El cuento
Minuto a Minuto

Me dieron el nombramiento
De  rey, apenas llegado,
Pero en ese mismo instante,
Me convertí en punching bag:
Porque  te ensuciaste: ¡toma!
Por que mojaste los trapos,
Igualmente ¡toma  y toma!,
Porque desobedeciste, ¡toma!
Por esto y por lo otro, ¡toma!
¡Toma, toma, toma y toma!

Ya no sentía yo lo duro,
Sino nomás lo tupido,
Como decía don Febronio.

¿Para que era el toma y toma?
Para que aprendiera yo
A ser obediente, limpio,
Ordenadito, callado,
No me anduviera yo riendo,
Ni vagando por la calle
O en muy malas compañías.
Para que no pronunciara
Aquellas malas palabras
Que de la boca de ellos,
Mis  rígidos instructores,
Escuchaba diariamente.

Después, deje de ser rey;
Pasé a ser siempre, pendejo,
Titulo que me otorgaron
A perpetuidad, en firme.
Lo anduve luciendo siempre;
Por qué no, si  me lo dieron
Para eso y nada más.
No servía para otra cosa,
Pero lo andaba cargando
Y aprendí a mostrarlo siempre
Ante jefes, subalternos
Siempre que fueran mayores
En edad o en malas mañas.

No sólo eso aprendí de ellos,
Mis rígidos instructores:
Me enseñaron a rezar,
A encomendarme al altísimo,
A santiguarme, a  hincarme,
Tratar con mucho respeto
A los hombres de sotana,
Levantarme en la mañana
El domingo o día de fiesta,
Para rendir homenaje
Al que nos donó la vida,
Aquel por el cual vivimos
Y que al tiempo de morir
Juzgará nuestros pecados:
Si dijiste ¡pinche madre!
Si andabas refunfuñando
Por la madriza de ayer,
Si te habías tocado aquello,
Que aunque Dios me lo había dado,
No debía ni siquiera
Nombrarlo ante los demás,
Pues eso era porquería,
¡Cochinada!,  ¡Suciedad!
¡Indecencia ¡ Finalmente
Eso era ofender a Dios.
¿Por qué? ¡Sepa la chingada!

Para que no se me duerman
Otro día platicaré,
Las bondades y los dones
Que me legaron aquellos
Que ensayaron a ser padres,
Conmigo, su primogénito.
Pero les falló el ensayo.

Muy  a la chita callando,
Él se desapareció;
Ella continuó bregando
Para darme de comer,
Pero en las noches, cansada,
Y aburrida de tortear,
Se cobraba por las buenas
O por las malas también
La tortilla que me daba;
Usaba la perorata,
Y una sarta de improperios,
De maldiciones, de quejas:
Que me siento muy cansada,
Que tu padre nos dejó.
Y tu, que no me haces caso,
Pero así lo has de pagar.

Y así se  extendía el cuento
Que otro día he de continuar.

Ricardo Montes de Oca, Puebla, Pue; 15-8-2012

Ricardo Montes de OcaRicardo Montes de Oca ha escrito novelas, ensayos, cuentos y poesía. Ricardo ha cursado estudios profesionales en México y Rusia.