A lo mejor no, pero quién sabe...
Minuto a Minuto

El pálido fulgor de la mañana,
Vino a poner el mundo en su lugar:
Se disipó el terror;
(No que dejara de existir);
Volvieron las eternas aprehensiones
Y las preocupaciones
Por el imperativo de existir,
El de sobrevivir,
O, vivir, simplemente,
Soñando en que este día
Sería el más feliz
O por lo menos no estaría marcado
Por la ferocidad
Que como perros hidrofóbicos
Los hombres emprendieron hace siglos,
Milenios, eras
De las que ni memoria existe ya.

Y no, no había de verse la tranquilidad
Ni ese día ni ninguno,
Porque bajo la superficie
Del diario trajinar,
Estaban escondidos los resortes brutales
De la violenta lucha interna en cada uno
Por primar,
Y estar encima, no del otro,
Ni del mundo, siquiera,
Sino del universo.

Ninguno lo decía,
Y como que ninguno lo pensaba,
Pero estaba,
Pugnaba por salir, por estallar
Como el hocico de un volcán.
Y un día estallarían en conjunto
Las congénitas furias,
Del pobre desvalido,
Que es este ser humano.
Desvalido porque no hay quien lo auxilie,
Quien lo contenga y lo dirija
Hacia una vida constructiva,
En la que sea verdad
Lo que se dice en el discurso cotidiano:
“Buscamos todos la felicidad;
Queremos que este mundo sea de todos,
Y que todos los hombres sean iguales.”

En eso está lo desvalido,
Porque a despecho del deseo
Presente en el discurso,
Está la frustración
Porque otro es más que yo.
Y lo peor: está el impulso
De ser yo más que otros,
Por encima de otros,
Dominador yo, de los otros,
Primando sobre el mundo
Aunque luego me sienta infortunado
Porque nadie me hace compañía.

Y por esto ese día,
En que el terror se apaciguó,
No ladraron los perros,
Los escorpiones se aquietaron,
Las serpientes frenaron
Su aventura reptante,
Y la tarántula quedó como extasiada.

Tenía que ser así,
Porque ese día,
Fierecillas e insectos,
Depredadores grandes y pequeños,
Perdieron el aliento,
Los atrapó el sopor,
Cayeron en letargo
Para no volver nunca a ver la luz
De la mañana o de la noche;
Para no presenciar
El espectáculo del día:
Nubes volando hacia otros rumbos;
Viento soplando, suave o furibundo,
Rosicler anunciando
Que podían contemplarse
Las gotas de rocío,
Cristales diminutos coloreando herbaje.

Esa mañana triste, de pálido fulgor
Vino a poner el mundo en su lugar.
Todo quedó como al principio,
Cuando no había serpientes,
Ni pululaban escorpiones;
Ni de sus madrigueras salían los ratones,
Ni mucho menos había leones,
Y faltaba muchísimo rotar,
Y mucho desplazarse de la tierra
Por esas latitudes
En donde reinan las estrellas.

Todo quedó en silencio;
Hasta el viento murió,
Y quedó solamente
El cuadro desolado,
La imagen descompuesta:
El vómito de usinas,
El aire enrarecido,
Millones de crustáceos,
Y miles de cetáceos
Varados en las playas,
O zarandeados por las aguas
Convertidas en ácidos.

En fin el “paraíso”
Que con perseverancia
Firmeza y voluntad,
Fabricó nuestra especie.

Esto parece fábula,
Y cualquiera diría
Que solo es pesadilla.
Pero ya están los signos
De que eso ocurrirá tarde o temprano.
Y cuando eso suceda,
Nadie podrá decirme: tú, mentías.
Ni yo podré regocijarme
Diciéndoles:
¡Ya ven! Tenía yo razón.
Pues ya no habrá razón.

Ricardo Montes de oca, Puebla, Pue., 3/11/05

Ricardo Montes de OcaRicardo Montes de Oca ha escrito novelas, ensayos, cuentos y poesía. Ricardo ha cursado estudios profesionales en México y Rusia.