Luces volantes se acercaban,
Se alejaban,
En suaves curvas se elevaban:
El encanto del trópico.
Mientras mayor oscuridad, mayor encanto.
Pero esas noches, se perdieron;
Ya nunca más las vimos,
Nunca más estuvimos
A la orilla de un rio
De caudal imponente;
Nunca más ante rumores leves:
Las fierecillas que buscaban
Los frutos ya caídos,
O los polluelos indefensos;
Nunca más los rumores
De las corrientes turbulentas
En el verano cálido,
Invadiendo los campos,
O por lo menos arrastrando
Cadáveres de árboles;
Nunca más los cantares
Que en la noche se oían
Como el amen del día.
Nunca más.
Después vino el retorno
A la familia, la Sagrada.
Fue entonces que aprendimos las dulzuras,
Las afabilidades y ternuras
De la familia, la Sagrada.
Como depredadores
Nos rodearon, cercaron ,
Nos vigilaron y acosaron los insultos,
Prohibiciones,
Maldiciones,
Imprecaciones que dejaron
Una huella morbosa
Cuya intensión fue investigar en los tugurios,
Centros prostibularios
Qué era eso de la “panocha” y el “tamal”.
Las damas de la noche lo explicaron
A su manera: ¡mira, huele!
¡Dale un beso si quieres!
Todo muy en secreto.
Pero nunca aclararon el misterio
Del estremecimiento,
Del frenesí nocturno,
De la aventura en la que a veces
Relucían las navajas
O tronaba el revolver.
Nunca dijeron ellas:
Es la sal de la vida,
¡Qué digo sal, esto es la esencia!
Nunca lo dijeron,
Porque ellas mismas eran
Animales de carga,
Repletas de ignorancia
Y practicaban tolerancia
Ante el acto supremo
Solo por que mediante,
Era la garantía
Del pan de cada día.
Lo escuchado de labios de mentores,
Respecto de esa sal o de esa esencia
Remataba en figuras purulentas
Que hicieron del deseo un mazacote:
Por un lado, el impulso
Instintivo y vital,
Autoritario e imperioso;
Por otro, los fantasmas:
¡Esas son cochinadas!
¡Es pura porquería!
Nomás andan pensando en pendejadas.
El resultado:
Por una parte, los impulsos,
Por el otro,
Descalificaciones del instinto.
La salida: puro clandestinaje,
Consecuencias:
Espiroquetas y supuraciones.
¿Podías consultarle a los mentores
Por qué esas consecuencias?
Imposible.
Preferible el secreto.
Y luego, la mentora:
¡Donde dejaste tus calzones!
O, ¿por qué ese color del calzoncillo?
Y aparecía en escena el dictador:
¡Con que ya andas puteando, cabroncito!…
A ver qué tan machito te comportas,
Cuánto aguantas:
Y ahí van: el bofetón,
El reataso, y tras él,
Los calificativos y dulzuras:
¡Grandísimo cabrón!
¡Hijo de la chingada!
Si vuelves con las putas,
Mejor que no regreses a esta casa,
Porque vas a quedar
Para pedir limosna,
¡Gran pendejo…!
A la noche, allá ibas
A que te consolaran las hetairas criollas:
¡No seas pendejo! Vete de tu casa.
Si no te entienden, ¡no son padres!
Tenía razón. ¿Pero, y la culpa,
De abandonar el “santo hogar”
Por andar de inspector en los burdeles?
¡Gloriosa juventud…!
Y vienen: la tristeza,
Y la melancolía,
La añoranza
Por el zumbido de cigarras,
Por los cantos, los frutos,
El gracejo del rústico,
¡Y las luces! de los cocuyos y luciérnagas…
Lo que ya nunca volverá…
Ricardo Montes de Oca, Puebla, Pue., 26-1-2013

Ricardo Montes de Oca ha escrito novelas, ensayos, cuentos y poesía. Ricardo ha cursado estudios profesionales en México y Rusia.








