Periodismo y método histórico
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 - La Historia Jamás Contada -

14 de agosto de 2015

Cuando, al filo de los ’80, una generación de jóvenes universitarios se propuso ejercer un nuevo (tipo de) periodismo, alejado del tradicional y sus vicios, como el servilismo al Gobierno y, en general, al Poder –empresarial, eclesiástico, militar, mediático mismo: el “cuarto poder” en sentido  muy literal-, supusimos –apresuradamente, como el tiempo lo demostró- que por fin tendríamos acceso a la verdad, si no teleológica, cuando menos una que nos permitiera perseguir nuestros propios intereses, obnubilados por la “prensa vendida” de siempre.

Hoy, una generación después, cuando el periodismo civil –como lo llamaba el ingeniero Paco Huerta en su programa pionero VOZ PÚBLICA- es una realidad cotidiana y la tecnología de la información hace posible la comunicación punto a punto desde y hacia cualquier lugar del planeta,  de manera prácticamente instantánea, las cosas no han cambiado esencialmente, la cantidad no se ha transformado dialécticamente en calidad y seguimos tan a oscuras como antes, sólo que ya no es la censura –ajena o propia- el factor determinante, sino algo intrínseco al periodismo.

Éste, in a nutshell, no es más que la descripción de hechos o transcripción de dichos, autolimitado a ser un vehículo, un intermediario entre lo que sucede y la gente. La vieja distinción del oficio entre nota y artículo de opinión, que cualquier reportero que se respete acatará puntualmente, impide llegar más allá: la obligada objetividad se convierte en una barrera que impide alcanzar verdades más profundas o generales, sólo accesibles a la teoría, profesionalmente inapropiada. Un  periodismo groseramente positivista, en que sólo los hechos patentes en el momento cuentan, siendo lo demás meras opiniones.

Una cuestión que la Ciencia de la Comunicación –pomposo nombre de la primera carrera universitaria de periodismo- dejó intacta, limitándose a proporcionar mano –o lengua, Mundwerk- de obra fresca a la vieja oligarquía “noticiosa”. Por su parte, los independientes, paradójicamente conocidos como freelancers –“lanceros libres”, mercenarios- se reciclaron como investigative reporters, sin hacer otra cosa que amontonar más descripciones, fotografías –o vídeos- y testimonios, sin alcanzar lo sustancial, aquello que establece el vínculo funcional entre estos fragmentos de información, lo que nos obliga a seguir recurriendo a las Autoridades para conocer su Versión Oficial.

Lo que falta al (mejor) periodismo es método histórico –científico, por supuesto-. Se sea periodista profesional o amateur –por amor-, hay que formarse como investigador en historia para tener una perspectiva espacio-temporal de los hechos y sus relaciones, que pueden –unos y otras- ya no existir pero haberlo hecho antes o, incluso, hacerlo en el futuro, pues la Historia, como toda teoría científica, también puede anticipar acontecimientos posibles.

Una manera sencilla de comenzar es con una pequeña “teoría de la conspiración” rigurosamente elaborada, una fantasía exacta, como estableció el filósofo frankfurtiano Theodor W. Adorno: datos rigurosamente tomados de la realidad, pero manejados con la libertad de la imaginación. Sus resultados pueden ser sorprendentemente esclarecedores de lo que está sucediendo ahora mismo.

Por ahí –pienso- podría estar la tan necesaria autosuperación –superación dialéctica, Aufhebung- del nuevo periodismo.

Fernando Acosta Reyes (@ferstarey - es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.

 

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