Comprensión
Minuto a Minuto

Esperanza fallidas,
remembranzas oscuras,
nostalgias de lo ido,
de lo que no ha llegado
y que fue prometido.
Así era el cuadro cotidiano,

el fluir de los días y los años,
de las noches cargadas de añoranzas
de lo desconocido,
de lo que fue soñado
sin sus significados,
tan sólo con su imagen
vaga, oscura y abstracta.

Y pasaban las horas que eran meses;
los meses que eran siglos,
y nada acontecía.
La noche, el día, petrificados;
estáticos los aires y las plantas;
las aves revolando silenciosas,
los ríos despeñándose sin ruido
y las olas corriendo, atropellándose,
sin rumor, sin crepitar de sus espumas.

Las alboradas eran un reflejo
de si mismas,
inmaterial, abstracto;
no aleteaban siquiera mariposas,
y los rayos del sol barrían la tierra
sin un rumor, sin eco, sin susurros.

Y el caminante, esperanzado,
imaginaba que a la luz siguiente
estallaría el sonido de los bosques
y el canto del riachuelo,
y con ellos vendría el señor de los sueños,
descargaría su fardo de ilusiones
y estos, como granadas,
soltarían grano a grano fantasías
que tras de diez segundos luminosos
ya serían lo deseado
satisfaciendo los ensueños.

Y no. Pasaban lunas,
recorrían las estrellas
las noches silenciosas;
aparecía la Cruz del Sur,
manifestaban su presencia
los dibujos ideados por el hombre
en el manto sin luz del firmamento
y era como al principio:
silencio, todo, nada más silencio.

Desesperado el caminante
formuló una mañana la pregunta:
¿son las cosas estáticas
o es mi pensamiento
el que está quieto?

Se arrepintió
de haberse hecho la pregunta:
desde un rincón recóndito,
atronador, vertiginoso,
restallando en las celdas
de los lóbulos,
explotó la noción inconfesable
hasta esos momentos,
de que no eran las cosas,
no era la rosa
ni la mariposa;
no eran los montes mayestáticos
los que permanecían sin sonidos;
no eran las brisas vespertinas
las que dejaban de girar
en torno a las arenas.
Era la imagen de lo abstracto,
y era el sonido del silencio,
lo que borraba los colores,
y ensordecía los rumores.

Se aturdió el caminante,
sacudió la cabeza,
y vio la madrugada luminosa
parir miríadas de colores,
y escuchó como el viento
vagabundo
alrededor del mundo,
hizo surgir
desde los ventisqueros
y los huecos ocultos en los montes
miles de resonancias.

Era yo, confesó,
guardián de los silencios y lo obscuro
el que buscaba caminar a ciegas
con los tímpanos muertos.

Y se limpió los ojos,
violó con la mirada el horizonte,
aprisionó con la pupila la gaviota
y con sus dedos las arenas
finas y silenciosas de la playa;
escudriñó de nuevo entre las crestas
que proyectaban dedos luminosos,
y dejó que la luz acariciara
sus pupilas
y la piel de su rostro,
en tanto que el rumor de los ramajes
comunicó en lenguaje
críptico y misterioso,
que aquello era la vida,
era la inflorescencia,
el movimiento, lo dinámico,
el mundo mismo, el universo,
el ser sin el que nada en estos ámbitos,
y nadie en el planeta
será nunca jamás.
El ser, y sólo el ser:
las cosas, los celajes,
los hermosos ropajes
del jazmín y los lirios;
los matices del verde veraniego,
del amarillo del otoño,
del piélago ambarino,
mercurial, azuloso marino,
el cobalto
del océano sin fin.

Ricardo Montes_de_OcaRicardo Montes de Oca ha escrito novelas, ensayos, cuentos y poesía. Ricardo ha cursado estudios profesionales en México y Rusia.