
- La Historia Jamás Contada -
24 de julio de 2015
Entre los hechos que fueron decantando mi gusto por el análisis sociológico, hubo algo que sucedió con el cine norteamericano posterior a 1973, en pleno auge del “destape” de los mass media, coincidiendo con el inicio de la moda gore -o de carnicería, que aún perdura pero ya como corriente- y que fue el ocultamiento de lo que la gente estaba haciendo con su recién ganada libertad personal, que constituía el medio y trasfondo en que se desarrollaban las más diversas tramas cinematográficas.
Fue como una ola de pudor que descendiera de lo alto –es decir, del aparato ideológico de Estado- para refrenar a las multitudes. (Lo mismo sucedía con la producción fílmica local, sólo que a la mexicana, con la serie de película “audaces”-algunas con zoológicos títulos de pirañas, cigüeñas y tortugas- cuyo objetivo era moralizar respecto al “libertinaje” de los juniors y sus compañeros de viaje, exactamente como, al otro extremo de la escala social, se hacía con las relatos de levantamientos populares que siempre terminaban aplastados por el Poder, condición impuesta a los productores por el entonces Gobierno “aperturista democrático” (¿?) de Luis Echeverría, como nos confió un crítico de cine en 1980.)
Nos habían –tanto a los gringos como a nosotros- empezado a “cambiar el Mundo”, ése que la vanguardia de nuestra generación había contribuido decisivamente a reencaminar a través de su rebeldía no sólo política –extraparlamentaria, desde luego- sino, principalmente, en las costumbres, lo que alguien caracterizó acertadamente como una “revolución moral” –mor, moris, costumbre-. También como ya parecía costumbre, el filósofo crítico de la sociedad Herbert Marcuse se había adelantado teóricamente a los hechos en su obra de 1964, EL HOMBRE UNIDIMENSIONAL. (Lo hizo, para su propia sorpresa, con el hippismo, fenómeno seminal de las profundas transformaciones culturales de esa década. Como de costumbre, los políticos de la vieja escuela, incapaces de comprender la dinámica social contemporánea, culparon al pensador de corromper a la juventud con sus “ideas exóticas”. El mismo Gustavo Díaz Ordaz se refirió a él como “filósofo de la destrucción” a escaso un mes de la masacre que él y su camarilla de criminales perpetraran contra la población que se manifestaba en contra.)
La forma en que lo hicieron –y siguen haciéndolo- es en realidad muy sencilla: basta con desaparecer los hechos inconvenientes del registro mediático para que el grueso de la población los excluya de su memoria y se comporte como si no existieran y nunca hubieran existido, con el paradójico resultado de que, a pesar de multiplicarse continuamente el flujo y monto de la información, la visión –vale decir la conciencia- históricosocial de la gente es cada vez más reducida.
Por eso con el advenimiento de la Internet y las redes sociales, que permiten la comunicación inmediata de los hechos y las ideas sin que medie censura oficial u oficiosa alguna, los detentadores tradicionales del Poder han entrado en pánico al ver una parte sustancial de éste escapándoseles de las manos, intentándolo todo para inhibir esta percepción más directa de la realidad ahora técnicamente accesible, con la (vana) esperanza de permanecer en la cúspide.
Otro sueño de eternidad que se les desvanece.
*Imagen: computerworldmexico.com.mx

Fernando Acosta Reyes (@ferstarey - es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.








