto día, las veladoras siguen alumbrando, en el lugar donde estuvo tendido el cuerpo hay una cruz hecha con flores de cempaxúchitl protegida por un arco construido con carrizo y ramas de sabino también adornado con flores de papel. A un lado hay una cruz de metal con el nombre y fecha de la defunción.
Al noveno día, el último de esta ceremonia, los padrinos levantan la cruz y emprenden el cortejo camino al panteón para colocar la cruz de metal en la sepultura...








