Bellas metamorfosis
Minuto a Minuto

Estamos en las últimas edades
de las angustias y las soledades;
soledades de hierro,
angustias de cobalto
ocultas y dispuestas al asalto,
al golpe inesperado,

cargado de dureza
de fuerza de caballos desbocados
o de elefantes locos
heridos y golpeados
por centenas de rayos irritados
mensajeros feroces de violencia.

Estamos en las últimas edades
asaltadas por amplias tempestades,
por el estruendo de los huracanes
venidos desde el fondo de los mares
arrastrando consigo terremotos
con epicentros tan remotos
que se perdieron en la noche oscura
iluminada solo por relámpagos.

Estamos destinados al silencio
porque el miedo es tan grande
que ya no hay sitio para la zozobra;
tan gigantesco es el pavor,
paralizante cobra
de mordisco letal,
que no existe lugar para la angustia;
y sólo resta la resignación.

¿Qué hacer cuando en el siglo de lo atómico
el enunciado de la libertad
ha rematado en un sainete cómico
en el que ríe sólo la maldad
del que maneja para si el timón,
del “investido de poderes”
del que nos dice: “o te sometes, o te mueres”,
o dejarás de usar la boca
desposeída de su dentadura
o de su lengua impura.

Someterse, es lo único que queda,
como el payaso que remeda
a las espaldas del dominador;
caminar por la senda envilecidos
y con los pies hundidos
en lodazales de excremento y limo
pensando en el gran timo
de la igualdad y el paraíso
que en un derrumbe se deshizo
entre el aplauso de vampiros
salidos de sus lóbregos retiros.

Estamos en las últimas edades
en que hablar de derecho y libertades
era siquiera un desahogo.
Cuando venga por fin otro milenio,
nada habrá de ideales:
desde ahora ya están los funerales
de todo el pensamiento individual.
Donde quiera se escucha el alarido
el ulular de grupos delirantes
que no razonan ya como antes,
y se entusiasman y devoran
como ratas insomnes y atesoran
objetos por millares,
sueños enloquecidos de riqueza,
de goce que remata en borrachera,
en sueños de opio y coca,
de proletaria marihuana.

Las voces de protesta morirán;
no las matará nadie;
exánimes, al fin se extinguirán;
las rodeará el silencio indiferente
la incomprensión viscosa y envolvente
de masas veleidosas
cargadas de resabios, rencorosas
pero incapaces de tomar conciencia
de la trepanación
brutal de su cerebro
con el sutil taladro
de la diaria y profusa información
que no era más que un sucio batidillo
de datos, de noticias sin esencia,
provocadoras de inconsciencia,
de ceguera con ojos,
y de sordera con orejas.

El monstruo de millones de cabezas,
funciona con certezas
todas prefabricadas,
cocidas, preparadas,
por los brujos y brujas
que lo mismo que en Macbeth
elaboran destinos
asesinando en masa el intelecto.
Y aquel que lo conserve,

acabará corriendo en el desierto
para no quedar muerto
despedazado por las multitudes,
para las cuales, todas las virtudes
del pensamiento sano, antiguo,
que no era nada ambiguo,
serán la maldición y el mal augurio,
y al que se debe exterminar
en la mansión o en el tugurio,
en los estadios o en el templo
para que nunca sirva más de ejemplo
de lucidez, de perspicacia,
sagacidad o inteligencia.

Irán (los grupos),
macharán (los conjuntos)
con la mirada fija en la pantalla;
deglutirán (las multitudes),
devorarán (las masas),
con la pupila puesta en la pantalla;
maldecirán (las muchedumbres),
y gritarán (las turbas)
con el ojo clavado en la pantalla;
expirarán
y morirán
felices todos ante la pantalla,
y la pantalla reirá,
y desde allí saldrán los merolicos
y los enterrarán a todos;
se limpiarán la frente sudorosa,
satisfechos, ¡felices de su obra!,
y se postraran ante el fetiche,
y gritarán:
¡Hosanna a la que viene en lugar del Señor!
Y volverán los muertos
convertidos en zombies.
Y en la cumbre del monte
Mas elevado de los Himalaya,
brillará fulgurante
para siempre triunfante
la pantalla inmortal.

Estamos en las últimas edades
de la razón y el intelecto.
En lo adelante, en lo porvenir,
sólo el silencio de la mente,
por un lado,
y por el otro,
el rechinar de goznes,
el rumor de la máquina,
la voz ronca del robot

disfrazado de hombre;
mejor dicho, del hombre,
convertido en un robot.

Ricardo Montes_de_Oca

Ricardo Montes de Oca ha escrito novelas, ensayos, cuentos y poesía. Ricardo ha cursado estudios profesionales en México y Rusia.