No recuerdes, no rememores,
no traigas el pasado nebuloso;
no cargues esa nube tormentosa,
ni busques esculpirte
como estatua de sal.
No te olvides,
no borres lo que has sido,
lo que has soñado ser,
lo que te ha permitido
cabalgar en las nubes
doradas del ocaso.
¿Quién me aconseja tan contradictorio?
me pregunta mi ser desconocido.
No lo se, no lo intuyo,
no lo quiero entender
dice la otra parte,
la escondida, la oculta, la huidiza,
la que se avergonzaba de mostrarse,
la que vivía de contrabando.
¿Cómo es que no lo sabes?
¿Quién te aconseja entonces,
quién es que te conduce por entre nubes de oro,
por entre los trigales,
por entre los maizales,
por entre los naranjos,
por los bosques del norte?
¿y quien te llena el alma
de dorados reflejos,
sentimientos complejos,
vivencias que te lanzan,
que te han catapultado
hasta confines sin fronteras?
Sigo sin conocerlo.
¿Quién dialoga conmigo?
¿Quién pretende informarme
sin descubrirme nada?
es el otro, soy yo,
es un tercero, un cuarto,
quinto, sexto, o milésimo.
No lo se. Somos muchos.
Yo soy muchos, soy múltiple,
soy el género humano.
Yo contengo en mi alma,
en mi ser, en mi esencia,
como la gota de agua,
las sales de los mares,
el ser, del ser humano
con todo lo que tiene de perverso,
o de santificado,
según lo que ha pensado
a lo largo de siglos.
No me siento mas bueno,
ni me vivo más malo
que ese que me saluda
o ese que me odia.
Se que entre mis tejidos
está la certidumbre
de que soy solo un hombre,
un producto nacido del carbono,
de las aguas del mar,
hermano de los peces
y de las alimañas, pululantes
por los húmedos bosques;
llevo sangre de tigre,
de perro y de conejo,
de rata y chimpancé;
llevo la piel de víbora
y la pelambre del caballo,
de los osos polares
y del camello del desierto;
pero porto también
el plumaje del águila,
de la paloma mensajera,
del gorrión y la alondra;
soy portador del canto
del gallo mañanero,
del ruiseñor y del canario;
navego por las aguas de los ríos
igual que el renacuajo,
la viborilla de aguas
o el camarón ingenuo;
he trascendido desde el fondo
de los siglos ocultos,
como el insecto que perdura
en el ámbar
o el hielo perpetuado
en las zonas polares;
me muevo como el viento
por sobre los oleajes
del océano perpetuo,
como la brisa vespertina
en las cálidas playas
de los mares del sur;
y me embeleso con mi paso
por sobre los doseles
de bosques tropicales
confundido en la nube
cargada de humedad.
Me saludan a diario
en los días invernales
en un copo de nieve,
los pinos montañeses,
los cedros y oyameles
de los nórdicos bosques.
Y me han dicho los sabios
que mi sangre es de estrellas,
de soles y planetas,
de radiaciones solitarias
venidas desde el fondo
de los milenios del pasado,
del presente y futuro.
Si en mi sangre hay hidrógeno,
y lo hay en el sol,
los dos somos fraternos,
los dos somos hermanos;
si en Saturno hay nitrógeno,
el también es mi hermano.
¿Quién soy yo? ¿Tú quién eres?
yo soy tu, tu eres yo;
tu y yo somos los otros
como ellos son nosotros
en lo esencial del ser
cargador de la savia
que campea en nuestras venas.
Tu no me reconoces,
yo no te reconozco,
porque hay entes perversos
que como el seca-palo
desean nuestra savia,
y nos han convencido
tanto a ti como a mi,
de que soy tu enemigo,
de que eres mi adversario,
de que debo de odiarte
y si es preciso asesinarte.
Y muchas veces lo hemos hecho:
has libado mi sangre,
he comido tu carne,
nos hemos destruido
sin intuir siquiera
que si yo pereciera
del todo,
y me extinguiera,
tu también morirías:
Mientras yo corto el trigo,
tu lo mueles;
mientras yo coso el pan
tu lo repartes;
mientras tu proporcionas lenitivos
que calman el dolor,
yo construyo los puentes
por los que han de pasar
los que vienen después;
y mientras tu construyes
la casa que me alberga,
yo fabrico el tractor
que ha de labrar la tierra.
¿Porqué me has de matar?
¿Por qué he de asesinarte?
Tú dame la respuesta.
Tal vez yo la posea,
pero necesitamos al unísono
juntar el pensamiento
para que esa respuesta
pertenezca a los dos.
Por eso te decía:
no recuerdes lo malo,
aquello que destruye;
rememora lo bueno,
lo que nos hace ser
y permite vivir
intuyendo en el otro,
lo que llevo yo en mi,
lo que cargas en ti
como legado de otros tiempos,
como herencia dorada
que nos lego ese abuelo
cuya mano insegura
esgrimió aquélla maza
que le ayudó a vivir
cumpliendo, aun sin saberlo
con la suprema ley
del carbono y el agua,
lo que somos tu y yo.
Ricardo Montes de Oca ha escrito novelas, ensayos, cuentos y poesía. Ricardo ha cursado estudios profesionales en México y Rusia.








