Me llegaban los tímidos rumores,
los musicales ruidos de pitagóricas esferas.
Era la noche vasta como el gran Universo,
y ahí estaban los grillos irrumpiendo en su seno.
Adentro, era la noche, también como allá afuera,
pero aquí no había grillos;
aquí estaban las chinches triturando moléculas,
desgarrando las células;
irrumpiendo en los valles donde nace el concepto,
invadiendo oquedades donde surge la imagen,
maculando las áreas que generan los sueños.
Ahí chapoteaban, ahí se revolcaban,
ahí se carcajeaban, ahí secretaban burla
mientras el yo se debatía
con las manos sangrantes
buscando algún espejo
para decir: Estoy,
para exclamar: ¡yo soy!;
mientras el yo reptaba
buscando algún soporte
desde el cual erigirse
y alcanzar su estatura
y pisar a pie firme.
En los siglos pasados
las chinches implacables
le enseñaron su tumba:
un piélago de azufre
viscoso y turbulento;
en los siglos pretéritos
las chinches lo empujaban:
“¡arrójate!, gritaban,
¡sepúltate a ti mismo!”
pero afuera, la noche lo llamaba,
le enseñaba una estrella distante y fulgurante
que le lanzaba efluvios:
“soy la luz, le decía,
me llaman Esperanza”.
Y el efluvio golpeaba
en el centro del yo,
y él repelía el impulso
de lanzarse a la tumba.
Así sobrevivía
al impulso de muerte.
Al fin salió a la noche,
a la noche de afuera:
las luces lo inundaban a miríadas,
y aunque puntos, dispersos,
eran fuego graneado
que horadaba la noche de lo interno
y ahuyentaba las chinches,
recuerdos de lo antiguo,
y lo dejaban contemplar
las oquedades de la imagen,
las áreas de los sueños,
y los grandes picachos
desde los cuales, en las tardes
tranquilas del ensueño,
otea los horizontes
contemplando el incendio
monumental y cósmico
del rey de la Esperanza.

Ricardo Montes de Oca ha escrito novelas, ensayos, cuentos y poesía. Ricardo ha cursado estudios profesionales en México y Rusia.








