DI - CAPACIDAD
Minuto a Minuto

Índice del artículo

Normal 0 21 false false false ES-MX X-NONE X-NONE MicrosoftInternetExplorer4

martinez garcilazo.jpgDI – CAPACIDAD

Por: Roberto Martínez Garcilazo*

 1 de diciembre del 2008

 

La semana pasada, en Tlaxcala y después de la ceremonia de entrega, a Eduardo Parra, del Premio Juan Rulfo 2008 a la Primera Novela; al bajar un escalón de diez centímetros sufrí un doloroso desgarre de los ligamentos del tobillo izquierdo.

Desde entonces mi vida ha experimentado radicales modificaciones. 

Mis actividades laborales, académicas y familiares se han trastornado notoriamente.

Este accidente ha sido –es- una dura lección de humildad y de perspectiva comunitaria –a punto estuve de escribir de compasión abstracta.

 

Normal 0 21 false false false ES-MX X-NONE X-NONE MicrosoftInternetExplorer4  

 

Este episodio, que no deja de tener cierta misteriosa e irónica sincronía con recientes conversaciones que sobre el tópico de la vigencia del antropocentrismo sostuve con familiares y amigos, se ha convertido, para mí, en laica parábola sobre el sentido y los dones de la vida.

 

No me resisto y cito estos versos de la Primera Epístola de san Pedro: Toda carne es como hierba  y toda la gloria del hombre como la flor de la hierba: la hierba se seca y la flor se cae.  

 

La fugaz gloria del hombre en la tierra descansa en elementos tan frágiles como desconocidos y recónditos: el equilibrio de la glucosa, la armonía electrolítica, la monorrítmica danza del corazón saludable, el tejido elástico y compacto de los ligamentos que unen eficientemente las articulaciones del efímero esqueleto humano.

 

Fugaz es nuestra gloria como lo es nuestra felicidad y salud.

 

Tan vulnerables y, a un tiempo, tan arrogantes somos.

 

Pero volvamos. Decía que miro ahora la vida social desde otra perspectiva.

 

Un punto de vista que me permite descubrir que la  situación de bancarrota institucional que vive México es producto de nuestra irresponsabilidad ciudadana. De nuestra negativa a hacernos responsables, en nuestros ámbitos cotidianos de influencia y como ciudadanos, de la calidad de nuestra vida social. 

 

De nuestra maña costumbre –mala moral-  de atribuirle  a otros el deber de solucionar los problemas, o por lo menos de atenderlos.

 

Escurrimos el bulto y al final nadie reconoce ingerencia en la cosa y la riada se sale de madre ante nuestra holgazanería cívica.

 

Esa conducta social es cancerígena: el tejido social dañado, en metástasis terrible y fatal destruirá otros órganos vitales hasta producir la falla sistémica generalizada. 

 

¿Es posible hablar de muerte o enfermedad de las instituciones de una sociedad determinada?

 

Sí. La historia registra casos de imperios que desaparecen por los yerros y vicios de sus gobernantes y gobernados.

 

Sí. Porque ser ciudadano no es únicamente poseer y utilizar una credencial de elector. Es participar cotidianamente en la vida comunitaria. Dejar de quejarse –hipócritamente- y pasar a la acción, como recomienda el filósofo de moda. Ese que habla ante insólitas y variopintas multitudes en una entidad federativa cuyo promedio de escolaridad es de siete años.

 

Pero otra vez, volvamos: en relación al asunto de esta nueva vida, descubro que –contrariamente a lo que perora la propaganda sentimental- estar lisiado no es poseer capacidades diferentes  sino padecer una llana y marginadora discapacidad física. Sufrir una disminución de las capacidades personales para la vida social.

 

Actividades aparentemente simples como caminar, subir una escalera o sentarse a la mesa de un restaurante de pronto se tornan faenas extraordinariamente laboriosas y dolorosas.

 

Esto es así por dos razones básicas. Primera: la arquitectura de la vida social está diseñada sólo para personas que poseen habilidades sicomotoras ideales.  Segunda: porque soportamos una peligrosa carencia de destrezas sociales para la convivencia respetuosa de las diferencias personales, sean estas físicas, étnicas, morales o políticas. 

 

Y como ejemplo relato lo siguiente: el viernes por la mañana, después de acudir al ortopedista, fui a desayunar a un restaurante de Plaza Dorada y hallé, para mi desgracia, en el estacionamiento, en el cajón destinado a los discapacitados una motocicleta roja con placas N935M.

 

Imaginé a un hombre sin piernas manejando la moto roja, lo deseché; luego a un hombre sin brazos manejando la Yamaha, también lo descarté; luego a un ciego con casco manejándola, pero también lo eliminé, era demasiada fantasía para la poblana mañana.

 

La realidad era, en cambio, vulgar y cotidiana.

 

El dueño de la motocicleta roja era un saludable y deportista –también llevaba sus raquetas de tenis- hombre de robusto aspecto que desafiantemente se negó a retirar su aparato del lugar destinado a los vehículos de discapacitados. 

 

El servidor público que me respondió  al marcar el 066 me dijo que no podía hacer nada porque ese estacionamiento era propiedad privada y se negó a darme su nombre o el de su jefe y me colgó.

 

El personal ejecutivo del restaurante se encogió de hombros; los comensales que durante minutos siguieron el desarrollo de esa comedia instantánea, finalmente, también, a otra cosa mariposa y señorita sírvame más café.

 

Yo, después del la contrariedad y de comprobar la moral pública no es una entelequia sino un férreo tejido –texto- de  imposiciones abusivas y de asentimientos perezosos, asumí ese incidente como un laboratorio de decisiones ciudadanas que me permitió formular estas preguntas: