A pesar de…
Minuto a Minuto

Me llevo un dedo a la boca,
con ello despedazo mis palabras,
las destrozo:
¡No quiero decir más!
He dicho demasiado,
y ni siquiera

la oquedad
de la montaña
registró los sonidos
expelidos
como resoplidos
de bestia en huida
y por leones asediada.

Me llevo un dedo a la boca
y tapono mis labios:
no decir más,
no expresar más.

Pero ¿acaso es posible
callar sin reventar,
sin que el sonido
desesperado
se torne en vómito?
¿Es posible, pregunto,
convertirse en la tumba
de gritos que te rompen
la piel, y esa coraza
que desde aquel tu año cero
te construiste para no sentir
el aguijón ni el cañonazo?

No es posible;
no lo es.
El silencio se vuelve una nube
renegrida, pesada y espesa
que te envuelve,
que a todos sofoca;
por eso la boca,
si oculta las voces
que quieren brotar,
poco a poco semeja una fosa
donde se sepultan
gritos de advertencia;
los que alertan: “¡Escucha!
Pon en funcionamiento
la rueda de la historia
que sirve de memoria
profunda y abismal,
y aún después de tu muerte
seguirá como un eco
glosando los sucesos:
sangre formando ríos,
gritos rompiendo montes,
ayes
cruzando valles,
gemidos y lamentos
convirtiéndose en vientos
decididos,
y destinados
a trepanar oídos.

¿De qué te sirve gritar?
Pregunta el desmemoriado;
si nadie te ha de escuchar.

¿De qué te sirve callar?
Pregunta el desesperado.
¿a quién quieres proteger?
¿de quién ya te has vuelto cómplice?

Cierto; muy cierto, certísimo;
la poesía es belleza.
Pero, ¿es eso solamente?
¿debe ser impoluta e inefable?
Tal vez en otros pueda serlo;
pero, en mi, ante mi, y por mi,
¿qué cuentas voy a darme
la noche en que aparezca
el desvanecimiento universal?
¿cómo podré decirme:
¡Bravo porque cantaste a la belleza
aromática y dulce
como algodón de azúcar!?
¿me sentiré tranquilo
en el trance final?

Tal vez no.
Si he vivido
etapas tenebrosas
si he sabido de crímenes
de lesa humanidad;
si he visto las hambrunas en la India,
si atestigüé el estrago
de la miseria en la barriada,
y tras de cada sol
supe de la impudicia
del polizonte rudo
triturador de dientes;
si escuché por millones
calumnias, falsedades,
mentiras descaradas
desde las fauces electrónicas,
¿podré estarme tranquilo
en el penúltimo segundo
porque nunca llamé en poesía
vino al vino, y pan al pan?

No podré
Desde ahora lo sé.
No llegó hasta mi puerta
la palabra adornada
para vestirse solamente
de colores y aromas,
sin llevar en la mano
la lira que pulsada
por los vastos caminos
“por la infecunda arena”,
hiciera resonar
su “maldición a los tiranos”.

Otros pueden; yo no.
Y ello les da la gloria,
Mientras yo, en el olvido
me lamento y maldigo
por no ser conocido
como creador del verso.

Y sin embargo, pienso,
Me decido y concluyo:
más vale que así sea.
Aquí estoy, en la tierra;
aquí está mi conciencia.
Ella es la que me guía;
la que me hace sentirme satisfecho
de decir con palabra de Hombre,
que viviendo en un siglo de deshonra,
denuncié la bajeza,
la infamia y la ruindad
y si por ello he de quedarme,
siendo un poeta menos que “menor”,
que así sea.
Pero me siento en paz con mi conciencia;
alegre y satisfecho
de mi verso rasposo,
áspero y descarnado
ignorado y negado
por dictaminadores
que aplastan la palabra
acusadora
desenmascaradora y denunciante.

Ricardo Montes de OcaRicardo Montes de Oca ha escrito novelas, ensayos, cuentos y poesía. Ricardo ha cursado estudios profesionales en México y Rusia.