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Silenciosas, como el crecer de la hierba,
presionan las alicatas;
los huesos truenan y estallan,
y los músculos restallan;
los nervios se despedazan
la carne sangra y supura,
la herida no se sutura.

Y aprietan las alicatas,
y crece su envergadura,
y aumenta más la tortura;
los goznes que me articulan
se revientan, no dan más.

Y así transcurre el velo fúnebre,
así va la tiniebla mensajera
desparramada por entre los bosques,
por encima de montes y de mares,
silenciosa, ciñendo el ecuador,
dominante, cubriendo los casquetes
de los polos, espacios fantasmales.

La pupila no ve, pero capta;
el cerebro, pasmado, no piensa,
pero intuye, que allá muy distante,
nubarrones cargados de azufre,
colisionan. Y el cerebro sufre:
la intuición le aconseja que huya;
imposible, el cuerpo está inmóvil;
son las alicatas, que más fuerte muerden,
ante cualquier indicio de defensa.

Y el cerebro no huye;
el cerebro está quieto;
el cerebro intuye
que el correr no es escape.
Los nubarrones vienen,
amenazantes, vienen,
destructivos, se atienen
a su olor sulfuroso.
Pero el cerebro ya no teme;
impávido, los mira,
los mide, los calcula;
los acecha calmado.
Y es porque ha comprendido
que esas masas existen
sólo porque él las piensa;
si ya no las concibe, se disuelven.

Y las alicatas aflojan,
cesan de triturar;
y los huesos ya no truenan
los músculos no restallan,
ni los nervios se deshacen.
Se aminoran los tormentos.
Y el homúnculo secreto
inicia su despertar.
Aprende que el suplicio
existe cuando el juicio
está a punto de huir.

Elabora una fórmula:
“Quieres a Tántalo ahuyentar,
retén la sensatez”.
Los tormentos están dentro de ti;
son mariposas negras
que vuelan en lo oscuro torpemente,
y te conducen permanentemente
cada una en su propia trayectoria.
Así, no sabes nunca a donde ir
y te desgarras, y te despedazas;
y a fin de cuentas,
marchas pero no avanzas,
caminas y te quedas
en el mismo lugar
creyendo que has volado.

Y aconseja el homúnculo secreto:
“ver hacia adentro,
siempre hacia el centro
del universo interno;
nunca hacia fuera;
afuera está lo ajeno,
a nadie pertenece;
lo interior es lo propio,
es lo que un día remoto
te hará rondar por entre prados
florecientes, pletóricos de aromas,
o bien, te hará emprender
la veloz estampida
hacia un mundo plagado de fantasmas
dentro del cual serás
nada mas que uno más.
Escoge, si es que puedes”

Ricardo Montes_de_Oca

Ricardo Montes de Oca ha escrito novelas, ensayos, cuentos y poesía. Ricardo ha cursado estudios profesionales en México y Rusia.