La libertad de ser y de hacer
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jorge alberto duran.jpg- HISTORIAS EN PUEBLA -
 
LA LIBERTAD DE SER Y DE HACER*
Jorge A. Durán Ramírez*

 

Faltan unos minutos para que den las 8 de la mañana, una persona menuda se acerca caminando con paso acelerado a la Delegación Puebla del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos, Lucía Flores Almazán, o Lucy como todos la conocemos es de las primeras en llegar al trabajo, con una faz seria pero agradable saluda a los compañeros que se encuentra en el camino a su lugar habitual de trabajo.



Tiene ya 25 años de trabajar en el Instituto, al que ingresó en 1985 como secretaria y donde actualmente ocupa el nivel de técnico medio, así como ha ascendido poco a poco en el aspecto laboral en su faceta académica no ha dejado de luchar ni un instante.

Nació en 1949, el 20 de enero, en San Pedro Cholula, -un municipio conurbado a la Cd. de Puebla famoso por la majestuosa pirámide de Quetzalcóatl, semioculta por la vegetación y coronada por una iglesia- fue la segunda de 5 hermanos nacidos del matrimonio de Pablo Flores, de oficio sastre, y Felipa Almazán; sus primeros años fueron más o menos normales entre juegos de chamacos, casi siempre con hombres, por lo que aprendió a jugar yoyo, balero y trompo.

A los seis años de edad ya sabía leer y escribir gracias a unas “señoritas” que acogían niños en su casa para enseñarles las primeras letras con el Silabario de San Miguel y prepararlos para su primera comunión; así que, su paso a la escuela primaria “Juan Crisóstomo Bonilla” no fue difícil; y aunque no fue una alumna destacada sí siente que pudo haber hecho mucho más si los maestros hubieran mostrado entrega y atención a sus alumnos, pues no faltó la maestra preocupada en su belleza, o el profesor que se iba a arreglar cuestiones laborales.

Sin embargo, el mayor problema se presentó cuando terminó la primaria pues el padre “como todos los papás antiguos… (era de) la idea de que las mujeres no deben estudiar, porque ya se casan y de qué les sirve, entonces decía: No, ella no va a estudiar, que estudie otra cosa, que aprenda otra cosa pero la secundaria no, nomás va a perder el tiempo”, y la metieron a estudiar Corte y Confección, pero al poco tiempo falleció su madre, golpe fuerte para una niña de 12 años, que se tuvo que hacer cargo de la casa, de los hermanos y del padre, “ya no ayudando sino haciéndote cargo totalmente del movimiento de la casa, ahí como Dios te da a entender, pues qué vas a saber, … les guisaba lo que podía, les lavaba la ropa, … (ya) cuando tenía tiempo me iba a Corte”.

Una dificultad determinante en su vida fue la costumbre de su papá de no dar dinero sólo cuando se lo  pedía: “a mi papá no lo educaron para decir, si gané 5 pesos toma te doy aunque sea uno, 50 centavos a ver que haces,… simplemente le tenías que pedir, quiero para las tortillas, y que no hay para esto ¿me das?, que no hay lo otro ¿me das?, siempre tener que estar pidiendo para tener lo que necesitas… entonces al ver eso te surge la inquietud, hay que salir de esto pues no es vida”.

Ante el panorama económico que se le presentaba de no poder contar con dinero suficiente y con la oposición del padre entró a estudiar la carrera de Auxiliar de Contador, así su vida se convierte en un ir y venir; en la mañana: casa y hermanos; en la tarde, de 2 a 8 de la noche, escuela, “muy divertido, fue una época muy bonita, me gustó muchísimo porque te vas a relacionar con tus compañeros, jugabas, ibas a las tardeadas”; al terminar la carrera, en 1968, quiso continuar estudios como Contador Técnico Fiscal pero como esto implicaba trasladarse a Puebla el permiso fue negado y volvió a hacerse cargo nuevamente de su casa, mientras buscaba trabajo a escondidas del papá pues con la frase “tortillas y frijoles no te hacen falta” se oponía a que Lucía saliera de su casa.

Después de 6 años de terminada la carrera y ante la determinación que había mostrado, el mismo padre, a través de algún cliente de su sastrería, le ayudó a entrar a los Juzgados y con este hecho, Lucía Flores Almazán inició una nueva vida.

