¿Qué cosa es el talento?
me preguntó Crisanto.
¿Y qué es la inteligencia?
Interrogó Clemencia.
¿Del genio, qué me dices?
Me demandaba Ulises.
Yo, me quedé perplejo
ante tanta pregunta
y asunto tan complejo.
Intenté la respuesta,
no sé si bien o mal,
y esta fue mi propuesta:
Es el talento, según concluyo,
un atributo que causa orgullo.
La inteligencia, según parece,
es una prenda que a diario crece.
En cuanto al genio, según se cree,
es don que trae quien lo posee.
Y muy ufano, muy satisfecho
quedé con todo lo que había dicho.
Ninguno me entendió,
esto no era posible.
Las respuestas, por vagas, eran inútiles,
yo mismo no entendía lo que ahora comprendo:
Que el llamado talento,
no es más que inteligencia.
Y que la inteligencia, es el reconocer:
Primero, que estoy vivo,
que formo parte de este mundo,
que en este mundo vivo
y convivo, junto con muchos otros;
que todo lo que hago
y lo que el otro crea,
solo han sido posibles
merced a la experiencia milenaria
que nos dejaron otros hombres,
y que nos heredaron
otras generaciones.
Segundo que en la vida,
para poder ser útil,
debo reconocer
que junto a mi está el otro;
él amasa la harina y yo cultivo el trigo.
Están los constructores de casas,
los de aviones,
los que hacen alimentos,
y los que confeccionan
el calzado o la ropa.
Y viene, luego, el que me alegra
o me embalsama el alma
con su pincel,
o con su canto,
con su poema o su oración.
Tercero, todos creen
Que se nace con ella,
y todos ignoramos
que sin la concurrencia
sin la presencia de otros hombres,
lo que es la sociedad,
el infante no puede desarrollar talento,
no crecerá su entendimiento,
ni surgirá mas tarde su conciencia;
no tendrá la palabra,
el verbo,
carecerá de razonar,
y no sabrá de sentimientos
humanos, de la especie.
Su existencia será la del tigre,
la marmota, la cebra, el gorila;
no sabrá de lo que es poesía,
ni tampoco lo que es la belleza;
no querrá conocer otros lares,
ni tendrá la noción de placeres.
Nada más. No sabrá de la aurora,
el ocaso, el celaje, o el iris;
no tendrán acepción ni sentido,
para él; no hay conciencia
de vivir en unión con la tierra,
con el bosque, los mares,
las lagunas, y los otros seres.
Y cuarto. No es posible
amasar la tortilla o el pan;
no es factible edificar la casa,
es imposible cultivar la tierra
o siquiera talar cualquier árbol;
no es posible cortar una flore
si no poseo el sentido de lo que hago.
Y todo esto, requiere inteligencia,
capacidad de martillar o serruchar,
de imaginar sonidos, producirlos;
inventar los colores, o plasmarlos,
extraer los metales y licuarlos,
convertirlos en joyas o herramientas.
Todo requiere de la inteligencia,
lo que no es otra cosa
que el saber que yo existo,
y lo hago con los otros
en el ámbito humano;
que los otros me ayudan
a entender mi existencia,
desarrollar conciencia
transformar el planeta,
y concebir belleza.
Todo precisa entendimiento
de posibilidades, y poderes,
de saber qué hay que hacer,
y cuando elaborarlo,
cómo planificarlo,
y como darle forma.
La inteligencia está en hacer,
se encuentra en el pensar,
meditar o gozar,
incluso en el sufrir.
Todo implica concepto.
Hasta odiar, o dañar
propositivamente,
requieren de intelecto.
Odio, porque concibo al otro como adverso;
y si quiero dañarlo,
urdiré como hacerlo.
Y para concebir,
o pensar en dañar,
necesito del juicio
o del discernimiento.
Y esto, es inteligencia.
Lo demás,
el cuento de que existen
seres inteligentes,
y congéneres torpes
por designio divino
o por naturaleza,
son los razonamientos
de quienes justifican
sus ansias de mandar,
de explotar, someter,
o exterminar la vida
Y ¿qué hay en cuanto al genio?
Es la experiencia sublimada,
la síntesis de lo hecho
por los antecesores
en el conocimiento.
El genio no crea nada
a partir del vacío,
es un conjuntador,
un sintetizador.
Está el genio de un Einstein,
de un Newton, o un Freud.
Un Marx, un Plank,
Un Heisenberg...
Pero igual, está el genio
del hombre primitivo
que convirtió la rama,
el hueso o cornamenta
en instrumento de trabajo;
y aún sin la teoría
de planos inclinados,
principios de palancas
o de circunferencia,
ya sabía utilizarlos.
¿Acaso no es genialidad,
descubrir que las plantas
florecen cada ciclo,
y que algunas se pueden
tener como alimentos,
mientras que otras curan
y las hay que envenenan?
En fin, hay muchos mitos
acerca de los genios
y la genialidad.
Pero en mitos se quedan
si el albañil o el sastre
demuestran que su oficio
les exige intelecto,
razón: INTELIGENCIA.
Y para terminar,
diremos sin ambages,
que no hay inteligencia
si no hay el ser humano
sin distingo de razas,
tamaños y colores.
Ricardo Montes de Oca ha escrito novelas, ensayos, cuentos y poesía. Ricardo ha cursado estudios profesionales en México y Rusia.