Tras dos años de trabajar en estas oficinas, le ofrecieron trabajo en la fábrica de sidra “Copa de Oro”, en la cual duró 13 años como secretaria. Pero la inquietud de superarse, de hacer algo más la llevó a buscar otro empleo, por lo cual solicitó trabajo en varios lugares, entre ellos el INEA y en todos la respuesta fue la misma: nosotros la llamamos

Por el consejo de una maestra de la primaria (quien le enseñó a tejer, le ayudó a conseguir el lugar en la escuela de corte y con la que mantuvo una estrecha relación siempre) Lucía regresó a preguntar sobre su solicitud y dio la casualidad que el día en que se presentó al INEA precisamente se estaba realizando un examen e inmediatamente fue incluida, obteniendo el puesto de secretaria en la Oficina de Capacitación a partir del 1° de noviembre, y su vida dio otro giro.

Cuando empieza a trabajar en el INEA se da cuenta que ingresó a una institución donde los adultos y concluyen su educación básica,  inmediatamente comienzó a estudiar la secundaria, después de obtener su certificado y motivada por sus propios compañeros de trabajo estudia la preparatoria y 4 años después ingresa a Contaduría Pública a cursar una licenciatura: “en la secundaria, la preparatoria, me ha divertido los números, me cuesta mucho trabajo, pero me divierten, me mantienen despierta, queriendo saber más de ellos”.

A partir de 1991, los siguientes 5 años fueron de “mucho trabajo, presiones en el trabajo, exámenes, clases, tareas, etc.” para finalmente concluir la carrera con una “satisfacción grande,… un sueño, tal parecía que iba a ser un sueño pero que se hizo realidad … (aunque implica) mayor compromiso (pues) estudiar una carrera no es el término de algo, es el inicio de la preparación que debes tener de por vida”, por fin en 1997 presenta y acredita su Seminario de Tesis con lo cual obtiene el Título de Contadora Pública.

Durante este periodo de estudio, su trabajo en el INEA la llevó a recorrer varias oficinas, encontrándose con personas que la apoyaron de manera decisiva descargándole de tareas para permitirle estudiar, otros presionando poco con su trabajo y hasta aquellos que por “envidia” le obstaculizaban y presionaban hasta el grado de hacerle pensar en dejar la escuela. De secretaria logró ir ascendiendo hasta llegar a ser jefe de oficina y actualmente está adscrita a la Dirección de Servicios Educativos.

Haciendo un balance considera que, personalmente, valió la pena el esfuerzo de estudiar, pero laboralmente no es tomado en cuenta pues “sólo algunos compañeros reconocen el esfuerzo y al contrario otros te hacen (el trabajo) más difícil, se vuelve retador para el jefe que dice: sabe o no sabe contabilidad”.

La experiencia le ha enseñado que el trabajo y con él, el dinero, se facilitan más las cosas: “sin dinero no te queda más que haber que dicen, ni parecer te toman, …con dinero te puedes mover, puedes ir aquí, puedes hacer esto ya no tienes que dar cuentas a nadie, lo hago porque quiero (estudiar) sin la presión que me van a pedir calificaciones, ha sido bonito hacerlo porque quieres y porque, con tu trabajo, solventas los gastos, sin necesidad de pedir, y (que) el hecho de pedir te obligue a dar cuentas”.

(Lucy, al tomar la decisión de superarse, no sólo dio un paso para su preparación, sino rompió con un molde establecido, asumió la responsabilidad de tener una vida propia para hacer y decidir, introducirse en un ambiente masculino, y enfrentó una postura generalmente aceptada: los padres como dueños y señores de la vida de las hijas. Hoy Lucía ya construyó su propia casa, vive separada de su padre, a quien pasa a visitar muy seguido. Actualmente, en cualquier ciudad es posible ver a mujeres estudiar y trabajar en los lugares y puestos más difíciles, pero hacer lo que hizo Lucy en la década de los 60, en un estado tradicionalista y en una localidad cien por ciento rural, solamente lo pudo hacer una mujer de gran valentía.)

Poco después de las tres de la tarde, Lucía Flores Almazán abandona las instalaciones, despidiéndose de los compañeros que todavía quedan, los pasos firmes confirman sus palabras: “para mi el hecho de tener trabajo implica libertad, libertad”.

* Artículo publicado originalmente en “Comunidad INEA”, Primer y segundo semestre 2001 y actualizado para Sabersinfin con motivo del Día de la Mujer.
 
*Jorge Alberto Durán Ramírez es profesor de Educación Física, licenciado en Historia, aprendiz de artista. Le gusta la música folklórica latinoamericana, que interpretó hasta antes de casarse; gusta de escribir cuento y teatro, actividad que inició después de casarse. Creyente fervoroso de que el amor es el motor del mundo, lo practica antes y después de casarse, la mayoría de sus escritos versan sobre el mismo tema: El amor.

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